Tres décadas después de fundar una de las firmas más reconocibles de la moda española, Teresa Helbig continúa mirando hacia delante. Los premios, los desfiles y los grandes proyectos, incluido ver su nombre sobre un avión de Iberia, no han alterado el centro de su universo creativo: el atelier, las clientas y, por encima de todo, el próximo vestido.
Heredó de su madre el respeto por las cosas bien hechas y la convicción de que la diferencia se esconde en los pequeños detalles. Desde entonces, ha construido una moda artesanal, femenina y llena de carácter, pensada para mujeres que no necesitan seguir las tendencias porque confían en su propia intuición. Ahora, al cumplir treinta años de trayectoria, habla de belleza, perseverancia, familia y de los sueños que todavía le quedan por cumplir. Hablamos con ella.
Celebras treinta años en la moda. Cuando miras atrás, ¿te reconoces en aquella mujer que empezó?
Sí, absolutamente. Me reconozco en la ilusión, en la pasión y en esa necesidad casi vital de construir. Creo que, si algo no ha cambiado en estos treinta años, es el amor por este oficio, por la artesanía, por las mujeres. En una industria como la moda, donde todo ocurre tan deprisa y donde hay tantos momentos difíciles, es imposible mantenerse si no amas profundamente lo que haces.
¿En qué momento sentiste que tu nombre se había convertido realmente en una marca?
Nunca he pensado demasiado en eso, siempre me ha obsesionado el día a día, el trabajo de atelier, nuestras clientas, las pruebas, el diseño, las colecciones… Quizá tomé verdadera conciencia de que estábamos construyendo un proyecto realmente significativo en dos momentos muy especiales. El primero fue cuando recibimos el Premio Nacional de Diseño de Moda; fue un reconocimiento que nos hizo mirar hacia atrás y valorar todo el camino recorrido. El segundo, cuando vimos el nombre de Teresa Helbig en un avión de Iberia. Fue profundamente emocionante. Que una compañía con tanta historia y prestigio quisiera llevar nuestro nombre y compartir nuestra historia fue una forma muy bonita de entender que el proyecto había trascendido el atelier y había pasado a formar parte del imaginario de mucha gente. Pero, incluso después de esos momentos, mi cabeza sigue estando en el mismo sitio: en el próximo vestido.
¿Qué ha sido lo más bonito de estos treinta años y qué ha sido lo más difícil?
Lo más bonito siempre ha sido el camino. Las personas que han formado y forman parte del equipo, las mujeres que han confiado en nosotros, los proyectos que parecían imposibles y que acabaron siendo realidad.
Y más que difícil, te diría que ha habido momentos tremendamente exigentes, claro, pero nunca los hemos vivido desde el sufrimiento. Hemos hecho siempre lo que nos nacía hacer, siendo fieles a nuestra manera de entender este oficio. Cuando trabajas desde la convicción y la pasión, incluso los retos más grandes tienen sentido.
Siempre has defendido una moda muy artesanal y cuidada. ¿De dónde procede ese amor por las cosas bien hechas?
Creo que ese amor por las cosas bien hechas lo heredé de mi madre, Teresa. Ella me enseñó, sin grandes discursos, que el tiempo dedicado a hacer algo con cuidado nunca es tiempo perdido. Crecí viendo cómo las manos podían transformar un tejido en algo lleno de significado, y entendí muy pronto que el verdadero lujo está en el oficio.
Siempre me han fascinado los procesos, más incluso que el resultado. Me interesa mucho todo lo que sucede antes de que un vestido exista: las pruebas, los errores, las horas de bordado, la búsqueda de una técnica casi olvidada. Siempre digo que me encanta complicarme la vida, porque creo que ahí es donde aparecen las piezas con alma.
Para mí, la artesanía no es una cuestión de nostalgia. Es una forma de mirar el futuro. Recuperar técnicas tradicionales, reinterpretarlas y demostrar que siguen teniendo sentido hoy es una de las cosas que más me apasiona.
