Antes de que Marbella se convirtiera en sinónimo de yates, noches interminables y grandes apellidos, El Fuerte ya reunía frente al Mediterráneo a artistas, aristócratas y aventureros. Lola Flores hizo de él su casa, Walt Disney confió su perro al botones y Penélope Cruz posó en sus salones. Hoy, después de una espectacular transformación, vuelve a ser ese lugar en el que todo el mundo quiere estar.
En verano, cuando Marbella recupera ese ritmo suyo hecho de piel salada, vestidos blancos y sobremesas que se prolongan hasta la puesta de sol, el hotel funciona como un universo autosuficiente. Se puede desayunar mirando el agua, bajar a la playa, desaparecer durante una hora en el Spa by Clarins, comer un arroz junto a la arena y terminar el día en una piscina infinita elevada sobre los tejados.

Está frente al mar, pero también a cinco minutos caminando de la Plaza de los Naranjos; lo bastante cerca del casco antiguo como para salir a cenar entre fachadas encaladas y buganvillas, y lo bastante protegido para pasar el día en albornoz sin recordar siquiera dónde dejamos las sandalias. Desde algunas de sus habitaciones, el Mediterráneo prácticamente entra por la ventana. Pero limitar El Fuerte a sus piscinas, su gastronomía o su impecable interiorismo sería perderse lo mejor… la sensación de estar durmiendo dentro de la historia sentimental de Marbella.
Todo comenzó mucho antes de que las vacaciones en la Costa del Sol fueran un ritual internacional. El edificio había sido fábrica de harinas y después se convirtió en la residencia de Elvira Vidal, una malagueña que quedó cautivada por aquel rincón situado entre Sierra Blanca y el Mediterráneo. La propiedad era entonces una gran casa rodeada de viñedos, árboles y jardines, con una escalera de caracol, suelos de mármol blanco y una vista que, en los días despejados, alcanzaba la costa africana.

Doña Elvira empezó a alojar viajeros casi por casualidad. Entre sus primeros huéspedes estuvieron los príncipes Maximiliano y Piedad de Hohenlohe y sus hijos, Alfonso y Max. Después llegaron los marqueses de Salamanca. La mansión fue transformándose en una pensión informal donde se elogiaba la cocina de la anfitriona y donde, a comienzos de los años cincuenta, las noches reunían en el jardín a artistas, intelectuales y bohemios como Jean Cocteau, Ana Pombo, Edgar Neville o Conchita Montes. Marbella aún no sabía que estaba inventando su propio mito.
En 1954, el empresario José Luque Manzano compró la propiedad por 1.200.000 pesetas. Quienes lo conocieron decían que era un hombre que «en el horizonte veía el futuro». Tres años y una importante reforma después, El Fuerte abrió sus puertas el 4 de julio de 1957 con 45 habitaciones. Todas tenían baño y teléfono —dos lujos extraordinarios para la época— y el establecimiento instaló el primer ascensor de un hotel de la Costa del Sol. La inauguración se celebró, naturalmente, en los jardines, casi al borde del agua. Aquella imagen resume todavía su esencia: mesas bajo los árboles, el mar al fondo y una elegancia relajada que no necesitaba demostrar nada.

Lola Flores quería estar cerca del mar
Si algún huésped representa el espíritu del hotel es Lola Flores. A principios de los años sesenta, la artista encontró en Marbella el lugar donde podía descansar lejos de los escenarios. Primero alquiló un pequeño chalé frente a la playa y después decidió establecer allí la residencia familiar. Mientras terminaban las obras de su casa, Los Gitanillos, Lola, Antonio González el Pescaílla y sus hijos se instalaron en El Fuerte. Ella había puesto una condición casi innegociable: no quería alejarse del mar.
Los antiguos empleados la recordaban acercándose a recepción junto a su marido para conversar durante horas. Lolita tendría entonces siete u ocho años. En aquellas tardes, contaba Antonio Llamas, «las prisas no existían». Lola desplegaba anécdotas, humor, temperamento y esa capacidad tan suya para convertir cualquier conversación en un espectáculo. No era simplemente una estrella alojada en una suite; era una vecina más del hotel, una presencia familiar que terminaba riendo con quienes estaban detrás del mostrador.
Muchos años después, Lolita regresaría a un lugar lleno de recuerdos de infancia. Y resulta fácil imaginarla reconociendo en el sonido del mar la misma banda sonora que escuchaba su madre.

