Exposición

Cayetana, retrato de una grande de España

El Palacio de Liria celebra el centenario de Cayetana de Alba con una exposición que recorre, a través de más de 200 piezas, su faceta más cultural, cosmopolita y personal

Cayetana Fitz-James Stuart construyó una personalidad difícil de separar de la historia reciente de España. Más allá del título y de su enorme proyección pública, fue una mujer formada entre París, Suiza y Londres, con una mirada cosmopolita y una relación intensa con el arte, la fotografía, la música, el flamenco, el cine y la moda. Coleccionista, pintora y mecenas, entendió además el patrimonio de la Casa de Alba como un legado vivo que había que conservar, enriquecer y compartir.

Ese universo regresa ahora al lugar que quizá mejor permite comprenderla: el Palacio de Liria, en Madrid. Del 1 de octubre al 31 de enero, sus salones acogerán Cayetana. Grande de España, la exposición organizada por la Fundación Casa de Alba para conmemorar el centenario de su nacimiento y que llega a la capital después de su paso por el Palacio de las Dueñas, en Sevilla.

La exposición nace de más de tres años de investigación de sus comisarias, Eugenia Martínez de Irujo y Cristina Carrillo de Albornoz, junto al equipo de la Fundación Casa de Alba. El resultado es un recorrido de más de 200 piezas que trata de componer un retrato deliberadamente poliédrico: la Cayetana pública y la privada, la heredera y la creadora, la mujer de mundo y la apasionada por las tradiciones, la mecenas y la coleccionista.

Cinco bloques temáticos articulan una biografía en la que aparece como figura decisiva la influencia de su padre, Jacobo Fitz-James Stuart, y en la que cobran protagonismo su mecenazgo, su faceta como pintora y coleccionista y su relación con disciplinas tan distintas como la ópera, el cine, el flamenco o la moda. La exposición quiere, además, poner en primer plano su contribución a la conservación del legado artístico e histórico de la Casa de Alba.

Porque si algo emerge del recorrido es una idea muy distinta de la aristócrata convertida únicamente en personaje social. Cayetana aparece aquí como alguien que heredó una historia, sí, pero que también tomó decisiones sobre ella: qué conservar, qué incorporar, cómo abrirse a nuevas sensibilidades y de qué manera proyectar una institución centenaria hacia el siglo XX.

La Cayetana más cosmopolita

Si en Sevilla la muestra subrayaba especialmente su vínculo emocional con Andalucía, la edición madrileña cambia el foco. Liria permite descubrir a una Cayetana de vocación más internacional, moldeada por una infancia y juventud transcurridas entre distintas capitales europeas.

París, Suiza y, sobre todo, Londres, donde su padre ejerció como embajador, contribuyeron a formar ese carácter sofisticado y pionero que más tarde trasladaría a su vida social, cultural y pública. La exposición se detiene precisamente en su papel como una suerte de embajadora oficiosa de España y en su contribución a la modernización e internacionalización de la Casa de Alba durante las décadas de 1950 y 1960.

También cambia la mirada artística. Frente al protagonismo que tuvieron en Sevilla los pintores costumbristas del siglo XIX, el recorrido de Madrid amplía la selección hacia maestros del Realismo y el Impresionismo, reforzando esa dimensión europea y cosmopolita que acompañó a la duquesa desde muy joven.

Fotografía, moda e intuición muy moderna

Uno de los capítulos que mejor explica la sensibilidad de Cayetana es el dedicado a la fotografía. Mucho antes de que la imagen se convirtiera en el lenguaje omnipresente que es hoy, ella defendió su valor artístico y posó ante algunos de los grandes nombres de la fotografía del siglo XX: Juan Gyenes, Cecil Beaton y Richard Avedon.

No es difícil entender por qué la cámara se sintió atraída por ella. Cayetana poseía algo que ninguna joya histórica podía proporcionar, una presencia inmediatamente reconocible y una relación muy personal con la estética. Su interés por la moda, incluido también entre los ámbitos explorados por la exposición, convivía con su amor por el flamenco, la pintura o la ópera sin aparentes contradicciones. En ella, lo popular y lo aristocrático, lo español y lo internacional podían encontrarse con absoluta naturalidad.