Tu madre tuvo una gran influencia en tu relación con la costura. ¿Qué aprendiste de ella que todavía sigue presente en tu trabajo?
Mi madre me enseñó la excelencia. Me enseñó que la diferencia siempre está en los pequeños detalles y que una prenda no sale del atelier hasta que está exactamente como debe estar. No era una cuestión de perfeccionismo (que también), sino de respeto: por el oficio, por el tiempo invertido y, sobre todo, por la mujer que iba a llevarla.
¿Cómo era la Teresa niña? ¿Ya tenía esa sensibilidad por la ropa, los tejidos y la belleza?
Sí, absolutamente. Desde muy pequeña sentía una atracción casi instintiva por la belleza. Me fascinaban las joyas, las plumas, los tejidos, el vestuario, el cine y todo ese universo capaz de transformar la realidad a través de la imaginación.
Mi madre nunca intentó llevarme por otro camino; al contrario, alimentó esa curiosidad y me enseñó a mirar con atención, a valorar el detalle y a entender que la belleza también es una forma de expresión.
Con el tiempo he comprendido que, en realidad, sigo siendo aquella niña. Solo que ahora, en lugar de imaginar vestidos, tengo la suerte de poder hacerlos realidad.
¿Qué cualidad crees que ha sido esencial para mantenerte durante tres décadas en una industria tan exigente?
La pasión y la perseverancia, sin duda. La pasión es lo que te impulsa a empezar cada día con la misma ilusión, incluso después de treinta años. Y la perseverancia es la que te sostiene cuando las cosas no salen como esperabas, cuando hay que insistir, aprender y volver a intentarlo. En esta profesión el talento es importante, pero no suficiente. Lo que realmente marca la diferencia es seguir creyendo en lo que haces, ser constante y no perder nunca la curiosidad ni las ganas de construir. Creo que eso te hace imparable.
Tus vestidos transmiten seguridad, feminidad y cierta actitud. ¿Cómo defines tú a la mujer Helbig?
Siempre decimos que una mujer Helbig nunca pasa desapercibida, pero no porque necesite llamar la atención. Lo que la hace inolvidable es su actitud. Es una mujer con personalidad, que sabe quién es y no tiene miedo de expresarlo. Vive la moda como una extensión de sí misma, no como un disfraz. Tiene criterio, sensibilidad y una gran libertad para elegir cómo quiere mostrarse al mundo. Al final, una mujer Helbig no sigue las tendencias; sigue su intuición. Y esa seguridad, cuando es auténtica, es la forma más honesta y bonita de estar en el mundo.
¿Diseñas pensando en una mujer concreta o en una emoción que quieres provocar en quien lleva tus prendas?
Las dos cosas. Siempre hay mujeres que me acompañan cuando diseño. Mujeres que me han inspirado a lo largo de mi vida, desde nuestro particular club de las B, Jane Birkin, Brigitte Bardot, David Bowie o Marisa Berenson, hasta figuras como Ana Bolena porque representan formas muy diferentes y muy poderosas de entender la feminidad.
Pero, por encima de cualquier referencia, siempre pienso en la mujer que va a llevar esa prenda y, sobre todo, en cómo quiero que se sienta. En Teresa Helbig siempre decimos que diseñamos mujeres para mujeres. Sabemos lo que significa vestirse para un momento importante, la confianza que puede darte un vestido y el poder que tiene una prenda cuando está hecha para ti. Por eso buscamos la excelencia en cada paso del proceso. Desde el primer trazo del patrón hasta el último acabado, cada decisión tiene un único objetivo: que la mujer que vista Teresa Helbig se sienta la mejor versión de sí misma y jamás pase desapercibida.
Después de tantos años, ¿sigues sintiendo nervios antes de presentar una colección?
Sí, claro. Y espero no perder esos nervios nunca. Cada colección es algo profundamente personal. Organizar un desfile significa compartir meses de trabajo, de intuición, de dudas, de ilusión y de muchísimo esfuerzo. Hay una enorme vulnerabilidad en poner una idea delante del mundo y esperar a que conecte con los demás. Después de treinta años, los nervios siguen ahí. Pero he aprendido a entenderlos como una señal de que me sigue importando tanto como el primer día.

