Keir Starmer atraviesa uno de los momentos más delicados desde que llegó a Downing Street. El primer ministro británico, que hace apenas unos días defendía su ambición de permanecer una década en el poder, se enfrenta ahora a una crisis interna de grandes dimensiones dentro del Partido Laborista. Los malos resultados electorales del 7 de mayo han abierto una fractura en el grupo parlamentario, donde crecen las voces que le piden un giro urgente, una salida ordenada o directamente una competición por el liderazgo.
El golpe electoral ha sido severo. Según los datos recogidos en la información disponible, los laboristas perdieron cerca de 1.500 concejales en Inglaterra, quedaron fuera del poder en Gales tras décadas de dominio político y sufrieron un resultado especialmente débil en Escocia. Reform UK, el partido de Nigel Farage, avanzó con fuerza, mientras que los Verdes también castigaron al laborismo en zonas urbanas, incluidas varias áreas de Londres. Para un partido que llegó al Gobierno prometiendo cambio, el mensaje de las urnas ha sido interpretado por muchos diputados como una advertencia difícil de ignorar.
En ese contexto han emergido dos mujeres como protagonistas de la presión sobre Starmer: Angela Rayner y Catherine West. Sus posiciones no son idénticas, pero ambas han convertido el malestar laborista en un ultimátum político. Rayner, ex viceprimera ministra y figura con peso dentro del partido, ha lanzado una crítica frontal al rumbo del Gobierno. West, diputada por Hornsey and Friern Barnet y exministra junior, ha planteado la posibilidad de activar un desafío formal al liderazgo si Starmer no acepta un calendario de salida.

Rayner y West lanzan sus ultimátums
Rayner no ha anunciado una candidatura contra el primer ministro, pero su intervención ha sido una de las más duras desde dentro del laborismo. En una declaración de alrededor de mil palabras, sostuvo que lo que está haciendo el Gobierno “no funciona” y que debe cambiar. Su diagnóstico es político, económico y moral: el laborismo, según ella, corre el riesgo de dejar de ser el partido de los trabajadores para convertirse en una formación asociada a sectores acomodados. Su exigencia central es un giro hacia políticas más claramente redistributivas y una agenda económica centrada en mejorar de forma tangible el nivel de vida.
La ex viceprimera ministra defendió más medidas contra el coste de la vida, un aumento del salario mínimo, más poder económico para los alcaldes regionales, apoyo a los inquilinos, reformas de planificación y nuevas fórmulas de propiedad pública, comunitaria o cooperativa. También criticó decisiones que, a su juicio, han erosionado la identidad laborista, como los recortes vinculados al subsidio de calefacción para pensionistas. Además, señaló el caso de Peter Mandelson.

Otro punto sensible de su intervención fue Andy Burnham. Rayner afirmó que fue un error impedir al alcalde de Greater Manchester presentarse a la elección parcial de Gorton and Denton. Para ella, el partido debe recuperar a sus figuras más fuertes y evitar que las luchas internas pesen más que el interés general.
Catherine West ha ido por otra vía. Primero anunció que intentaría reunir los apoyos necesarios para forzar una contienda por el liderazgo si ningún miembro del Gobierno daba un paso adelante. Bajo las reglas laboristas citadas en la información disponible, harían falta 81 diputados, el 20% del grupo parlamentario, para activar un desafío formal. West dejó claro que no buscaba convertirse ella misma en líder, sino provocar una situación en la que figuras con más posibilidades se vieran obligadas a presentarse.
Después del discurso de Starmer del lunes, West modificó su posición. En lugar de insistir en una candidatura inmediata, pidió que el primer ministro estableciera un calendario para dejar el cargo en septiembre. Su planteamiento busca convertir la recogida de firmas en una especie de moción de desconfianza interna, aunque sin el mismo efecto automático que tendría un desafío formal bajo las reglas del partido. Aun así, el mensaje político es evidente: para una parte del laborismo, Starmer ya no puede limitarse a prometer una nueva etapa sin ofrecer consecuencias concretas.

Starmer resiste
El primer ministro, por ahora, se resiste. En su discurso, defendió que no abandonará sus responsabilidades y advirtió de que una lucha interna podría favorecer a Reform UK. También prometió una nueva relación con la Unión Europea, con medidas como un programa de movilidad juvenil, además de la nacionalización de British Steel y una garantía reforzada para empleo y formación de jóvenes. Sus aliados, como la ministra de Educación Bridget Phillipson, sostienen que los votantes no quieren ver al partido consumido por una batalla interna, sino un Gobierno capaz de cumplir lo prometido.
El problema para Starmer es que esa defensa ya no basta para todos. Más de una treintena de diputados laboristas han pedido públicamente su dimisión o un calendario de salida, según la información aportada. Otros nombres, como Wes Streeting, Ed Miliband, Shabana Mahmood o Al Carns, aparecen mencionados como posibles aspirantes en caso de una contienda. No todos están moviéndose de la misma manera ni con la misma claridad, pero la mera circulación de esos nombres refleja la debilidad del primer ministro.
La crisis laborista no tiene todavía un desenlace cerrado. Starmer conserva el cargo, parte del Gabinete le respalda y no está claro que sus críticos puedan reunir los apoyos necesarios para desplazarlo. Pero el daño político ya está hecho.
