Primeras damas

Martha Washington, la mujer que inventó el papel de primera dama

Antes de que existieran el título y la propia Casa Blanca, Martha Washington tuvo que decidir cómo debía comportarse la esposa del primer presidente de Estados Unidos

Martha Washington.
Martha Washington.
Montaje: kiloycuarto

Martha Washington fue la primera primera dama de Estados Unidos, pero nunca vivió en la Casa Blanca. Tampoco la llamaron oficialmente primera dama mientras ocupó el puesto. Cuando George Washington asumió la presidencia en 1789, el edificio de la avenida Pensilvania ni siquiera estaba terminado y nadie sabía exactamente qué debía hacer la esposa de un presidente porque, sencillamente, nunca había existido una. No había protocolo, precedentes ni manual de instrucciones. Todo estaba por inventar. Y Martha tuvo que hacerlo.

Cuando llegó a Nueva York, entonces capital del nuevo país, tenía 57 años y una biografía considerablemente más larga que el cargo que acababa de estrenar. Había enterrado a un marido, perdido a varios hijos, administrado una enorme propiedad, acompañado a George Washington durante algunos de los peores inviernos de la Guerra de Independencia y aprendido a moverse en una sociedad en la que una mujer podía tener una enorme influencia siempre que esa influencia no pareciera poder. Su historia explica en buena medida la contradicción que acompañaría a muchas de sus sucesoras: estar en el centro del poder sin disponer formalmente de él.

Mucho antes de George Washington

Martha Dandridge nació en Virginia en 1731, dentro del mundo de la élite terrateniente colonial. A los 18 años se casó con Daniel Parke Custis, uno de los propietarios más ricos de Virginia. Tuvieron cuatro hijos, aunque dos murieron siendo pequeños. Cuando Custis falleció en 1757, Martha tenía solo 26 años, dos niños a su cargo y algo excepcional para una mujer de la época: una enorme responsabilidad económica.

Durante su viudedad administró los intereses del patrimonio Custis, se ocupó de sus negocios y trató directamente con comerciantes. La propiedad dependía, como tantas grandes fortunas de Virginia, del trabajo de cientos de personas esclavizadas. Aquella riqueza permitió a Martha desenvolverse con una independencia poco común, aunque dentro de un sistema social cuya violencia formaba parte de su vida cotidiana.

En 1759 se casó con George Washington. El matrimonio no tuvo hijos en común, pero Washington participó en la crianza de los dos hijos supervivientes de Martha. Durante años llevaron la vida propia de los grandes propietarios de Virginia en Mount Vernon. Ella supervisaba el funcionamiento doméstico de la plantación y una parte considerable de la actividad que sostenían trabajadores esclavizados. Podría haber sido esa toda su historia… pero llegó la revolución.

La mujer que aparecía en los campamentos

Cuando George Washington fue nombrado comandante del Ejército Continental en 1775, Martha se convirtió también en una figura pública. Y tomó una decisión poco habitual. Fue a buscarlo. Durante la Guerra de Independencia recorrió largas distancias para reunirse con su marido en los campamentos militares de invierno. Estuvo en Cambridge, Morristown, Filadelfia y Valley Forge, entre otros lugares. Mount Vernon calcula que pasó aproximadamente la mitad de los años de la guerra cerca del frente.

No dirigía ejércitos ni participaba en los consejos militares, pero su presencia tenía una función política y emocional. Organizaba encuentros, recibía visitantes, ayudaba a mantener cierta normalidad alrededor del comandante y contribuía a esa combinación de vida privada y representación pública que terminaría siendo inseparable de la presidencia estadounidense. Cuando terminó la guerra, los Washington soñaron con retirarse definitivamente a Mount Vernon. Y la historia volvió a tener otros planes.

Lady Washington

En 1789, George Washington fue elegido primer presidente de Estados Unidos. Martha recibió la noticia sin demasiado entusiasmo. La exposición pública significaba perder intimidad y someter cada gesto al escrutinio de una sociedad que todavía estaba decidiendo qué aspecto debía tener una república. Ese era precisamente el problema.

