Homenaje

Claire McCardell, la diseñadora que nos vistió para ser libres

La diseñadora desafió la autoridad de París, liberó el cuerpo femenino y convirtió lo práctico en deseable. ¿Por qué casi nadie recuerda hoy su nombre?

Montaje: Ana Capdepón
Montaje: Ana Capdepón

Es muy probable que Claire McCardell esté dentro de tu armario, aunque nunca hayas oído hablar de ella. Está en el vestido que se ajusta con un lazo, en los zapatos planos con los que es posible atravesar una ciudad y en esa falda cuyo bolsillo sirve realmente para guardar algo. Diseñaba para quien trabajaba, conducía, viajaba, hacía la compra, recibía amigos y se vestía sin ayuda. “Siempre he diseñado las cosas que yo necesitaba”, dijo en 1955.

Nacida en Frederick, Maryland, en 1905, creció junto a tres hermanos varones. Mientras jugaba con ellos comprendió que las prendas consideradas apropiadas para las niñas podían ser bonitas, pero resultaban absurdamente incómodas para correr o trepar a un árbol. Años después se preguntaría por qué la ropa femenina no podía ser resistente, práctica y, al mismo tiempo, femenina. Aquella cuestión infantil acabaría convirtiéndose en el motor de toda su carrera.

En 1928 se graduó en Parsons, entonces denominada New York School of Fine and Applied Art, y poco después comenzó a trabajar en Townley Frocks, una empresa de confección de Nueva York. En 1932 ya era su diseñadora principal. Frente a una industria estadounidense acostumbrada a mirar a París y reproducir sus propuestas, McCardell empezó a construir un lenguaje propio… limpio, informal, ingenioso y pensado para la producción en serie.

Su primera revolución parecía casi demasiado sencilla para serlo. El Monastic Dress, presentado en 1938, era una pieza amplia, cortada al bies y sin una cintura impuesta. Un cinturón móvil permitía a cada mujer ajustar el volumen donde quisiera. En lugar de obligar al cuerpo a responder a una silueta predeterminada, el vestido se adaptaba a quien lo llevaba. El pedido inicial, de cien unidades, se vendió en un solo día y el modelo se convirtió en uno de los grandes éxitos de aquel año.

La facilidad era, en sus manos, una forma de sofisticación. McCardell eliminaba hombreras y estructuras interiores, empleaba lazadas regulables y colocaba cremalleras, corchetes y botones donde la propia usuaria pudiera alcanzarlos. Detestaba los cierres situados en el centro de la espalda porque obligaban a pedir ayuda. Su ropa establecía una conversación con la mujer; un lazo podía anudarse bajo el pecho, en la cintura o alrededor del torso; una falda podía combinarse con varias partes de arriba y un vestido debía servir para diferentes momentos del día.

No lo llamaba feminismo, pero lo cosía en cada patrón. Poder vestirse sola, llevar las manos libres gracias a unos bolsillos amplios o caminar sin dolor eran gestos pequeños que cuestionaban una visión completa de la feminidad. McCardell entendía que la autonomía también se construye con cremalleras accesibles, tejidos lavables y prendas que no exigen vigilar constantemente el propio cuerpo.

La Segunda Guerra Mundial terminó de definir su estilo. La escasez de seda y lana la llevó a utilizar denim, algodón, punto y materiales que la moda elegante consideraba demasiado humildes. El resultado fue el llamado American look; es decir, un armario independiente de la alta costura francesa y conectado con una sociedad más informal, industrial y móvil. El Metropolitan Museum of Art considera que el sportswear de diseñador fue una creación genuinamente estadounidense, y McCardell fue una de sus figuras decisivas.

En 1942 presentó otra de sus piezas emblemáticas, el Popover dress. Era un vestido cruzado, cómodo, bien de precio y suficientemente versátil para llevarlo en casa, sobre un bañador o en una reunión informal. Algunas versiones se ofrecían incluso con una manopla de cocina a juego, una imagen que puede ser cuestionada a día de hoy, pero que encerraba una propuesta radical: una mujer no necesitaba transformarse ni cambiarse de ropa cada vez que cambiaba de actividad. El vestido debía acompañar su jornada y no organizarla.

También trasladó las zapatillas de ballet al vestuario cotidiano mediante su colaboración con Capezio, defendió los zapatos planos cuando la elegancia seguía midiéndose en centímetros de tacón y convirtió las prendas separadas en un sistema de posibilidades. Anticipó así el armario cápsula, el vestido envolvente y una parte importante del estilo de vida que hoy se vende bajo etiquetas como effortless, casual chic o lujo silencioso.

