El logotipo histórico de Lanvin muestra a una madre inclinada hacia su hija. No es una imagen publicitaria inventada por un departamento de marketing; representa el centro emocional de la historia de Jeanne Lanvin. Su relación con Marguerite inspiró la ropa, el perfume, la identidad gráfica y buena parte del universo de la casa.
Jeanne nació en París en 1867 y era la mayor de once hermanos de una familia modesta. A los trece años comenzó a trabajar para una sombrerera y recorría la ciudad entregando encargos. La historia de la maison cuenta que, para ahorrarse el billete, seguía a pie el ómnibus parisino, motivo por el que recibió el apodo de la pequeña ómnibus. Con 22 años logró abrir su propio negocio de sombreros en 1889.
El verdadero punto de inflexión llegó con el nacimiento de Marguerite en 1897. Lanvin diseñaba para ella vestidos tan elaborados que sus clientas comenzaron a solicitar versiones para sus propias hijas. De la moda infantil pasó a la ropa para jóvenes y, después, a las colecciones femeninas. La maternidad, tantas veces utilizada para apartar a las mujeres de la vida profesional, se convirtió en su caso en el origen de un imperio creativo.
Lanvin creó departamentos de pieles, lencería, novias, ropa deportiva, decoración, perfumes y moda masculina. Fue pionera en la moda infantil y en 1926 abrió una línea masculina a medida. En su momento de mayor expansión, la empresa llegó a emplear a cerca de 1.200 personas y mantuvo tiendas y sucursales internacionales.
Su silueta más reconocible fue la robe de style, un vestido de talle bajo y falda amplia que evocaba los miriñaques del siglo XVIII. Mientras otras diseñadoras abrazaban la línea recta de las flappers, Lanvin ofrecía una feminidad romántica que no dependía de tener un cuerpo adolescente: la amplitud de la falda permitía que mujeres de diferentes edades y constituciones pudieran llevarla.
Aquellos vestidos combinaban una estructura clara con bordados, cintas, cristales, perlas y aplicaciones geométricas. Lanvin podía inspirarse en China, Japón, los trajes regionales españoles, el arte religioso o las pinturas impresionistas sin perder una identidad reconocible. Era coleccionista, frecuentaba a artistas del grupo de los Nabis y compartió con Édouard Vuillard una profunda obsesión por el color.
Su pasión cromática la llevó a abrir su propia fábrica de tintes en 1923. De allí salió el azul Lanvin, un tono intenso asociado desde entonces con la casa. Cuatro años después lanzó Arpège como regalo de cumpleaños para Marguerite, ya convertida en la condesa Marie-Blanche de Polignac. El frasco incorporaba la imagen de madre e hija creada por el ilustrador Paul Iribe, que acabaría convirtiéndose en el símbolo de la firma.
Jeanne Lanvin fue tan importante como empresaria como diseñadora. Supervisaba cada departamento, viajaba, guardaba muestras de tejidos y referencias culturales y trabajaba directamente con las responsables de sus talleres. Era autodidacta y no solía dibujar: comunicaba sus ideas mediante la materia, el color y una estrecha colaboración con las costureras.
¿Por qué, entonces, sabemos tan poco sobre ella? En parte porque la supervivencia de su apellido ha ocultado a la persona. Lanvin se convirtió en una institución que continuó después de su muerte en 1946, y los sucesivos directores creativos fueron añadiendo nuevas capas al relato. El nombre permaneció visible, pero la voz de Jeanne quedó enterrada bajo la historia de la marca.
Quien mejor comprendió esa voz fue Alber Elbaz, director creativo de la casa entre 2001 y 2015. Elbaz decía haber encontrado un hogar en Lanvin y señalaba que su emblema representaba a una madre y una hija, no un coche ni un caballo. Para él, esa imagen condensaba una casa humana, construida alrededor de las mujeres y de sus emociones.
En 2015, Elbaz colaboró con Olivier Saillard en la primera gran exposición parisina dedicada a Jeanne Lanvin. El diseñador describió el montaje como una exposición que susurraba en lugar de gritar, una definición que podría aplicarse a la propia fundadora. Hamish Bowles destacó entonces la calidad dramática y el extraordinario detalle de sus prendas.
Jeanne Lanvin no construyó su empresa alrededor de una imagen provocadora o de una vida social escandalosa, la construyó trabajando. Quizá por eso ha resultado más sencillo recordar la casa que a la mujer. Pero detrás de uno de los nombres más antiguos de la moda francesa había una madre soltera, autodidacta y empresaria que convirtió un pequeño taller de sombreros en una idea completa de estilo de vida.
CINCO IDEAS DE JEANNE LANVIN QUE SIGUEN VIVAS
- La moda infantil de autor: Consideró que la ropa para niñas merecía el mismo diseño y calidad que la destinada a sus madres.
- El armario completo: Anticipó la casa de lujo que ofrece moda, perfumes, decoración, accesorios y estilo de vida.
- El color de marca: El azul Lanvin funcionó como una identidad visual reconocible décadas antes del branding moderno.
- La feminidad inclusiva: Su robe de style favorecía a mujeres de diferentes edades y siluetas.
- La empresa fundada por una mujer: Dirigió una organización internacional sin renunciar a la autoría creativa.