Estados Unidos acababa de librarse de una monarquía y no quería una corte. Pero necesitaba ceremonias, recepciones, cenas diplomáticas y una forma de representar la autoridad presidencial. Había que encontrar un punto intermedio entre la majestuosidad europea y la austeridad republicana.

Martha terminó siendo esencial para conseguirlo. Organizó recepciones los viernes por la tarde en las residencias presidenciales de Nueva York y después en Filadelfia. Eran encuentros en los que políticos, diplomáticos, hombres y mujeres podían relacionarse en un ambiente menos rígido que los actos presididos directamente por Washington. Algunos contemporáneos la llamaban Lady Washington; otros llegaron a referirse a ella como Lady Presidentess.

El término first lady todavía no formaba parte del vocabulario institucional. De hecho, la denominación tardaría décadas en generalizarse. Pero el papel ya estaba tomando forma. Martha había establecido una de sus primeras reglas: la mujer del presidente podía utilizar la vida social como una prolongación de la presidencia. Otras mujeres llevarían esa idea mucho más lejos.

La contradicción de Mount Vernon

Existe, sin embargo, otra Martha Washington que durante mucho tiempo quedó fuera del retrato amable de la “madre de la nación”. Su vida y su fortuna estuvieron profundamente vinculadas a la esclavitud.

Cuando se casó con George Washington, llevó a Mount Vernon a decenas de personas esclavizadas pertenecientes al patrimonio Custis. Allí dirigió un hogar cuyo funcionamiento dependía de su trabajo. Cuando Ona Judge, una joven esclavizada que trabajaba para Martha, logró escapar, los Washington intentaron recuperarla.

George Washington dispuso en su testamento que las personas esclavizadas de las que era propietario fueran liberadas después de la muerte de Martha. Ella adelantó aquella emancipación a enero de 1801, pero los llamados dower slaves, vinculados legalmente al patrimonio Custis, continuaron esclavizados y pasarían después a sus herederos. Las fuentes conservadas tampoco indican que Martha llegara a cuestionar el sistema esclavista de la forma en que terminó haciéndolo, al menos privadamente, su marido. Es una contradicción imposible de separar de su legado.

La mujer que ayudó a representar públicamente la libertad de la nueva república estadounidense vivía gracias a un sistema que se la negaba a otros.

La primera de todas

George Washington murió en diciembre de 1799. Martha le sobrevivió poco más de dos años. Falleció en Mount Vernon el 22 de mayo de 1802. Había quemado buena parte de la correspondencia privada intercambiada con su marido, de modo que resulta difícil reconstruir completamente qué pensaba de los años en los que ambos se convirtieron en símbolos nacionales. Apenas sobrevivieron unas pocas cartas entre ellos. Pero dejó algo más duradero que sus papeles. Dejó un papel institucional.

Las primeras damas posteriores tendrían causas públicas, equipos propios, asesores, oficinas, estrategias de comunicación y una capacidad de influencia que Martha Washington probablemente no habría podido imaginar. Eleanor Roosevelt viajaría por el país y escribiría columnas. Jacqueline Kennedy utilizaría la cultura para transformar la imagen de la presidencia. Hillary Clinton intentaría intervenir directamente en política pública.

Martha hizo algo más elemental porque llegó antes que todas ellas. Tuvo que decidir cómo entrar en una habitación. Cómo recibir a un diplomático. Cómo organizar una cena. Qué distancia mantener con los ciudadanos. Cuánta solemnidad necesitaba una presidencia republicana. Qué podía hacer públicamente la mujer del presidente sin parecer una reina.

No fue una revolucionaria en el sentido moderno y su historia está atravesada por las desigualdades de la sociedad esclavista a la que perteneció. Pero durante ocho años ocupó un espacio que hasta entonces no existía. Y cuando salió de él, ya había creado un precedente. La primera dama todavía no tenía nombre. Martha Washington ya le había dado forma.

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