¿Eres muy perfeccionista?
Lo soy, muchísimo. Pero no por obsesión con la perfección, sino por respeto al oficio. Cada vestido tiene su propio ritmo y su propia voz, y hay que saber escucharla. Siempre tengo la sensación de que a todo se le pueden dar mil vueltas y siempre creo que las cosas pueden hacerse un poco mejor, es parte de mi manera de entender la creación. Desde que imaginamos un vestido hasta que desfila en la pasarela, esa pieza vive una transformación inmensa. Hay horas de trabajo, pruebas, conversaciones, dudas y muchísimas decisiones detrás. Lo que hacemos tiene un enorme valor para mí y para todo el equipo, y por eso nos lo tomamos con muchísima responsabilidad.
¿Cómo es un día normal en tu vida cuando no estás preparando un desfile o una colección?
En realidad, nunca dejo de trabajar en una colección. Diseñamos con muchos meses de antelación y el tiempo en el atelier no se divide entre una colección y otra: todo convive, se alimenta y evoluciona a la vez. La costura, las novias y el prêt-à-porter forman parte de una misma conversación.
Empiezo el día con un té y leyendo la prensa, después vienen las reuniones, las clientas, el atelier, las pruebas… Pero, en realidad, todo forma parte del mismo proceso. Creo que nuestro mundo es precisamente eso: vivir en un estado de observación permanente.
Cuando necesitas desconectar de la moda, ¿qué haces para volver a encontrarte contigo misma?
La verdad es que nunca he desconectado de la moda, nunca la he vivido como un trabajo, sino como una forma de mirar y de estar en el mundo. Lo que sí procuro es alimentar esa mirada con otras disciplinas. El cine me fascina, ver series, ir al teatro, leer… Todo eso me nutre muchísimo. También rodearme de personas que me inspiren, que me hagan salir de mi zona de confort, que me aporten perspectivas que no había tenido en cuenta. Al final, dedicarles tiempo a tus pasiones es la mejor forma de encontrarse.
¿Qué lugar ocupan la familia y los amigos en una profesión que exige tanta dedicación?
Lo ocupan todo. Cuando dedicas tanta energía a un proyecto, necesitas tener a tu lado personas que crean en él tanto como tú.
Además, tengo la suerte de compartir esta aventura día a día con mi madre y con Chema, que además de ser mi pareja es el director general de la marca. Construir juntos este proyecto hace que todo tenga mucho más sentido.
¿Has tenido que renunciar a muchas cosas para construir tu carrera?
Nunca, he tenido la suerte de dedicar mi vida a aquello que más me apasiona, y eso hace que el esfuerzo tenga un sentido completamente distinto.
¿Cómo ha cambiado tu relación con la edad, la belleza y el paso del tiempo?
Con los años he entendido que la belleza no tiene nada que ver con la perfección ni con la edad. Tiene que ver con la personalidad, con la actitud y con la verdad de cada mujer. Creo que la belleza más interesante es la que nace de una vida vivida, de la experiencia y de la autenticidad.
¿Qué te hace sentir segura en tu vida cotidiana?
Ser fiel a mí misma, a mi criterio e intuición, mi equipo, mi familia, el trabajo bien hecho…
Después de los premios, los desfiles… ¿qué pequeñas cosas siguen haciéndote ilusión?
Todo me sigue haciendo ilusión, y lo digo de corazón. Me ilusiona imaginar los próximos treinta años de Teresa Helbig, nuestras clientas, la siguiente colección, un nuevo proyecto internacional o descubrir hacia dónde nos llevará la próxima idea. Pero también me emociona algo tan sencillo como una reunión de equipo en la que empiezan a surgir ideas. Ahí es donde nace todo.
Cuando piensas en los próximos años, ¿qué sueño te queda todavía por cumplir?
Me encantaría hacer una película.

