Llegó a la Casa Blanca con una carrera propia y la intención de participar en el Gobierno. Cuando Hillary Rodham Clinton aterrizó en la Casa Blanca en enero de 1993, el problema no era qué vestido llevaba, quién diseñaría la vajilla presidencial ni qué causa benéfica escogería para llenar su agenda. El problema, para una parte de Estados Unidos, era mucho más sencillo: ¿qué hacía aquella mujer tan cerca del poder?
Hillary no parecía dispuesta a representar el papel clásico de primera dama. No había pasado su vida preparando la llegada de su marido a Washington. Era abogada, había estudiado en Wellesley y Yale, había trabajado en defensa de los derechos de los niños, había sido profesora de Derecho y socia de uno de los bufetes más importantes de Arkansas. Cuando Bill Clinton se convirtió en presidente, ella tenía ya una biografía profesional que no cabía cómodamente en el ala Este de la Casa Blanca. Y tampoco quiso dejarla allí. Tuvo incluso un despacho en el ala Oeste, el espacio donde se concentra el poder político presidencial. Aquello parece menos extraordinario treinta años después. Entonces no lo era.
Durante la campaña de 1992, Bill Clinton había presentado su matrimonio casi como una sociedad política. Llegó a bromear con que elegirle a él significaba obtener “dos por el precio de uno”. La frase encerraba una promesa pero también un problema. Estados Unidos estaba acostumbrado a primeras damas influyentes, desde Eleanor Roosevelt hasta Nancy Reagan, pero la influencia debía ejercer cierta discreción. Podían aconsejar, persuadir, sugerir. Hillary hacía algo distinto: opinaba en público, discutía políticas y tenía una profesión independiente de la de su marido. Y lo descubrió pronto.

En marzo de 1992, mientras respondía a preguntas sobre posibles conflictos entre su trabajo como abogada y la carrera política de Bill Clinton, explicó que podía haberse quedado en casa “haciendo galletas y sirviendo té”, pero había optado por ejercer su profesión. La frase se convirtió inmediatamente en una tormenta cultural. Muchas mujeres que habían decidido dedicarse al hogar la interpretaron como un desprecio y los adversarios republicanos encontraron en ella la caricatura perfecta: Hillary como feminista elitista, ambiciosa y condescendiente. Ella insistió después en que se refería al papel ceremonial tradicionalmente reservado a las esposas de los gobernadores. Poco importó. La polémica había encontrado personaje.
Una primera dama dentro del Gobierno
La llegada a Washington confirmó los temores de sus críticos. En 1993, Bill Clinton encargó a su mujer presidir el grupo de trabajo encargado de diseñar una reforma integral del sistema sanitario estadounidense. No era una campaña de concienciación. No era alfabetización, nutrición infantil ni restauración del patrimonio de la Casa Blanca. Era una de las grandes promesas políticas de la nueva Administración y afectaba a una de las industrias más poderosas del país.
Hillary pasó a reunirse con legisladores, médicos, expertos y responsables de la Administración. El objetivo era ampliar la cobertura sanitaria y contener unos costes que dejaban a millones de estadounidenses expuestos a perder su seguridad económica si enfermaban. Nunca una primera dama moderna se había colocado de una forma tan explícita en el centro de una operación legislativa de semejante magnitud. Y fracasó. La propuesta resultó extraordinariamente compleja, encontró una oposición formidable y nunca llegó a ser aprobada por el Congreso. Para 1994 estaba políticamente muerta. Aquel fracaso fue algo más que una derrota legislativa para los Clinton. También se convirtió en un referéndum sobre Hillary y sobre la pregunta que había acompañado su entrada en la Casa Blanca: ¿qué autoridad tenía una esposa presidencial, no elegida por los ciudadanos, para intervenir de aquella manera en el Gobierno?
El golpe fue profundo. George Stephanopoulos, uno de los principales asesores de Bill Clinton, recordaría que después del hundimiento de la reforma sanitaria Hillary empezó a apartarse de los procesos formales de toma de decisiones y a reducir su exposición política. Había aprendido una de las reglas menos escritas de Washington: una primera dama podía tener poder, pero el país prefería no verlo demasiado.

Del ala Oeste al mundo
Hillary cambió de escenario. Durante los años siguientes concentró buena parte de su actividad en niños, familias y derechos de las mujeres. Publicó It Takes a Village, impulsó iniciativas relacionadas con adopción, acogimiento y cobertura sanitaria infantil y viajó a más de 80 países durante los ocho años de presidencia de Bill Clinton.
Y entonces llegó Pekín. El 5 de septiembre de 1995, ante la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de Naciones Unidas, Hillary pronunció el discurso que acabaría sobreviviendo a casi todo lo demás que hizo como primera dama. “Los derechos de las mujeres son derechos humanos”. La formulación no había nacido aquel día, pero aquella intervención la convirtió en una consigna global. Ante representantes de 189 países, Clinton habló de violencia doméstica, mutilación genital, explotación sexual, abortos y esterilizaciones forzadas y discriminación contra las niñas. El discurso se produjo además en China, cuyo Gobierno censuró su emisión dentro del país.
Era una versión distinta de Hillary. La mujer que había provocado rechazo intentando rediseñar el sistema sanitario estadounidense encontraba en política exterior un espacio donde su ambición resultaba más fácilmente interpretable como liderazgo. Ya no parecía la esposa que se inmiscuía en las funciones del presidente, sino una representante de Estados Unidos con una agenda propia. Pero la tranquilidad duró poco…

