Psicología

Duelo por la mujer que nunca llegaste a ser

Ocurre a partir de la mitad de la vida, cuando empezamos a sentir la ausencia de los hijos que nunca llegaron, la carrera que abandonamos o las decisiones que ya no podrán cambiar. ¿Cómo hacemos las paces con las vidas que no vivimos?

Es, como dirían nuestras abuelas, un duelo en vida. Lloras por la pérdida de algo que, en realidad, nunca existió: una carrera que dejaste a media, un máster en el que nunca te llegaste a matricular, un amor que dejaste escapar creyendo que habría otra oportunidad o unos hijos que nunca tuviste. No es fácil explicar la punzada que produce abrir esta caja imaginaria a mitad de la vida, hacia los 45 o 50 años.
Es un duelo en silencio porque no habla necesariamente de una separación, una enfermedad o la muerte de un ser querido. Puede incluso aparecer cuando se tiene una pareja estable o una separación bien resuelta, hijos o una vida elegida conscientemente sin ellos, un trabajo y amistades sólidas. No deseas cambiar de existencia. Lo que aparece es tristeza por la persona que podrías haber llegado a ser.

Este sentimiento se confundía antes con la famosa crisis de los cincuenta, una expresión que suele evocar impulsos repentinos, compras extravagantes o decisiones precipitadas. Ahora se sabe que es una consecuencia de reflexionar y aceptar que llega un momento en que algunas posibilidades dejan de estar abiertas.

Todos esos “yo posibles”

En 1986, las psicólogas Hazel Markus y Paula Nurius formularon la teoría que hoy sigue vigente de los “possible selves” o los “yo posibles”. Según su planteamiento, cada persona convive con múltiples versiones imaginadas de sí misma. No somos únicamente quienes somos. También somos quienes soñamos con llegar a ser y quienes tememos convertirnos. Mientras de esas posibilidades permanecen abiertas funcionan como una fuente de motivación. Nos empujan hacia delante. El problema aparece cuando dejan de ser alcanzables y, a pesar de ello, siguen acompañándonos como posibilidades perdidas.

Una mujer en un banco mirando al mar
Al llegar la menopausia es común revisar la vida pasada y las expectativas de futuro
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La terapeuta familiar Pauline Boss fue una de las primeras en explicar que no todas las pérdidas encajan en la definición clásica del duelo. Acuñó el concepto de duelo ambiguo (ambiguous loss) para describir aquellas ausencias que carecen de un cierre claro. Inicialmente estudió situaciones como las desapariciones o las demencias, donde alguien está presente físicamente, pero ausente psicológicamente. Sin embargo, su teoría ha servido después para comprender los proyectos vitales que no llegaron a materializarse.

El psicólogo Kenneth Doka añadió otra pieza fundamental al rompecabezas. Llamó duelo no reconocido a aquellas pérdidas que la sociedad no legitima. Son duelos para los que no existen palabras ni reconocimiento social y hacen que muchas mujeres se sientan incluso culpables por experimentar tristeza.

Cómo validar este sentimiento

La investigadora suiza Pasqualina Perrig-Chiello, especializada en las transiciones de la segunda mitad de la vida, describe esta etapa como un proceso de reorganización más que de crisis. El gran trabajo psicológico consiste en revisar prioridades y construir un nuevo sentido vital a partir de las opciones que todavía permanecen abiertas, no de las que ya se cerraron. Es una mirada más realista. Aceptar que el tiempo es limitado implica también aceptar que ninguna existencia puede contener todas las vidas posibles. La solución no pasa por convencernos de que tomamos siempre las decisiones correctas. Nadie puede saberlo. Lo que cambia con la madurez es la relación que establecemos con ellos.

El psicólogo Erik Erikson situó el gran desafío de la segunda mitad de la vida en una tensión que llamó integridad del yo frente a desesperación. Según explicaba, llegado cierto momento, todas las personas revisan su biografía. Algunas quedan atrapadas en la lista de errores, en los caminos que abandonaron o en las oportunidades perdidas. Otras consiguen contemplar su vida como una historia completa, hecha de aciertos, equivocaciones y renuncias, pero digna de ser aceptada.

Es una idea que rompe con la trampa mental de creer que, en algún lugar, existe una versión perfecta de nosotros mismos. Los “¿y si…?” nunca tienen una respuesta real, por más que nuestro cerebro insista en formularlos. La mente construye sin descanso biografías alternativas que se vuelven peligrosas cuando las convertimos en el patrón con el que juzgamos nuestra vida real.

Afortunadamente, la psicología aporta maneras de darle la vuelta y hoy describe el envejecimiento saludable como un proceso de selección, optimización y compensación. Conforme pasan los años elegimos qué tiene sentido e invertimos en ello nuestra energía. Madurar, desde esta perspectiva, consiste en vivir bien aunque se hayan cerrado algunas puertas.

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