La salida de Keir Starmer del número 10 de Downing Street marca un nuevo capítulo en una década de extraordinaria volatilidad política en Reino Unido. El primer ministro laborista ha anunciado este lunes que abandonará el liderazgo de su partido y dejará el cargo en los próximos meses, convirtiéndose en el sexto jefe de Gobierno británico que cae desde el referéndum del Brexit. La coincidencia coincide con que este lunes se cumplen diez años de la campaña final que desembocó en la consulta del 23 de junio de 2016, una votación que transformó la relación del país con Europa y que, para muchos, inauguró una etapa de inestabilidad permanente en Westminster.
Desde entonces, Downing Street se ha convertido en una de las direcciones más difíciles de conservar de la política occidental. Conservadores y laboristas han comprobado que alcanzar el poder resulta mucho más sencillo que mantenerse en él. Ninguno de los dirigentes que han ocupado el cargo tras el Brexit ha conseguido completar una legislatura entera y varios han sido expulsados por sus propios compañeros de partido.

La silla caliente de Downing Street
Fue David Cameron quien puso en marcha la puerta giratoria. El líder conservador había gobernado desde 2010, formando una coalición con los liberales demócratas y obteniendo posteriormente una mayoría absoluta en 2015. Defendió la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo, comprometió a Reino Unido con el objetivo de la OTAN de destinar el 2% del PIB a defensa y presidió el G-8. Pero en junio de 2016, cuando el pueblo británico votó a favor de salir de la Unión Europea en un referéndum que él mismo había convocado y contra el que él asegura que hizo campaña, Cameron dimitió de inmediato. Abandonó Downing Street el 13 de julio de 2016 y renunció a su escaño en el Parlamento apenas unas semanas después. Había durado seis años -un mandato respetable comparado con lo que vendría después, pero el último de los mandatos más largos-.
Theresa May asumió el cargo en pleno ojo del huracán del Brexit. Antigua ministra del Interior -la conservadora que más tiempo ha ocupado ese cargo en más de un siglo-, era una mujer con experiencia, diligente y seria. Activó el artículo 50, notificando formalmente a la UE la intención de Reino Unido de abandonar la UE. Negoció un acuerdo de retirada. Y luego vio cómo el Parlamento se negaba a aprobarlo. Dos veces. Tres veces. Las divisiones en Westminster resultaron insuperables. May dimitió en julio de 2019, tras menos de tres años en el cargo. Cabe destacar que fue la segunda mujer en ocupar el cargo de primera ministra de Reino Unido y la primera líder mundial en gobernar con diabetes tipo 1, hechos que recibieron mucha menos atención que sus dificultades con el Brexit.
Boris Johnson le sucedió con un estilo muy diferente: ruidoso, optimista e impulsado por una mayoría de 80 escaños obtenida en diciembre de 2019. Consiguió llevar a cabo el Brexit, a su manera. Pero una cascada de escándalos, que culminó en el llamado “Partygate” -las revelaciones de que Downing Street había celebrado fiestas durante los confinamientos por el coronavirus, erosionó su autoridad de forma irreparable. Su propio Gabinete se volvió en su contra. Dimitió en 2022, tras haber durado aproximadamente tres años.

Lo que vino después no tenía precedentes en la política británica. Liz Truss llegó al número 10 en septiembre de 2022 y se marchó 45 días después: el mandato más breve de la historia británica. Su “minipresupuesto”, que prometía recortes fiscales radicales sin financiación, provocó un colapso del mercado. La libra se desplomó. Los tipos hipotecarios se dispararon. Hubo una apuesta local (y mundial) que juagaba a que duraría menos que lo que tarda una lechuga en ponerse mala. El cogollo duró más: su propio partido la destituyó antes.
Rishi Sunak, que la sustituyó en octubre de 2022, duró hasta 2024, cuando Keir Starmer, del Partido Laborista, ganó unas elecciones generales por mayoría aplastante. Cuatro primeros ministros conservadores en ocho años. Ninguno de ellos completó una legislatura parlamentaria completa. Tres fueron destituidos por su propio partido.
No siempre fue así. Margaret Thatcher pasó toda la década de los 80 en Downing Street: once años en total. Su sucesor, John Major, duró seis años y medio. Tony Blair gobernó durante más de una década. La estabilidad era la norma a pesar de los escándalos, guerras y huelgas históricas.

10 años del Brexit
Para Catherine Gegout, profesora asociada de Relaciones Internacionales de la Universidad de Nottingham, el Brexit explica parte de la inestabilidad que ha marcado la última década británica, aunque no es el único factor. En declaraciones a Artículo14, la experta recuerda que tanto David Cameron como Theresa May acabaron abandonando el poder directamente por las consecuencias del referéndum de 2016, mientras que sus sucesores sucumbieron a otros problemas políticos y de gestión. Aun así, considera que la salida de la UE sigue pesando sobre la economía y el debate público británico. “Reino Unido no es ingobernable porque exista una oposición capaz de bloquear al Gobierno, sino porque sus propios líderes no parecen capaces de gobernar durante mucho tiempo”, sostiene.
La académica cree que la caída de Starmer encaja en ese mismo patrón. Pese a haber llegado al poder con una amplia mayoría parlamentaria, el laborista ha visto erosionado rápidamente su liderazgo por las dudas sobre su proyecto político, el malestar interno y una situación económica que sigue acusando los efectos del Brexit. De hecho, Gegout considera probable que la relación con la Unión Europea vuelva a ocupar un lugar destacado en la agenda política británica durante los próximos años, especialmente cuando las encuestas muestran un creciente respaldo ciudadano a un acercamiento con Bruselas.
Ahora será Andy Burnham —o quien resulte elegido para suceder a Starmer— quien deba intentar romper una dinámica que parece haberse instalado en Westminster. Diez años después del referéndum, el Brexit ya no domina cada debate político, pero sus consecuencias siguen proyectándose sobre Downing Street. La prueba más evidente es que la lista de primeros ministros continúa creciendo a un ritmo que habría parecido impensable antes de 2016.
