Pelucas imposibles, escotes vertiginosos, uñas kilométricas, tacones y pedrería. Durante décadas se le preguntó a Dolly Parton por qué necesitaba “parecer así”. La pregunta equivocada era esa. Porque Dolly no cayó prisionera de una imagen; la inventó, la exageró y la convirtió en una forma de poder. Detrás de aquella estudiadísima apariencia había una compositora que defendió sus derechos, una actriz que convirtió 9 to 5 en un himno para las mujeres trabajadoras y una mujer que, al no poder tener hijos, terminó encontrando otra manera de cuidar de millones de ellos.
La muerte de Dolly Parton a los 80 años ha dejado estos días una sucesión de imágenes difíciles de separar de ella… el pelo rubio cardado hasta desafiar la gravedad, los labios pintados, las curvas, los tacones. El personaje era tan reconocible que bastaban cuatro elementos para reconstruirlo. Y, sin embargo, quizá una de las grandes equivocaciones alrededor de Dolly fue pensar que aquel personaje la ocultaba.

Era exactamente al revés. Parton sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Durante toda su carrera contó que su estética procedía de una mujer de su pueblo a la que los adultos consideraban vulgar y que ella, siendo niña, encontraba fascinante. Donde los demás veían exceso, Dolly veía glamour. Convirtió aquella intuición infantil en un uniforme propio y se mantuvo fiel a él incluso cuando productores, periodistas y hombres de la industria insinuaban que sería más fácil tomársela en serio si rebajaba el volumen. Ella resumía el asunto con una de sus frases más célebres: It costs a lot of money to look this cheap.
Hay entrevistas antiguas a Dolly Parton que hoy resultan casi difíciles de ver. Barbara Walters llegó a preguntarle por sus pechos y por qué llevaba aquellas pelucas, ese maquillaje y aquella ropa cuando “no tenía” por qué verse así. Otros presentadores la hicieron levantarse para observar su cuerpo o convirtieron su escote en el centro de la conversación.
Si el mundo iba a mirar su cuerpo antes de escuchar sus canciones, ella decidiría cómo iba a mirarlo. “Sabía que los hombres me miraban”, explicó años después al recordar que había desarrollado muy joven. Y añadió algo todavía más revelador: utilizó esa atención a su favor. No renegaba de su cuerpo ni sentía que debiera esconderlo para demostrar inteligencia.

Décadas después lo explicaría de otra manera. Al principio, dijo, muchos creían que solo era “tits and hair”; ella confiaba en que acabarían descubriendo que también tenía talento. Y nunca aceptó que la solución fuera vestirse para tranquilizar a los demás: “I dress to please myself”.
Ahí está quizá la parte más moderna del estilo Dolly. No intentó escapar de la sexualización adoptando una apariencia más discreta, intelectual o respetable. Se apropió de aquello con lo que pretendían reducirla. Si iban a hablar de sus pechos, serían los pechos de Dolly Parton. Si iban a hablar de su pelo, sería una peluca imposible que nadie pudiera confundir con la de otra mujer. Si la feminidad iba a utilizarse contra ella, la llevaría hasta el exceso y sería ella quien fijara sus reglas. No necesitó parecer menos femenina para parecer más poderosa.
Su estética tenía además una segunda ventaja: permitía que otros la subestimaran. En una industria dominada durante décadas por hombres, detrás de aquella apariencia de “Barbie de las montañas” había una compositora ferozmente protectora de su trabajo, una empresaria y una mujer perfectamente consciente del valor de su nombre. Su humor funcionaba muchas veces como distracción: Dolly hacía el chiste sobre Dolly antes de que pudiera hacerlo cualquiera.
Nunca se tomó demasiado en serio su propia imagen, pero sí se tomó extraordinariamente en serio su trabajo. Esa diferencia explica mucho. Por eso sus pelucas, las uñas postizas, los escotes, los zapatos de plataforma o las chaquetas cubiertas de cristales no deberían leerse únicamente como extravagancias estéticas. Eran también una declaración de propiedad. Su cuerpo era suyo. Su personaje era suyo. Sus canciones eran suyas. Su carrera también. Y nunca se doblegó para resultar más cómoda a quien la miraba.
Unas uñas postizas y el nacimiento de ‘9 to 5’
Hay una escena que resume especialmente bien esa mezcla de artificio, inteligencia y talento. En 1980, Dolly Parton llegó al rodaje de 9 to 5 para debutar como actriz junto a Jane Fonda y Lily Tomlin. Era su primera experiencia en un set cinematográfico y apareció tan preparada que se había aprendido incluso los diálogos de sus compañeras. Pronto descubrió que rodar también significaba esperar durante horas. Y durante aquellas esperas empezó a jugar con sus largas uñas acrílicas.
El sonido que producían unas contra otras le recordó el tecleo de una máquina de escribir. De aquel ritmo salió 9 to 5, la canción que acabaría convirtiéndose en uno de los mayores éxitos de su carrera y en un himno sobre esa rutina laboral que promete prosperidad mientras exprime a quienes están abajo. La propia web oficial de Parton recuerda que fue su primer número uno en las listas pop estadounidenses y que obtuvo dos Grammy.
Es difícil imaginar un detalle más Dolly: unas uñas que durante años podían haber servido a otros para considerarla frívola terminaron funcionando como instrumento de percusión para escribir una canción sobre explotación laboral. Pero ‘9 to 5’ tenía detrás una historia real todavía más interesante. La organización 9to5 había nacido en 1973 impulsada por trabajadoras de oficina que comenzaron a organizarse contra la desigualdad salarial, la discriminación y el hostigamiento que sufrían en el trabajo. Jane Fonda conocía a una de sus impulsoras, Karen Nussbaum, y se reunió con decenas de aquellas mujeres para escuchar sus historias; sus experiencias alimentaron el guion de la película.
La comedia protagonizada por Fonda, Tomlin y Parton convirtió problemas hasta entonces tratados como pequeñas desgracias privadas de las secretarias (cobrar menos, soportar a un jefe que acosaba, no poder conciliar, ser sistemáticamente ignoradas) en un asunto colectivo. Y Dolly les puso música. Mucho antes de Magnolias de acero, Parton encontró así en su primera película un personaje que tenía bastante más que ver con ella de lo que parecía: una mujer rubia y aparentemente fácil de menospreciar que resulta ser bastante más lista que el hombre que ha decidido hacerlo.

