Primeras damas

Ni joya ni florero, Rosalynn Carter en la Casa Blanca

No quiso ser una primera dama de escaparate. Sin estridencias, convirtió la discreción en una forma de influencia y llevó a la Casa Blanca una causa entonces incómoda, la salud mental

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

Era la noche del baile inaugural de 1977 y se celebraba la toma de posesión de Jimmy Carter como gobernador de Georgia. Su mujer, Rosalynn Carter, apareció con un vestido azul de gasa ribeteado en oro que ya había usado seis años antes y la prensa no lo perdonó del todo porque vio austeridad y una oportunidad perdida para exhibir la industria de la moda estadounidense. Pero el tiempo, siempre tan dado a corregir los juicios de urgencia, terminó dejando claro que la nueva primera dama no venía a interpretar el papel de adorno nacional, sino a redefinirlo desde una gramática más incómoda.

Eleanor Rosalynn Smith había nacido en Plains, Georgia, en 1927, ese tipo de lugar donde los destinos parecen escribirse en voz baja. Se casó con Jimmy Carter en 1946 y, cuando él llegó a la Casa Blanca en enero de 1977, ella ya no era únicamente “la esposa de”. Había sido compañera de campaña, estratega, interlocutora y, sobre todo, una mujer con una idea propia del poder. Su mandato como primera dama, de 1977 a 1981, no puede entenderse como una prolongación decorativa de la presidencia de Carter, sino como una oficina paralela de influencia moral y política.

Asistía a reuniones del Gabinete por invitación del presidente, tomaba notas, se informaba, escuchaba. También participó en algunos briefings de seguridad nacional y viajó como enviada presidencial a América Latina en 1977, una misión que provocó comentarios previsibles: ¿qué hacía una primera dama en asuntos de Estado? La pregunta, formulada con aparente inocencia, escondía otra más antigua: ¿hasta dónde se permite llegar a una mujer que no ha sido elegida, pero que sabe demasiado?

Su gran causa fue la salud mental, y ahí conviene detenerse, porque en Rosalynn Carter la compasión nunca tuvo la blandura de la beneficencia. No hablaba de los enfermos mentales como quien visita una institución con flores y fotógrafos. Hablaba de legislación, de presupuesto, de acceso, de derechos, de estigma. Ya en Georgia se había implicado en la comisión estatal sobre servicios para personas con enfermedades mentales; en 1977 fue nombrada presidenta honoraria de la Comisión Presidencial de Salud Mental, desde donde impulsó audiencias, comparecencias y un informe que desembocaría en la Ley de Sistemas de Salud Mental de 1980.

Demostró que la salud mental no era un secreto vergonzoso de familia, sino una cuestión pública. Hoy, cuando políticos, celebrities y empresas hablan con soltura de ansiedad, depresión, trauma y cuidados, resulta fácil olvidar que durante décadas esas palabras se pronunciaban en voz baja, como si pudieran manchar la mantelería.

También fue una primera dama incómoda porque no encajaba del todo en ninguno de los moldes disponibles. No era la consorte silenciosa, aunque sabía usar el silencio. No era la intelectual mundana, aunque entendía mejor que muchos la maquinaria del poder. No era una figura de moda, aunque su vestido repetido dijo más sobre el país que muchos trajes nuevos. Tampoco fue una rebelde aparatosa. Su revolución consistió en persistir.

La Casa Blanca de los Carter nunca tuvo el aire imperial de otras administraciones. Había en ellos una austeridad casi rural, una forma de moral bautista trasladada a los salones de Washington. A veces resultaba entrañable; otras, políticamente ingenua. Pero Rosalynn no fue ingenua. Sabía que la imagen importa, solo que eligió una imagen contraria al brillo. Frente a la primera dama como joya nacional, propuso la primera dama como trabajadora del sistema. Frente al encanto, la agenda. Frente al gesto, el expediente.

Después de abandonar la Casa Blanca, no se retiró a la categoría amable de “ex”. En 1982 cofundó junto a Jimmy Carter el Carter Center, desde donde continuó su labor en salud mental, derechos humanos, resolución de conflictos y cuidados. Su nombre quedó asociado también a los cuidadores familiares, otra de esas multitudes invisibles —casi siempre mujeres— que sostienen la vida ajena sin que el mundo les conceda épica. El actual programa de salud mental y cuidadores del Carter Center se presenta precisamente como heredero de esa visión: luchar contra el estigma, reunir a expertos y responsables públicos, y convertir la compasión en estructura.

Quizá por eso Rosalynn Carter envejeció tan bien como personaje histórico. No porque fuera perfecta ni porque su paso por Washington careciera de controversia, sino porque su intuición central resultó profética. Entendió que la influencia de una primera dama podía ser algo más que una agenda de recepciones, visitas escolares y discursos benéficos. Podía convertirse en una plataforma política sin necesidad de ocupar un cargo electo; podía hablar por quienes no estaban en las habitaciones donde se decidían las cosas.

Falleció el 19 de noviembre de 2023, a los 96 años, en Plains, el mismo paisaje moral del que había salido. Jimmy Carter la definió entonces como su “socia igual” en todo lo que había logrado, una frase que sonaba menos a homenaje conyugal que a confesión tardía de método: la presidencia Carter tuvo dos inteligencias trabajando en paralelo.

Rosalynn Carter fue una mujer de pasillos, esos lugares donde no se posa para la fotografía oficial, pero donde se decide quién entra, quién espera y quién queda fuera. En la historia de las primeras damas estadounidenses, su lugar se mide por haber tomado un papel tradicionalmente ornamental y haberlo llenado de trabajo, de propósito y de una severa, casi obstinada, idea de dignidad.

TAGS DE ESTA NOTICIA