La mujer que desafió a Dior

Su gran antagonista simbólico fue Christian Dior. En 1947, el New Look devolvió a la moda las cinturas comprimidas, las faldas voluminosas y una feminidad construida mediante corsetería y abundancia de tejido. Dior ofrecía una fantasía de posguerra y McCardell defendía la libertad que muchas mujeres habían descubierto al incorporarse al trabajo y ocupar el espacio público. La periodista Betty Friedan la bautizó en 1955 como “la mujer que desafió a Dior”.

La comparación no significa que McCardell renunciara al atractivo. Sus vestidos de noche, sus escotes halter y sus drapeados demuestran una profunda comprensión del cuerpo y de diseñadoras europeas como Madeleine Vionnet o Madame Grès.

En vida fue una celebrity. Consiguió que su nombre apareciera en las etiquetas (algo nada habitual para una diseñadora empleada por un fabricante), recibió los principales reconocimientos de la moda estadounidense y protagonizó la portada de Time del 2 de mayo de 1955. Un año después publicó What Shall I Wear?, una guía en la que defendía el estilo personal, la diversión y una relación menos obediente con las tendencias.

McCardell murió de cáncer en marzo de 1958, con solo 52 años. No dejó una gran casa de moda que mantuviera abierto su archivo ni un imperio encargado de convertir sus códigos en patrimonio comercial. Sus ideas fueron absorbidas por la industria hasta parecer anónimas. El sportswear estadounidense que desarrollaron creadoras como ella o Bonnie Cashin alcanzaría fama internacional durante las décadas siguientes asociado a diseñadores como Calvin Klein, Ralph Lauren y Halston.

Entre los profesionales del sector, sin embargo, su nombre nunca desapareció por completo. Steven Kolb, director ejecutivo del Council of Fashion Designers of America, la ha definido como la diseñadora que mejor representa la esencia de la moda estadounidense. Anna Sui, cuya obra ha estudiado y reinterpretado, sostiene que McCardell “modernizó la forma de vestir de las mujeres”. Michael Kors e Isaac Mizrahi también figuran entre los diseñadores influidos por su trabajo.

Pero la responsable de que se hable de ella de nuevo ha sido Tory Burch. La diseñadora dedicó su colección de primavera de 2022 al legado de McCardell, escribió el prólogo de la reedición de What Shall I Wear? y colaboró con el Maryland Center for History and Culture para acercar su archivo a una nueva generación.

Burch la considera un ejemplo de cómo las mujeres han sido borradas del relato histórico. Otras voces influyentes coinciden. Nicole Phelps, directora global de Vogue Runway y Vogue Business, ha señalado que sus vestidos siguen pareciendo actuales y deseables ocho décadas después. La crítica Cathy Horyn encuentra otra clave de su vigencia y es que McCardell no se tomaba la moda con excesiva solemnidad. Constance White, periodista y experta en moda (ha trabajado en The New York Times, The Wall Street Journal, y fue editora jefe de Essence) subraya su importancia como mujer de negocios, y Booth Moore, de Women’s Wear Daily, considera que su filosofía funcional y elegante fue profundamente feminista para su época.

El Metropolitan Museum of Art volvió a situar su obra en el centro del relato estadounidense en la exposición In America: An Anthology of Fashion, mientras que el Museum at FIT le dedicó en 2023 la muestra Claire McCardell: Practicality, Liberation, Innovation. La publicación este año de la biografía Claire McCardell: The Designer Who Set Women Free, de Elizabeth Evitts Dickinson, confirma que su figura atraviesa un momento de auténtica reconsideración.

‘The Designer Who Set Women Free’ (Elizabeth Evitts Dickinson, 2026)

Mirar hoy sus fotografías produce una extraña sensación. Eliminados el peinado y la escenografía de los años cuarenta, muchas de sus prendas podrían aparecer en una pasarela de hoy en día. Vemos vestidos de punto que favorecen y sin apretar, faldas amplias con bolsillos, sandalias planas, cazadoras de denim y piezas superpuestas.

Su revolución consistió en elevar la comodidad a la categoría de deseo, demostrar que la practicidad también podía ser bella y conceder a las mujeres el derecho a decidir cómo vestir su propio cuerpo. Claire McCardell no diseñó para que permaneciéramos quietas dentro de un vestido. Diseñó para que pudiéramos vivir dentro de él.

CINCO IDEAS DE MCCARDELL QUE SIGUEN EN NUESTRO ARMARIO

  • Los bolsillos de verdad. Amplios, utilizables y concebidos como una herramienta de independencia.
  • El vestido adaptable. Lazadas, cinturones y cierres que permiten modificar la silueta sin alterar el cuerpo.
  • Las prendas combinables. Faldas, tops y chaquetas capaces de crear distintos conjuntos con pocas piezas.
  • El zapato plano elegante. La bailarina convertida en calzado urbano y no únicamente en instrumento de danza.
  • Los tejidos cotidianos. Denim, algodón y punto elevados a la categoría de materiales deseables.

 

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