Planes con niños

Islandia con niños: el país donde los trolls todavía podrían existir

Durante unos días, una tiene la extraña sensación de que la naturaleza ha decidido competir con la imaginación

Hay viajes que se organizan con Google Maps y otros que parecen escritos por un niño de ocho años. “¿Y si vamos a un lugar donde hay volcanes, géiseres que lanzan agua hacia el cielo, cascadas tan grandes que parecen caerse del mundo, playas de arena negra y ballenas?”. Ese lugar existe. Se llama Islandia.

Viajar con niños suele implicar una negociación constante. Hoy toca un museo porque ayer hubo parque. Caminamos un rato y luego prometemos un helado. En Islandia, sin embargo, esa conversación desaparece. No hace falta convencer a nadie para caminar hasta un géiser que entra en erupción cada pocos minutos o quedarse hipnotizado frente a una cascada tan poderosa que obliga a levantar la voz para poder hablar.

Aquí no hacen falta parques temáticos que reproduzcan volcanes, dinosaurios o mundos fantásticos. La naturaleza lleva millones de años perfeccionando el espectáculo. El paisaje es la atracción. Y la entrada, además, es gratuita.

La mayoría de los viajeros aterriza en Reikiavik y, casi sin darse cuenta, pone rumbo al famoso Círculo Dorado, la ruta imprescindible para empezar a entender Islandia. Son apenas unos kilómetros, pero bastan para descubrir que este país parece escrito por un novelista con mucha imaginación.

La primera parada es Þingvellir, el único lugar del mundo donde se puede caminar entre las placas tectónicas de América y Europa. Contárselo a un niño tiene algo de magia. De pronto comprende que los continentes no son un dibujo inmóvil en un atlas. Se desplazan. Apenas unos centímetros al año, sí, pero se mueven. Y, por alguna razón, saberlo hace que la Tierra parezca mucho más viva.

Un poco más adelante espera Geysir, el valle que dio nombre a todos los géiseres del planeta. Aunque el gran Geysir apenas entra ya en erupción, su vecino Strokkur se encarga del espectáculo. Cada pocos minutos, el agua empieza a burbujear, el silencio se instala durante unos segundos y, de repente, una columna de agua hirviendo sale disparada hacia el cielo.

Los niños intentan grabar la primera erupción con el móvil. A la tercera ya han guardado la cámara. Hay momentos que es mejor mirar que fotografiar. Después llega Gullfoss. Hay cascadas bonitas y luego está Gullfoss. El agua cae con tanta fuerza que parece desaparecer dentro de la tierra. Los niños no preguntan cuántos metros tiene. Preguntan si allí viven gigantes. La pregunta tiene sentido. Islandia obliga constantemente a pensar que los cuentos nacieron aquí.

No cuesta imaginar elfos escondidos entre las rocas o trolls convertidos en piedra después de que los sorprendiera el amanecer. Los propios islandeses tampoco ayudan a distinguir la leyenda de la realidad. Hablan de ellos con tal naturalidad que una termina mirando algunas montañas de reojo, por si acaso.

En Islandia no basta con contemplar las cascadas desde un mirador. Hay que ponerse un chubasquero y acercarse a ellas. Sentir el estruendo, la humedad y las gotas golpeando la cara. En Seljalandsfoss incluso es posible caminar literalmente por detrás del agua. Sales empapada.

Muy cerca espera Skógafoss, una pared de agua tan inmensa que parece diseñada por Hollywood. Cuando el sol se abre paso entre las nubes, casi siempre aparece un arcoíris suspendido frente a la cascada. Entonces cuesta decidir quién está más fascinado: los niños o los adultos.

Y entonces llega una de esas imágenes que se quedan a vivir en la memoria: Reynisfjara. Arena negra de origen volcánico. Columnas de basalto que parecen esculpidas con una precisión imposible. Agujas de roca emergiendo del Atlántico como si fueran los restos de un reino perdido. Y un mar embravecido que rompe contra la orilla con una fuerza hipnótica.

Cuesta creer que ese paisaje no pertenezca a una película de fantasía. Pero aquí la ficción tiene un pequeño inconveniente: las olas son muy reales. Las llamadas sneaker waves llegan sin avisar y pueden ser extremadamente peligrosas, por lo que conviene mantener siempre a los niños lejos de la orilla. No es una playa para bañarse. Es una playa para contemplar.

Si el viaje continúa hacia el sur, la siguiente parada casi parece un cambio de planeta. En la laguna glaciar de Jökulsárlón, los icebergs flotan lentamente mientras las focas asoman la cabeza entre el hielo con absoluta indiferencia hacia los turistas.

Justo enfrente, al otro lado de la carretera, espera Diamond Beach. Los bloques de hielo que el glaciar va soltando descansan sobre la arena negra como si alguien hubiera derramado un puñado de diamantes gigantes junto al mar. No hay parque temático capaz de competir con semejante escenario.

Tampoco debería faltar una excursión para avistar ballenas. Desde Húsavík, considerada la capital europea del avistamiento de cetáceos, las posibilidades de encontrarlas durante el verano son muy altas. Cuando asoma la primera aleta, el barco entero contiene la respiración durante un instante. Después llegan los gritos, las risas y los móviles intentando seguir un animal que siempre parece aparecer donde nadie lo espera. Y, de repente, los adultos vuelven a tener diez años.

Islandia también reserva una sorpresa para quienes viajan en diciembre. Muy cerca de Reikiavik se encuentra Yule Town, un pequeño rincón dedicado a los trece Papás Noel islandeses, personajes mucho más traviesos que el Santa Claus al que estamos acostumbrados. Aquí los niños descubren que incluso la Navidad puede contarse de otra manera.

Y cuando cae la noche llega el momento que todos esperan. Las auroras boreales. No siempre aparecen. Quizá por eso emocionan tanto. Existen aplicaciones que ayudan a seguir las previsiones y excursiones que buscan los cielos más despejados, pero nadie puede prometer que vayan a dejarse ver. Cuando finalmente empiezan a bailar sobre el horizonte, el silencio se impone de forma casi automática. Ni siquiera los niños sienten la necesidad de hacer preguntas.

Islandia no necesita inventar atracciones para los pequeños. Ya tiene volcanes. Glaciares. Géiseres. Ballenas. Playas negras. Cascadas que se pueden atravesar por detrás. Al volver, alguien siempre pregunta qué fue lo mejor del viaje. Y una descubre que no sabe responder. Porque lo mejor nunca fue un lugar concreto. Fue volver a mirar el mundo con los ojos muy abiertos.

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