La primera dama ante un gran jurado
La presidencia de los Clinton estuvo acompañada por investigaciones prácticamente desde su comienzo. Whitewater, una antigua inversión inmobiliaria de Bill y Hillary en Arkansas, terminó convirtiéndose en una compleja investigación política y judicial sobre diferentes actividades de la pareja y de personas de su entorno.
En enero de 1996 ocurrió algo sin precedentes. Hillary Clinton fue citada para declarar ante un gran jurado federal por la aparición de unos documentos relacionados con su antiguo trabajo en el bufete Rose que los investigadores llevaban tiempo reclamando. Fue la primera primera dama estadounidense obligada a comparecer de esa manera ante un gran jurado. Declaró durante aproximadamente cuatro horas.
Hillary había querido ampliar las fronteras del cargo y descubría también la consecuencia menos agradable de hacerlo. Si aspiraba a ser tratada como un actor político, también sería investigada, atacada y examinada como un actor político. Pero ninguna investigación iba a someterla a un escrutinio comparable al que llegó dos años después.
El caso Monica Lewinsky
En enero de 1998, cuando comenzaron a conocerse las acusaciones sobre una relación entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, una joven becaria de la Casa Blanca, Hillary salió inicialmente en defensa de su marido. En una entrevista televisiva habló de una gran ofensiva política de la derecha contra el presidente y aseguró que confiaba en las explicaciones que había recibido. Meses después, Bill Clinton reconoció que había mantenido con Lewinsky una relación que calificó de inapropiada.
Hillary había defendido públicamente a un marido que no le había contado toda la verdad. La mujer que durante años había luchado para ser considerada algo más que una mujer presidencial quedó atrapada en el más antiguo de los papeles asignados a las primeras damas: el de la mujer obligada a responder por el comportamiento de su marido. Podía marcharse. Podía romper el matrimonio. Podía desaparecer de la escena pública. No hizo ninguna de las tres cosas. Permaneció junto a Bill Clinton durante el proceso político que acabaría con su impeachment en la Cámara de Representantes y posterior absolución en el Senado. La decisión fue interpretada de todas las maneras posibles. Para unos demostró lealtad personal. Para otros fue puro cálculo político. Para otros, ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Esa ambigüedad explique buena parte del fenómeno Hillary Clinton. Durante décadas, el público estadounidense intentó averiguar dónde terminaba el matrimonio y dónde comenzaba la alianza política. Y probablemente nunca hubo una frontera limpia.
La puerta de salida estaba en el Senado
Lo realmente insólito ocurrió después. En lugar de abandonar Washington cuando terminara la presidencia de su marido, Hillary decidió presentarse al Senado por Nueva York. El 7 de noviembre de 2000 ganó. Se convirtió en la primera primera dama de Estados Unidos elegida para el Senado y en la primera mujer que representaba al estado de Nueva York en esa cámara. Durante unas semanas se produjo una imagen extraña en la historia política estadounidense: mientras Bill Clinton continuaba siendo presidente, su esposa era ya senadora electa. El apellido seguía siendo el mismo, pero el poder empezaba a cambiar de dirección. Hillary había encontrado la solución definitiva al problema que la había perseguido desde 1993. Ya no necesitaba justificar por qué estaba en la habitación. Los votantes la habían colocado allí.
Después llegarían dos mandatos como senadora, las primarias presidenciales de 2008, cuatro años como secretaria de Estado durante la presidencia de Barack Obama y una segunda campaña por la Casa Blanca. En 2016 se convirtió en la primera mujer candidata a la presidencia de uno de los dos grandes partidos estadounidenses. Ganó el voto popular, pero perdió el Colegio Electoral frente a Donald Trump.

La primera dama que rompió la frontera
Hillary Clinton nunca tuvo la facilidad icónica de Jackie Kennedy, la popularidad transversal de Barbara Bush ni el talento comunicativo de Michelle Obama. Fue una figura más incómoda. Quizá porque su historia planteaba una pregunta que Estados Unidos todavía no sabía responder cuando apareció en escena. ¿Qué ocurre cuando la mujer del presidente también quiere poder? No influencia. No proximidad. No capacidad para susurrar al oído del hombre que gobierna. Poder propio.
Su etapa como primera dama estuvo llena de errores, derrotas y controversias. La reforma sanitaria demostró los límites de una autoridad política que no procedía directamente de las urnas. Whitewater alimentó durante años la sospecha que siempre acompañaría a los Clinton. Y el caso Lewinsky la expuso a una humillación pública gigantesca precisamente cuando llevaba años intentando que nadie la redujera a la condición de esposa.
Pero también transformó el cargo. Antes que ella hubo primeras damas extraordinariamente poderosas. Eleanor Roosevelt había convertido el puesto en una plataforma de activismo político y Rosalynn Carter había participado en reuniones de Gobierno y defendido reformas concretas. Hillary llevó esa evolución un paso más lejos: hizo tan visible su ambición política que terminó desbordando completamente la institución de primera dama.
No abandonó su profesión para entrar en la Casa Blanca. Intentó gobernar desde ella, sufrió las consecuencias, reajustó su papel y acabó construyendo una carrera electoral independiente. Tal vez por eso su legado como primera dama resulte difícil de separar de todo lo que ocurrió después. Hillary Clinton entró en la Casa Blanca como la mujer de un presidente y salió de ella preparada para pedir el voto en su propio nombre.

