La boda de Donald Trump y Melania Knauss no fue solo un enlace matrimonial, sino una demostración de poder, exclusividad y lujo llevados al extremo. El 22 de enero de 2005, un sábado de invierno, Palm Beach (Florida) se convirtió en el escenario de una de las celebraciones más comentadas de la alta sociedad estadounidense, un evento blindado por la seguridad y diseñado para no escatimar en ningún detalle.
Desde primeras horas del día, los alrededores de la iglesia episcopaliana Bethesda-by-the-Sea amanecieron tomados por controles policiales, agentes del servicio secreto, seguridad privada y perros especializados. Incluso un helicóptero sobrevolaba la zona. No era para menos: el magnate inmobiliario, entonces una de las figuras más mediáticas del país, se casaba con la modelo eslovena Melania, de 34 años, ante la atenta mirada de invitados llegados de todos los ámbitos del poder y el espectáculo.
Una lista de invitados al nivel del evento
Cerca de 450 personas asistieron a la ceremonia. Entre familiares y amigos cercanos se mezclaban nombres que reflejaban la magnitud del acontecimiento: Bill y Hillary Clinton, Rudolph Giuliani, el entonces gobernador de Nueva York George Pataki, figuras del entretenimiento como Barbara Walters, Katie Couric o Matt Lauer, y celebridades como Heidi Klum, Shaquille O’Neal o músicos de la talla de Billy Joel, Tony Bennett y Paul Anka. A la entrada del templo, muchos invitados se llevaron una sorpresa al descubrir que quien repartía el programa de la ceremonia era Tiffany Trump, la hija menor del novio.
El vestido de 200.000 dólares
La atención se concentró en Melania en el momento en que sonó el Canon en Re de Pachelbel, señal inequívoca de su entrada. Avanzó por el pasillo precedida por su hermana, Ines Knauss, mientras la soprano Camellia Johnson interpretaba el Ave María. El vestido justificaba todas las miradas: una creación a medida de Dior, palabra de honor, con corsé estructurado y una falda de gran volumen rematada con una cola de casi cuatro metros.
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Para confeccionarlo se utilizaron 90 metros de raso blanco y más de 550 horas de bordado artesanal. Su tamaño y peso eran tan extraordinarios que fue necesario abrir por completo las puertas de la iglesia. El precio estimado entonces rondaba los 200.000 dólares, una cifra acorde al tono de la celebración. Sin embargo, la complejidad del diseño obligó a Melania a cambiarse tras el primer baile por un vestido de Vera Wang, más ligero y funcional.
Como complementos, lució un velo sencillo, joyas de diamantes de gran tamaño y, en lugar del tradicional ramo, un rosario antiguo de diamantes entrelazado con flores.
Mar-a-Lago, el epicentro del derroche
Tras la ceremonia, los invitados se trasladaron a Mar-a-Lago, la mansión de Trump en Palm Beach y una de las residencias privadas más grandes de Florida. Allí se celebró un banquete donde el presupuesto no fue una preocupación. El menú, diseñado por el prestigioso chef Jean-Georges Vongerichten, incluyó 4,5 kilos de caviar transportados en el jet privado del novio. Melania degustó doce aperitivos distintos y decidió servirlos todos.
La tarta nupcial fue otro espectáculo en sí misma: una creación cubierta por más de 3.000 flores de azúcar hechas a mano, elaborada por un equipo de seis personas y enriquecida con licor Grand Marnier y decenas de kilos de nata. Su coste nunca se reveló oficialmente.
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Un palacio dorado para el primer baile
La cifra más impactante llegó con el escenario del baile nupcial. Trump mandó construir expresamente para la ocasión un salón de baile inspirado en Versalles, de más de 1.000 metros cuadrados, decorado con molduras de oro de 24 quilates y enormes lámparas de cristal. El coste estimado: 32,3 millones de euros. Allí, rodeados de oro, Donald y Melania inauguraron su vida como marido y mujer.
La boda fue, en definitiva, una celebración pensada para dejar huella: una combinación de poder, ostentación y cifras deslumbrantes que aún hoy sigue siendo una de las más lujosas de la historia reciente.


