Royals

La discreta vida de la duquesa de Kent, la Windsor más singular

Cambió los salones de palacio por las aulas y encontró en la música, la fe y la discreción su propia forma de ser Windsor

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

No necesitó abandonar el palacio de manera teatral ni conceder entrevistas incendiarias. Katharine, duquesa de Kent, se apartó del centro de la vida real británica como había hecho casi todo: con delicadeza, sin ruido y sin exigir que el mundo contemplara su decisión.

Durante más de una década, aquella mujer que había entregado trofeos en Wimbledon y aparecido en el balcón del Palacio de Buckingham dio clases de música en un colegio público de Hull, al nordeste de Inglaterra. Para sus alumnos era simplemente la señora Kent. Muchos padres ignoraban que la profesora que ensayaba canciones con sus hijos estaba casada con un primo de Isabel II y había ocupado durante años un lugar propio dentro de la familia Windsor.

Su testamento, conocido tras su muerte y valorado en algo más de 1,4 millones de libras (alrededor de 1,7 millones de euros), ha devuelto su nombre a la actualidad. La mayor parte de la herencia se destina a su marido, el duque de Kent, y a sus tres hijos. También reservó 10.000 libras para Future Talent, la organización que había cofundado para ayudar a jóvenes músicos con pocos recursos. Incluso en sus últimas voluntades aparece la misma jerarquía afectiva que marcó su vida: la familia, los ahijados y la música.

Que el documento haya podido conocerse resulta excepcional dentro de la familia real, cuyos testamentos suelen mantenerse sellados. En el Reino Unido, la regla general establece que un testamento se convierte en documento público cuando se concede la validación sucesoria, aunque desde comienzos del siglo XX numerosos testamentos reales han recibido un tratamiento especial para proteger la intimidad de la Corona. Pero la cantidad que dejó Katharine dice mucho menos sobre ella que la manera en que eligió vivir.

Una aristócrata profundamente inglesa

Katharine Lucy Mary Worsley nació el 22 de febrero de 1933 y creció en Hovingham Hall, la casa familiar de los Worsley, cerca de York. Era la única hija de sir William Worsley, baronet, jugador y dirigente de críquet, y conservó durante toda su vida un fuerte vínculo con Yorkshire. Antes de entrar en la familia real ya había trabajado en un hogar infantil y en una escuela de preescolar.

La música había aparecido muy pronto. Aprendió a tocar el piano, el órgano y el violín, instrumentos que la acompañarían mucho más allá de los conciertos benéficos y las ceremonias oficiales. En una familia real acostumbrada a convertir las aficiones en patronazgos, ella acabó haciendo algo menos previsible: transformar su vocación musical en un trabajo cotidiano.

Conoció al príncipe Eduardo, duque de Kent, en los años cincuenta, cuando él se encontraba destinado como militar cerca de Richmond. Se casaron el 8 de junio de 1961 en la catedral de York. Tuvieron tres hijos —George, conde de St Andrews; lady Helen; y lord Nicholas Windsor— y permanecieron casados durante 64 años, hasta la muerte de la duquesa, el 4 de septiembre de 2025, a los 92 años.

Durante décadas, Katharine desempeñó el papel que se esperaba de ella. Acompañó a su marido, presidió organizaciones, viajó con UNICEF y Voluntary Service Overseas y trabajó con instituciones dedicadas a la infancia, la música y la atención a enfermos de cáncer. Sin embargo, bajo la corrección institucional parecía existir siempre otra mujer: más emocional, menos rígida y poco interesada en ser observada.

El abrazo que rompió el protocolo

Su gesto más recordado ocurrió el 3 de julio de 1993, en la pista central de Wimbledon. La tenista checa Jana Novotna acababa de perder la final frente a Steffi Graf. Durante la entrega de premios, incapaz de contener las lágrimas, apoyó la cabeza sobre el hombro de la duquesa. Katharine la rodeó con los brazos y la consoló ante las cámaras. Era una reacción natural, pero en aquel escenario resultaba extraordinaria… una royal abrazando a una deportista derrotada en lugar de limitarse a entregarle el trofeo y pronunciar unas palabras formales.

