Análisis

¿Necesita Occidente una Margaret Thatcher para lidiar con Trump?

La irremediable imprevisibilidad de Donald Trump y la amenaza de represalias contra quien cuestiona su proceder han generado entre los aliados tradicionales de Estados Unidos un delicado debate sobre qué estrategia conviene adoptar ante la errática conducta del 47 presidente...

Reino Unido
La primera ministra británica Margaret Thatcher en una imagen de archivo
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La irremediable imprevisibilidad de Donald Trump y la amenaza de represalias contra quien cuestiona su proceder han generado entre los aliados tradicionales de Estados Unidos un delicado debate sobre qué estrategia conviene adoptar ante la errática conducta del 47 presidente norteamericano. La apuesta por la contención y el trabajo diplomático en la sombra, encarnada por Reino Unido, convive con la creciente dureza pública de países como Canadá o Francia, la sempiterna cautela de la Unión Europa y, un paso más allá, la táctica lisonjera del secretario general de la OTAN, Mark Rutte. El contraste supone un laboratorio de pruebas para un bloque en busca de la quimera para capear a un mandatario impredecible, volátil y propenso a la hipérbole en la adulación, tanto personal como ajena. Pero ante la evidencia de que, cuando se trata de Trump, el culto al líder prevalece sobre la geopolítica, la fórmula mágica apunta a los personalismos por encima del orden mundial establecido.

La alianza occidental necesita un referente que Trump perciba como fuerte, un dirigente sólido que le inspire respeto, admiración incluso, sin llegar a representar una amenaza. La corriente crítica dominante ante las ambiciones expansionistas de la Casa Blanca en Groenlandia es que la fuerza no puede ser la herramienta de referencia de la diplomacia de nuevo cuño. No obstante, si algo ha dejado claro Trump una y otra vez es que lo que genuinamente valora en un gobernante, su verdadera fascinación, es lo que él percibe como fuerza, ya sea Vladimir Putin en Rusia, o Xi Jinping en China, líderes todopoderosos exentos de las constricciones propias de las democracias occidentales.

Donald Trump habla en Davos, Suiza
EFE/EPA/GIAN EHRENZELLER

¿Quién puede ejercer influencia sobre Trump?

La clave es, por tanto, quién entre los socios tradicionales de Estados Unidos puede ejercer esa influencia. Para escarnio del Viejo Continente, Trump da por acabada a la Unión Europea, una institución que considera débil y endeble, y pese a su consonancia con líderes comunitarios como la italiana Giorgia Meloni, o el húngaro Viktor Orban, la dinámica no es de igual a igual. Mientras, en la llamada ‘relación especial’ entre Estados Unidos y Reino Unido, los británicos siempre han sido el socio minoritario e históricamente, la alianza ha importado más en Londres que en Washington. Con todo, ha habido excepciones fundamentadas, sobre todo, en la sintonía personal y pocas con tantas repercusiones a escala planetaria como la establecida por Margaret Thatcher con Ronald Reagan.

Thatcher
La primera ministra británica, Margaret Thatcher, y el presidente de EE UU, Ronald Reagan, en la Casa Blanca, en 1983 (Shutterstock)
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Aunque su alineamiento ideológico ayudó a su cercanía, su amistad era genuina, como revelan las múltiples cartas que se enviaban, que acreditan tanto su admiración mutua como la profunda confianza que se profesaban. Su estrecha cooperación fue clave durante la Guerra Fría, marcando intrínsecamente la evolución del último cuarto del siglo XX con decisiones estratégicas como el deshielo con la Unión Soviética. El giro procedió del cambio en la percepción que la Dama de Hierro tenía de Mijail Gorbachov, un político del que diría, como de Reagan, que podía “hacer negocios” con él y su viraje contagió a la Casa Blanca. Como resultado, su alianza definió la agenda política de Occidente en la década de los 80 y convirtió a Thatcher en el gran puente entre Estados Unidos y Europa, en la intérprete de la realidad a ambas orillas del Atlántico y con influencia sobre las políticas de la Casa Blanca, logrando mitigar su impacto sobre los aliados europeos.

Margaret
El «mosaico Maggie», un mosaico de la primera ministra conservadora, Margaret Thatcher
Efe

El paralelismo con Trump

Pese a la vocación intelectualmente combativa de Thatcher, su estilo directo, sin ambigüedades y, en ocasiones, inflexible, tiene reflejo en el Trump de hoy. Su liderazgo personalista, su dominio absoluto de su gabinete -uno de los motivos que, paradójicamente, provocarían su desalojo forzoso de Downing Street-, su alergia a la disensión y su determinación a implementar sus políticas, independientemente de su impopularidad, presentan ecos evidentes con la actual Administración Trump. Acontecimientos cruciales de su trayectoria, como el conflicto de las Malvinas, al que se lanzó en lugar de negociar con Argentina, definieron su perfil internacional como una líder dura, con decisión y preparada para usar la fuerza para defender lo que ella consideraba los intereses de su país, una narrativa fácilmente identificable con la retórica de Trump.

Esta trascendencia de la relación trasatlántica, con todo, tampoco era nueva: la notable conexión del premier británico Winston Churchill con el presidente Franklin D. Roosevelt había resultado ya crucial para la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, y la gran mayoría de los que llegaron al Número 10 tras Thatcher trataron de reforzar la ‘relación especial’, algunos con controversia incluida, como Tony Blair y George Bush Jr., los grandes promotores de la polémica guerra de Irak en 2003.

Tony Blair en una reciente reunión del ‘Davos del verano’ en Tianjin (China)
Efe

También el actual primer ministro británico, Keir Starmer, ha tratado de maximizar la vía de la sintonía personal con Trump, pese a sus evidentes diferencias tanto de estilo, como en su cosmovisión política. Propuestas como la segunda visita de Estado del presidente estadounidense a Reino Unido, sin precedentes, aspiraban a complacer al ego de Trump con el propósito, en última instancia, de consolidar el papel de Reino Unido como puente entre Estados Unidos y sus socios tradicionales y ganar influencia en el despacho oval.

Donald Trump escucha al primer ministro británico, Keir Starmer
EFE/EPA/NEIL HALL / POOL

Como otros líderes mundiales habían descubierto ya, la barrera para Starmer, hasta ahora insuperable, ha sido la imprevisibilidad de Trump y su debilidad por la percepción de la fuerza como herramienta en el poder. Si el premier pensaba que la pompa y el boato desplegados en septiembre, con la ayuda inestimable de la Casa Real, su prudencia ante los cuestionables posicionamientos de Trump en materia de Ucrania y su ambigüedad en torno a un realineamiento con la Unión Europea lo blindarían de los arrebatos del presidente, una mera isla en el Ártico ha demostrado que, con Trump, el escudo diplomático es una ilusión.

La “estupidez suprema” de Starmer

Pese al comedido rechazo público del premier a la cacareada toma de Groenlandia, el presidente norteamericano reaccionó airadamente ante las reservas expresadas por Starmer esta semana, con una severa condena pública al “acto de estupidez suprema” que, según él, cometía Reino Unido al ceder a Mauricio la soberanía de las islas Chagos, un acuerdo amparado hace meses por el propio Trump. La censura, a través de su red social, Truth Social, suponía una mera excusa para dejar claro, una vez más, que los códigos del orden mundial preestablecido no aplican en la nueva era Trump. Starmer optó por la contención en su respuesta, pero persiste la duda de qué habría hecho la Dama de Hierro en su lugar.

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