Walt Disney, una Marilyn británica y una jovencísima Penélope Cruz
El libro de huéspedes de El Fuerte podría leerse como una historia alternativa del siglo XX. En la primavera de 1958, Walt Disney se alojó durante varias semanas en el hotel. El botones Pedro Guerrero recibió el encargo de sacar cada tarde a pasear por la playa a Pluto, el perro del cineasta. El animal daba bastante trabajo, pero las propinas —cincuenta pesetas diarias— convertían la misión en el mejor empleo imaginable. Después de mudarse Disney a su cercana Villa Conejo, el joven siguió llevándole en bicicleta el correo que todavía llegaba al hotel.
Un año más tarde, Diana Dors, conocida como la «Marilyn Monroe británica», revolucionó el establecimiento durante el rodaje de El perfume de Marbella. Varias escenas se filmaron en la playa, con la actriz en bikini, en una época en la que las autoridades todavía imponían multas por lo que consideraban comportamientos indecorosos. Los empleados, fascinados por aquel despliegue cinematográfico, estaban convencidos de que la película merecía un Oscar.
Por sus salones pasarían también Rafael Alberti, que dejó un dibujo de una sirena en recuerdo de su estancia; Rafaela Aparicio, Curro Romero, José Manuel Soto, El Tricicle, Jesús Hermida, Marta Sánchez y Agatha Ruiz de la Prada. Una Penélope Cruz muy joven y Timothy Dalton se fotografiaron allí durante el rodaje de Framed. Más tarde llegaría Mario Vargas Llosa. No es difícil comprender el magnetismo: El Fuerte permitía participar del brillo de Marbella y, al mismo tiempo, refugiarse de él.

El gran renacimiento
El Fuerte nunca ha sido un hotel inmóvil. En 1960 empezó a abrir sus habitaciones hacia el exterior para dotarlas de terrazas; en 1968 ganó dos plantas, y durante las décadas siguientes fue incorporando nuevas alas, piscinas y espacios. De las 45 habitaciones iniciales pasó a 263, creciendo con Marbella sin renunciar a su identidad familiar.
Su transformación más ambiciosa comenzó en 2022. La reforma integral, con una inversión de 31 millones de euros, lo elevó a la categoría de cinco estrellas y reorganizó el hotel en 266 habitaciones. El interiorismo fue confiado a Jaime Beriestain, que investigó fotografías antiguas, eliminó añadidos acumulados durante décadas y recuperó elementos de la arquitectura original, como los pasos arqueados.

Aquí hay verde inglés inspirado en los carruajes andaluces, terracotas, ocres especiados, mármol local envejecido, cerámica, cuero y muebles diseñados a medida. Los guiños ecuestres aparecen en hebillas, borlas y estructuras; el alabastro y la artesanía local suavizan los espacios, y todo parece colocado para conducir la mirada hacia el mar. Es Andalucía reinterpretada sin folclore impostado… luminosa, sofisticada y profundamente sensual.
Incluso la historia de Doña Elvira ocupa un lugar en este nuevo capítulo. La mejor habitación lleva su nombre: La Dama Selected Master Suite, con 85 metros cuadrados interiores, una terraza de 29 metros y vistas frontales al Mediterráneo. Un homenaje a la mujer que comprendió, antes que casi nadie, que el verdadero lujo marbellí consistía en recibir a cada huésped como si fuera el único.

Un día perfecto en El Fuerte
La mañana debería empezar sin despertador. Cortinas abiertas, café y ese azul que hace que cualquier plan urgente parezca, de pronto, bastante absurdo. Después, desayuno frente al mar y unas horas entre la playa y alguna de las tres piscinas; la más deseada se encuentra en la azotea, es infinita y domina el Mediterráneo. El spa ofrece tratamientos de Clarins, mientras los huéspedes cuentan con una zona de hamacas en la arena.
Para comer, Soleo propone el chiringuito elevado a categoría de objeto de deseo: arroces, pescados, mariscos y una terraza desde la que el horizonte parece no terminar nunca… mientras que Levante ofrece una cocina mediterránea más viajera y relajada con música en directo por las noches.

Al caer la tarde, la experiencia asciende hasta la séptima planta de El Fuerte Marbella, donde Kena by Akiro abre una nueva ventana sobre la ciudad y el Mediterráneo. Concebido como mucho más que un restaurante, este rooftop reúne gastronomía, paisaje, música, diseño y coctelería en un espacio pensado para disfrutar sin prisas, desde las últimas luces del día hasta bien entrada la noche. Su propuesta lleva el sello de Akiro y se inspira en la cocina nikkei, esa fusión precisa y vibrante entre las tradiciones japonesa y peruana que encuentra en el respeto por el producto, el equilibrio de sabores y la técnica sus principales señas de identidad. Al frente se encuentra Luis Arévalo, considerado uno de los grandes impulsores de la cocina nikkei en Europa, que firma una carta concebida para compartir y en la que conviven nigiris, tiraditos, ceviches, makis, pescados y carnes. La experiencia se completa con cócteles de autor, champagnes y una cuidada selección de vinos, mientras el horizonte se transforma con la puesta de sol y Marbella se contempla, literalmente, desde otra altura.

La nueva etapa ya ha seducido a nombres como Ana Boyer, Amelia Windsor y la prescriptora de moda Darja Barannik, atraídas por la decoración, el bienestar, las vistas y esa ubicación que permite nadar por la mañana y caminar por las callejuelas del centro histórico al anochecer. El ciclo continúa; cambian los iconos, pero la atracción permanece.
El secreto de El Fuerte quizá sea precisamente ese. No obliga a elegir entre la Marbella auténtica y la sofisticada, entre la memoria y el diseño, entre esconderse y dejarse ver. Aquí se puede vestir de lino para tomar un cóctel en la azotea y, una hora después, caminar descalza por la orilla. Lola Flores lo sabía… cuando se encuentra un lugar así, lo importante es estar cerca del mar y dejar que las prisas desaparezcan. El único riesgo es regresar a casa preguntándose por qué no reservamos una noche más.

