Este sábado, 1 de agosto, arranca en Venezuela una de las negociaciones más delicadas de la última década. El neochavismo representado por la presidenta Delcy Rodríguez y un sector de la oposición se sientan formalmente a diseñar una hoja de ruta hacia unas elecciones con garantías, en un país que sigue sepultado por las secuelas del doble terremoto del 24 de junio y que estrena un tablero político totalmente distinto tras la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos el pasado enero. Pero la gran novedad no es solo de que se hable: es quién se sienta a la mesa y quién no.
Porque la cara visible de la oposición en este proceso no es María Corina Machado, la premio Nobel de la Paz y líder con más respaldo en las encuestas, sino Dinorah Figuera, una exdiputada de 65 años que hasta hace poco resultaba desconocida para buena parte de los venezolanos. Médica de formación, criada en un barrio humilde del oeste de Caracas y militante de Primero Justicia, Figuera regresó al país en junio tras ocho años de exilio en España, invitada por el Departamento de Estado estadounidense. Defiende ser la “presidenta” de la Asamblea Nacional elegida en 2015, aquella de mayoría opositora que ella considera “la última institución que ha ganado electoralmente de manera legítima”, pese a los comicios parlamentarios celebrados después en 2020 y 2025.

La mesa de negociaciones
Su interlocutor al otro lado será Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento controlado por el chavismo y hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez. Ambos se reunieron por primera vez el 18 de junio y acordaron crear una mesa técnica y política paritaria, con diez representantes por cada bando. El proceso quedó en suspenso apenas unos días después, cuando los seísmos golpearon el país y ahora se reactiva.
El objetivo declarado es reconstruir las instituciones desde los cimientos. La prioridad, según ha adelantado la propia Figuera, será acordar la renovación de los principales organismos del Estado, empezando por un nuevo Consejo Nacional Electoral que permita celebrar unas elecciones totalmente democráticas y fiables.
La batuta de Washington
Pero nada de este proceso se entiende sin la mano de Washington. Estados Unidos no sólo acompaña, sino que impulsa el proceso como la tercera fase de su plan para Venezuela, después de las etapas de estabilización y recuperación. En las últimas dos semanas se han celebrado reuniones preparatorias con representantes estadounidenses y con la propia Figuera, y el secretario de Estado, Marco Rubio, ha confirmado que su país participará activamente. Esa tutela explica, en buena medida, el reparto de papeles: fue Washington quien apostó por Figuera para conducir la negociación y no por María Corina Machado, que ha recibido el desdén de la administración estadounidense desde el pasado mes de enero.

Machado sigue sin ser la favorita de Estados Unidos
Machado no era la opción preferida de Estados Unidos, que optó por un interlocutor más funcional a su hoja de ruta, y la líder ha preferido no avalar con su presencia un esquema que no controla. El resultado es una oposición dividida a la vista de todos, justo cuando se abre la mayor oportunidad de negociación en años. Figuera intenta rebajar la tensión: ha dicho que Machado es “muy importante en este proceso” y que convocará “a todos los sectores democráticos”, un guiño para tender puentes con el ala mayoritaria. Así que ni Machado ni tampoco su aliado Edmundo González Urrutia (considerado por numerosos países el verdadero ganador de las presidenciales de 2024) participarán en este proceso que, de salir bien, podría convertirles en los grandes beneficiados.
Quedan, en cualquier caso, motivos de sobra para la cautela. El propio chavismo llegó a proponer en diciembre retirar la nacionalidad a Figuera, a la que señaló como una de las “cabecillas” del llamado “robo de Citgo”. Y ni los más optimistas hablan todavía de transición: antes, advierten, tendrían que restituirse libertades civiles básicas como la de prensa, la de reunión o la excarcelación de los presos políticos.

