En Valencia, la mañana no siempre se divide entre desayuno y comida. Entre ambos existe un ritual propio, contundente y muy poco amigo de la moderación… el esmorzaret; un almuerzo que comienza con aceitunas y cacahuetes, continúa con un bocadillo capaz de ocupar casi toda la mesa y suele terminar con un cremaet.
Uno de sus grandes templos se encuentra en el Cabanyal, a pocos minutos del paseo marítimo y de las playas de la Malvarrosa y el Cabanyal. Se llama Bodega La Pascuala y lleva formando parte de la vida del barrio desde 1921. El local se define como una referencia del esmorzaret y ha construido buena parte de su fama alrededor de una carta de bocadillos XXL con nombres propios y combinaciones difíciles de olvidar.
Aquí no se viene a pedir una tostada ligera antes de extender la toalla. Tampoco a calcular si el desayuno tenía demasiados hidratos. Se viene con hambre, tiempo y la disposición necesaria para enfrentarse a una barra de pan entera rellena de carne, tortilla, bacon, queso, patatas fritas, cebolla o ajoaceite.
La Pascuala no es un restaurante de playa en sentido estricto, no hay arena bajo las mesas ni sombrillas frente a la terraza. Su relación con el verano es más genuinamente valenciana; está integrada en el barrio marítimo, cerca del Mediterráneo y en el camino natural de quien quiere comenzar el día comiendo como lo hacen aquí desde hace generaciones.
El esmorzaret nació como una pausa reparadora vinculada a las jornadas de trabajo en el campo, los talleres y otros oficios físicos. Mientras en otros lugares fue desapareciendo, en la Comunidad Valenciana se conservó hasta convertirse en una práctica social y en uno de sus grandes emblemas gastronómicos. Se celebra generalmente a media mañana y, a ser posible, en compañía. No es solo una cuestión de hambre: es sentarse, compartir y arreglar el mundo alrededor de un bocadillo.

La mesa comienza a llenarse antes de que llegue el protagonista. Aparecen los cacahuetes, las olivas o los encurtidos, acompañados de cerveza, vino con gaseosa o algún refresco. Las cáscaras y los huesos se acumulan mientras se estudia una carta que obliga a tomar decisiones importantes.
En La Pascuala, los bocadillos tienen nombres como Barrilete, Republicano, Sobornista, Elena, Pepe o Súper. El de la casa, llamado Pascuala, combina lomo de cerdo, tomate, bacon y cebolla. El Chivito añade al lomo bacon, lechuga, tomate, huevo y mayonesa. El Republicano reúne longaniza, chorizo, morcilla, patatas fritas y ajoaceite. Y el Pepe contiene lomo adobado, bacon, queso, patatas fritas y mayonesa.
No hay una opción verdaderamente discreta, aunque sí es posible pedir medio bocadillo. La otra alternativa consiste en aceptar desde el principio que este no será un desayuno convencional.
Una barra de pan en la que cabe todo
Cuando el bocadillo llega a la mesa, el primer impulso es fotografiarlo. El segundo, preguntarse cómo empezar. Hay carne caliente, quesos que comienzan a fundirse, tomate que humedece la miga y salsas que amenazan con escaparse por los extremos. En algunas combinaciones aparecen patatas fritas; en otras, huevo, embutidos o cebolla pochada.
La estética no es minimalista ni pretende serlo. El bocadillo debe pesar, desbordarse y obligar a comerlo con las dos manos. No hay una manera especialmente elegante de hacerlo. Conviene inclinarse ligeramente sobre el plato, sujetar bien el pan y asumir que alguna parte del relleno terminará fuera de su sitio.
Quizá el más representativo para una primera visita sea el Pascuala. El lomo y el bacon aportan intensidad; la cebolla, dulzor; y el tomate cumple una función esencial en cualquier buen bocadillo valenciano… impregnar el pan sin convertirlo en una masa blanda. Es contundente, reconocible y lo bastante excesivo como para justificar el viaje.
Si se quiere llevar la experiencia un paso más allá se puede escoger el Súper, con carne de caballo, bacon, cebolla y tomate. La carne de caballo forma parte de la tradición de numerosos bares de almuerzo valencianos y continúa apareciendo en algunas de las combinaciones más características de la casa.
El Republicano es probablemente la declaración más rotunda contra cualquier propósito de comer ligero. Longaniza, chorizo y morcilla comparten espacio con las patatas fritas. Es casi una parrillada dentro de una barra de pan y uno de esos platos que hacen innecesario pensar en la siguiente comida.
Sin embargo, el verdadero protagonista no es un relleno concreto. Lo importante es el ritual completo. El esmorzaret no consiste simplemente en pedir un bocadillo grande. Antes deben aparecer los pequeños aperitivos; después, una bebida; y al final, cuando parece imposible añadir nada más, el café o el cremaet. Este último es un carajillo de ron quemado que suele incorporar café en grano, corteza de cítricos y canela. Funciona como postre, digestivo y cierre ceremonial.
La Pascuala sirve sus almuerzos de lunes a viernes y mantiene también horario de mañana los sábados, aunque las condiciones del menú varían en fines de semana y festivos. El establecimiento abre durante todo el año y recomienda reservar, una precaución razonable en uno de los locales más conocidos del Cabanyal.
La gracia de la sección “Sin contar calorías” está precisamente en encontrar platos que merezcan suspender por un día las buenas intenciones. El bocadillo XXL de La Pascuala lo consigue sin ingredientes extravagantes ni artificios concebidos para las redes sociales. Lo hace mediante pan, producto popular y una tradición que entiende el almuerzo como un momento central del día.
El bocadillo puede compartirse, pedirse en tamaño medio o afrontarse entero. Pero la experiencia exige cierta entrega. Hay que aceptar las migas, las manchas de salsa… ¡Y después espera el mar! Pocas cosas resultan más veraniegas que caminar hacia la playa del Cabanyal sabiendo que, al menos hasta la hora de la cena, no será necesario volver a pensar en comida.