La escena condensaba su manera de estar en público. Katharine no parecía incómoda ante las emociones ajenas ni necesitaba mantener esa distancia que durante tanto tiempo se confundió con la dignidad real. Allí donde otros protegían el protocolo, ella protegía a la persona. Años después, cuando Novotna finalmente ganó Wimbledon en 1998, la duquesa volvió a entregarle el trofeo. Pero el instante que quedó en la memoria colectiva no fue el de la victoria, sino aquel abrazo durante la derrota.

De duquesa a señora Kent

A mediados de los años noventa comenzó a reducir su actividad institucional. En 2002 dejó formalmente de ejercer como miembro activo de la familia real para concentrarse en su vida privada y en sus proyectos relacionados con la música. Prefería ser conocida como Katharine Kent y, en las aulas, como Mrs Kent.

Su destino fue una escuela primaria de Hull, una ciudad portuaria alejada de los grandes escenarios londinenses. Allí enseñó música durante más de diez años. Según explicó posteriormente, únicamente la dirección del colegio conocía su identidad; ni los alumnos ni sus familias parecieron reparar en que su profesora pertenecía a la familia real.

 

No se trataba de una visita benéfica cuidadosamente fotografiada. Tenía clases, alumnos y responsabilidades. El anonimato no era una estrategia de comunicación, sino la condición que le permitía realizar el trabajo con normalidad. En aquellas aulas descubrió también hasta qué punto el talento de un niño podía depender del dinero de su familia. Había jóvenes con aptitudes musicales que no podían pagar un instrumento, lecciones particulares o los gastos necesarios para continuar su formación. De esa experiencia nació en 2004 Future Talent, creada junto con Nicholas Robinson para ofrecer apoyo económico, formación, mentorías y oportunidades profesionales a músicos procedentes de hogares con bajos ingresos.

La institución celebró en 2024 sus veinte años de actividad y, tras la muerte de la duquesa, la recordó como una mujer que había pasado “de profesora en un aula a defensora de jóvenes músicos desfavorecidos”.

Otra de sus decisiones más personales llegó en 1994, cuando fue recibida en la Iglesia católica. Fue una conversión excepcional dentro de la realeza británica y una elección especialmente significativa para alguien cuya familia política se encuentra históricamente vinculada a la Iglesia de Inglaterra.

Su hijo menor, lord Nicholas Windsor, también se convertiría posteriormente al catolicismo. En Katharine, sin embargo, la fe no pareció responder a una voluntad de desafiar a la institución. Como su retirada o su trabajo como maestra, fue una determinación íntima, tomada con firmeza y sin estridencias.

Esa independencia tranquila fue quizá su rasgo más singular. Nunca necesitó presentarse como una rebelde. Simplemente fue tomando decisiones que no siempre coincidían con lo esperado: mostrar afecto en público, hablar de sus momentos difíciles, cambiar de confesión religiosa, reducir sus obligaciones reales y entrar cada mañana en un colegio donde su título no tenía ninguna utilidad.

La herencia más importante de Katharine de Kent

Tras su muerte en su residencia de Kensington Palace, la Casa Real destacó su dedicación a las organizaciones benéficas, su pasión por la música y su empatía con los jóvenes. Su patrimonio económico fue relativamente modesto cuando se compara con las fortunas habitualmente asociadas a los Windsor. En su reparto no aparecen grandes sorpresas: su marido, sus hijos, sus nueve ahijados, uno de sus nietos y la organización musical que resumía buena parte de su vocación.

El verdadero legado de la duquesa, sin embargo, resulta difícil de valorar en libras. Está en los alumnos que la conocieron como señora Kent. En los jóvenes que pudieron comprar un instrumento o seguir estudiando gracias a Future Talent. En una tenista que encontró un hombro cuando acababa de perder. Y en la historia de una mujer que, después de conocer desde dentro los privilegios de la realeza, descubrió que su lugar más auténtico quizá no estaba bajo los focos, sino frente al piano de una escuela.

Su singularidad consistió en demostrar que se podía formar parte de la institución sin entregar por completo la propia identidad. Fue duquesa, alteza real y figura habitual de Wimbledon, pero probablemente el título que mejor explica quién era sea el más sencillo de todos… señora Kent.

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