La preparación de la exposición ha permitido además investigar y recuperar de forma exhaustiva el archivo fotográfico de la Casa de Alba, menos conocido que otros tesoros documentales de la familia. Es otro de los atractivos de la muestra: observar cómo una vida individual puede convertirse también en archivo visual de todo un siglo.

De Isabel II a Jackie Kennedy, una vida escrita en cartas

Entre los materiales seleccionados aparece igualmente la correspondencia que Cayetana mantuvo con algunas de las figuras más relevantes de su tiempo, entre ellas la reina Isabel II del Reino Unido y Jackie Kennedy.

Las cartas introducen una escala distinta en el relato. Frente a los grandes salones, los retratos y las obras de arte, la escritura privada acerca al visitante a esa red internacional de relaciones que rodeó a la duquesa y ayuda a contextualizar su posición en la sociedad europea y americana de su tiempo.

La muestra recupera, además, facetas menos conocidas… su actividad pionera en defensa de los animales, su labor solidaria y diferentes expresiones de compromiso social.

Liria, su obra más preciada

Pero quizá exista una razón más profunda para que esta exposición encuentre en Madrid una resonancia especial. La historia de Cayetana está íntimamente unida a la del propio Palacio de Liria. Bombardeado y saqueado durante la Guerra Civil, el edificio quedó reducido en 1936 prácticamente a sus cuatro fachadas. Su padre, el XVII duque de Alba, inició la reconstrucción en 1945 y confió el proyecto a su amigo, el arquitecto británico Edwin Lutyens. Sin embargo, no llegaría a verlo terminado. Tras su fallecimiento, serían Cayetana y su marido, Luis Martínez de Irujo, quienes continuasen las obras hasta su conclusión en 1956.

La pareja se ocupó también de redecorar el palacio, ampliar y reorganizar sus colecciones de arte y devolver a las estancias el esplendor perdido. Por eso, coincidiendo con el 70º aniversario de aquella reconstrucción, la versión madrileña de la exposición incorpora una nueva sección con material fotográfico y documental inédito sobre el proceso de recuperación del edificio y de su patrimonio.

La propia Cayetana dejó escrita una frase que hoy resulta casi una declaración de intenciones: “Liria es mi obra más preciada y una de las que más me enorgullece”. Vista desde esa perspectiva, la elección del palacio como escenario no podría ser más significativa. No se trata solo de exponer la vida de Cayetana dentro de una casa familiar. Se trata de contemplarla en uno de los lugares que ella misma contribuyó decisivamente a reconstruir.

El legado detrás del personaje

Durante décadas, la personalidad arrolladora de Cayetana de Alba ocupó titulares, portadas y conversaciones. Su espontaneidad, su independencia y una manera muy personal de habitar su posición social terminaron por convertirla en un icono popular. Pero detrás de aquella dimensión mediática hubo una actividad cultural y patrimonial mucho más amplia.

La Fundación Casa de Alba, creada en 1973 por Cayetana y Luis Martínez de Irujo, nació precisamente con la voluntad de conservar y difundir las colecciones histórico-artísticas de la familia. Hoy, bajo la presidencia del XIX duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, mantiene esa política de apertura al público del patrimonio y de las residencias de la Casa de Alba.

Y aquí reside una de las claves más interesantes de esta exposición, en la idea de mirar de nuevo a Cayetana después del ruido, cuando ya no queda la actualidad inmediata del personaje y puede apreciarse mejor la dimensión de su legado. La mujer que aparece en Liria sigue siendo reconocible: libre, intuitiva, sofisticada, apasionada. Pero emerge también otra Cayetana, menos evidente y quizá más fascinante: la que comprendió que pertenecer a una historia no consistía únicamente en recibirla, sino también en protegerla, transformarla y transmitirla. Y pocas veces ese relato habrá tenido un escenario más apropiado que las habitaciones del palacio que ella misma ayudó a devolver a la vida.

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