Nacida como Germaine Émilie Krebs en 1903, quiso dedicarse a la escultura, pero acabó trasladando aquella vocación a la moda. En los años treinta trabajó bajo el nombre de Alix y, en 1942, fundó la maison Grès en la rue de la Paix. Su firma quedó asociada a los vestidos de inspiración helénica, aunque su trayectoria, desarrollada durante cerca de seis décadas, incluyó también sastrería, abrigos, prendas de día y una investigación constante sobre la asimetría y el volumen.
Trabajaba directamente sobre la modelo. En lugar de comenzar con un dibujo completamente definido, colocaba el tejido y lo manipulaba hasta encontrar la forma. Sus célebres vestidos de jersey de seda se construían sobre una base interior y cada pliegue era colocado y sujetado a mano. La estructura podía ser extraordinariamente compleja, pero desde el exterior solo se percibían continuidad, ligereza y calma.
Esa calma era engañosa. Grès utilizaba aberturas en la cintura, el abdomen y la espalda, tensaba el tejido sobre las caderas y alternaba zonas densamente plisadas con superficies casi transparentes. Sus vestidos evocaban estatuas clásicas, pero también ofrecían una sensualidad muy moderna: el cuerpo aparecía cubierto y expuesto al mismo tiempo.
Entre sus clientas estuvieron Greta Garbo, Marlene Dietrich, Grace Kelly y la duquesa de Windsor. Sin embargo, la celebridad nunca pareció interesarle tanto como el trabajo silencioso del atelier. Su turbante, su rostro severo y su carácter reservado construyeron la imagen de una creadora casi monástica, concentrada en perfeccionar una técnica que muy pocas personas podían reproducir.
La moda suele premiar la novedad visible. Grès hizo justamente lo contrario: volvió durante décadas sobre las mismas preguntas —cómo cae un paño, dónde comienza un pliegue, qué parte del cuerpo debe quedar libre— y refinó sus respuestas. Esa constancia provocó que en determinados momentos fuera considerada anticuada, pero también explica por qué sus mejores vestidos parecen inmunes al paso del tiempo.
El historiador y comisario Olivier Saillard lo ha resumido de manera contundente: Madame Grès «nunca hizo moda; dirigió la moda». Para Saillard fue más escultora que diseñadora, porque su principal preocupación no eran las tendencias, sino el diálogo entre el cuerpo y la materia.
Su admirador más entregado fue Azzedine Alaïa, quien reunió durante décadas centenares de piezas de Grès. La Fondation Azzedine Alaïa conserva una de las colecciones más importantes de su obra y ha permitido que vestidos guardados durante años volvieran a estudiarse y exponerse. Alaïa compartía con ella el culto al cuerpo, el dominio técnico y una forma de trabajar alejada del calendario frenético de la industria.
Grès influyó también en Cristóbal Balenciaga, Issey Miyake, Isabel Toledo y Ralph Rucci. En colecciones más recientes, Vogue ha encontrado ecos de su trabajo en los pliegues arquitectónicos de Richard Malone, en las formas de Olivier Rousteing y en la tensión del tejido sobre el cuerpo utilizada por Demna en Balenciaga.
La dificultad para mantener viva su memoria reside precisamente en la naturaleza de su talento. No dejó un estampado fácil de reproducir ni un bolso reconocible. Dejó un conocimiento técnico. Y los conocimientos, cuando no existe una casa poderosa que los explique y comercialice, pueden desaparecer detrás de la belleza del resultado.
Volver a mirar a Madame Grès es recordar que el minimalismo no significa sencillez y que una prenda aparentemente elemental puede contener cientos de horas de trabajo. Sus vestidos no siguen el cuerpo ni luchan contra él, lo convierten en arquitectura.

