Cada vez que una estrella aparece sobre una alfombra roja con un vestido anatómico, una joya en forma de ojo o un complemento deliberadamente absurdo, Elsa Schiaparelli vuelve a entrar en escena. Su imaginación sigue siendo tan actual que resulta fácil olvidar que comenzó a desarrollar aquel lenguaje hace casi un siglo.
Nacida en Roma en 1890, en una familia aristocrática e intelectual, Schiaparelli llegó a la moda por un camino poco convencional. Vivió en Londres y Nueva York, se relacionó con artistas como Man Ray y Gabrielle Buffet-Picabia y, tras separarse de su marido, se instaló en París con su hija. Allí recibió el apoyo de Paul Poiret, quien la animó a diseñar profesionalmente. En 1927 presentó sus primeros jerséis tejidos a mano; uno de ellos simulaba un gran lazo mediante un efecto de trompe-l’œil. El éxito fue inmediato y le permitió abrir su propia empresa en la rue de la Paix.

El lazo contenía ya todo su manifiesto. Era práctico, relativamente sencillo y, al mismo tiempo, una broma visual. Schiaparelli sabía que la moda podía engañar al ojo, alterar la percepción del cuerpo y hacer que una mujer se convirtiera en participante de una idea artística. Para ella, diseñar ropa era un arte.
Durante los años treinta llevó esa convicción hasta sus últimas consecuencias. Colaboró con Salvador Dalí, Jean Cocteau, Man Ray, Leonor Fini, Alberto Giacometti y otros creadores vinculados a las vanguardias. Con Dalí realizó el vestido de la langosta que Wallis Simpson llevó en un reportaje de Vogue, el vestido esqueleto, el estampado de desgarros y el célebre sombrero con forma de zapato. No utilizaba el arte como un estampado decorativo, invitaba al artista a intervenir en la construcción completa del objeto.

Su trabajo resultaba divertido, pero nunca inocente. Una langosta colocada sobre la falda podía contener una insinuación erótica; unos huesos acolchados transformaban el cuerpo vestido en un cadáver; un bordado de Cocteau podía mostrar al mismo tiempo dos perfiles y un jarrón. Schiaparelli permitía que las mujeres fueran elegantes, inquietantes, intelectuales y humorísticas.
También fue una empresaria excepcional. En 1935 instaló su casa en un palacete de Place Vendôme con cinco plantas, 98 habitaciones, talleres y tienda. Desarrolló perfumes, accesorios y colecciones temáticas, y convirtió el color rosa intenso en su inconfundible Shocking Pink. El frasco del perfume Shocking, inspirado en el torso de Mae West, fue concebido como una prolongación surrealista de su ropa. En 1934 se convirtió, además, en la primera diseñadora de moda que aparecía en la portada de Time.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial alteró su mundo. Aunque regresó a París y continuó trabajando después del conflicto, el gusto había cambiado. La austeridad conceptual de su surrealismo perdió terreno frente a la opulencia romántica del New Look de Dior. En 1954 cerró su salón de alta costura y se dedicó a escribir sus memorias. La maison permaneció inactiva durante décadas y no reabrió en Place Vendôme hasta 2012.
Ese largo silencio ayuda a explicar la paradoja de Schiaparelli… sus imágenes nunca desaparecieron, pero la autora quedó parcialmente eclipsada por ellas. La langosta, el rosa intenso y el sombrero-zapato siguieron circulando por la cultura visual sin que el gran público conociera necesariamente la historia de la mujer que los había imaginado.

El sector, en cambio, nunca dejó de considerarla una figura esencial. En 2012, Andrew Bolton y Harold Koda emparejaron su obra con la de Miuccia Prada en la exposición del Metropolitan Museum Schiaparelli and Prada: Impossible Conversations. La muestra encontraba afinidades entre dos diseñadoras italianas separadas por varias generaciones: ambas utilizaron la moda para hablar de cultura, poder, feminidad, belleza e incomodidad.
La recuperación más visible se debe a Daniel Roseberry, director creativo de la maison desde 2019. Roseberry ha explicado que Schiaparelli se benefició de su mirada de extranjera; una italiana capaz de observar París desde fuera y cuestionar sus códigos. También destaca su voz inconfundible y su sentido del humor, dos cualidades que él ha trasladado a las nuevas colecciones y a las alfombras rojas de Lady Gaga, Beyoncé, Zendaya o Bella Hadid.
Su regreso al centro de la conversación no es una moda pasajera. El Victoria and Albert Museum dedica este año la primera gran exposición británica a Schiaparelli, recorriendo su trabajo desde los años veinte hasta la etapa de Roseberry. Que un museo defina la muestra como Fashion Becomes Art confirma algo que ella sostuvo durante toda su vida, que un vestido podía ser una idea, una provocación y una obra artística.
Sin duda, Schiaparelli no quería hacer a las mujeres discretas, quería que fueran imposibles de ignorar. Su gran legado consiste en haber demostrado que la elegancia no siempre tiene que ser seria, que el buen gusto puede convivir con el absurdo y que vestirse también puede ser una forma de pensamiento.