Los hijos que no tuvo
Hay otra parte de su vida que permite leer de otra manera esa voluntad constante de transformar lo que le ocurría. Dolly Parton y su marido, Carl Dean, no tuvieron hijos. Parton atravesó problemas ginecológicos y a los 38 años se sometió a una histerectomía parcial, después de la cual ya no pudo quedarse embarazada. Con los años habló de aquella ausencia con la misma mezcla de pragmatismo y espiritualidad con la que solía explicar su vida. Llegó a pensar que quizá existía una razón para que no hubiera tenido hijos propios: así podía considerar suyos a los hijos de los demás. ‘God didn’t let me have children so everybody’s children could be mine’, dijo.
Conviene hacer una precisión porque las dos historias suelen fundirse. La Imagination Library, el gran proyecto infantil de Parton, nació concretamente inspirada por su padre, Lee Parton, un hombre inteligente y trabajador que nunca había aprendido a leer ni a escribir. Dolly creó el programa en 1995 en su condado natal de Sevier, Tennessee, para enviar gratuitamente un libro cada mes a niños pequeños. Con los años se extendió por Estados Unidos y después por Canadá, Reino Unido, Australia e Irlanda.
Pero ambas ideas convivían en ella. Parton dijo muchas veces que no haber sido madre le había proporcionado una libertad que probablemente no habría tenido de otra manera y que aquella vida le permitió dedicar tiempo, dinero y energía a muchísimos otros niños. Es una forma muy Dolly de mirar una renuncia; no negar que existió, sino decidir qué hacer con ella.
Todo en Dolly era “demasiado” (también su libertad)
Quizá por eso reducir el estilo de Dolly Parton a las pelucas sería quedarse precisamente donde se quedaron durante tantos años quienes la entrevistaban. Su estilo era una manera de ocupar espacio. Ser demasiado rubia. Demasiado maquillada. Demasiado curvilínea. Demasiado brillante. Demasiado sexy. Demasiado sentimental. Demasiado country. Demasiado ambiciosa.
En lugar de corregirse para encajar en el molde de una mujer que pudiera ser considerada seria, Dolly agrandó todo aquello que podía incomodar. Y consiguió que el exceso dejara de ser algo que le ocurría para convertirse en algo que le pertenecía.
Lo que nos llevamos de su estilo es que la elegancia a veces consiste en decidir que nadie más va a elegir cuánto de ti resulta aceptable. Dolly Parton descubrió quién era y lo hizo a propósito. El pelo, los pechos, las uñas, las canciones, el dinero, las películas, los libros para niños. Todo formaba parte de la misma operación. Parecía un personaje. En realidad, era la autora.

