En tiempos de guerra, hablar de paz puede parecer un acto ingenuo y naif. Pero para Adriana Potel, portavoz hispana de Women Wage Peace, es precisamente en los momentos más oscuros cuando ese mensaje se vuelve imprescindible. “Nada bueno sale de las guerras”, insiste durante un coloquio en la Casa Adret de Barcelona, sede de la plataforma Mozaika. Su testimonio recoge años de trabajo junto a mujeres israelíes y palestinas que, desde hace más de una década, intentan construir puentes en una tierra dividida por muros de odio.
El contexto es más adverso que nunca. En Israel, el clima social se ha endurecido. Según publicó el Israel Democracy Institute, el 91% de la población judía israelí apoya la guerra contra Irán. En ese escenario, sostener un discurso pacifista es complejo e incómodo. “El mensaje hacia afuera tiene más potencia que hacia adentro”, reconoce. Dentro del país, las voces disidentes afrontan la hostilidad del gobierno “más derechista de la historia” y de sus simpatizantes.

Women Wage Peace nació en 2014, tras la operación militar en Gaza que dejó a muchas madres israelíes sin noticias de sus hijos en el frente. Aquella angustia fue el germen de un movimiento que apostó por cambiar el lenguaje del conflicto: frente a la lógica de “ganar o perder”, propusieron palabras como escucha, empatía o diálogo. Desde el inicio, se definieron como una organización transversal, “ni de izquierdas ni de derechas”, centrada en un único objetivo: promover un acuerdo político que pusiera fin al conflicto.
Contra el Gobierno de Netanyahu
Sin embargo, el 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después. La masacre de Hamás en el sur del país y la posterior respuesta militar israelí en Gaza no solo reconfiguraron el tablero político, sino también el posicionamiento del movimiento. “Después del 7 de octubre nos posicionamos claramente contra el gobierno de Netanyahu”, explica Potel. Women Wage Peace fueron activas en las marchas exigiendo el fin de la guerra y la liberación de los rehenes israelíes en manos de Hamás.
Aun así, el mantra central del proyecto sigue intacto: la convicción de que la paz solo será posible si se construye de forma conjunta. Por ello, uno de los hitos más significativos fue la alianza con Women of the Sun, una organización que agrupa a unas 3.000 mujeres palestinas de Cisjordania y Gaza. La relación no fue inmediata ni sencilla. Requirió años de encuentros, conversaciones y, sobre todo, confianza. “No fue rápido, pero sucedió suavemente, tejiendo vínculos”, recuerda Potel.
Mujeres israelíes y palestinas
Esa colaboración cristalizó en iniciativas como el “Llamado de las Madres”, un manifiesto conjunto redactado durante nueve meses de intensas negociaciones entre ambos grupos. En él, mujeres israelíes y palestinas reclaman a sus líderes un compromiso real con una solución política. Exigen estar presentes en las mesas de negociación, en línea con la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que promueve la participación femenina en procesos de paz.
Hubo un golpe que marcó un antes y un después: el asesinato de Vivian Silver, cofundadora de la organización muy querida a ambos lados de la frontera. Como judía llegada desde Canadá hacía más de cinco décadas, Silver dedicó su vida a tender puentes entre comunidades. Durante años ayudó a enfermos de Gaza a cruzar la frontera para recibir tratamiento en hospitales israelíes, trabajando con comunidades beduinas y organizaciones humanitarias. Su asesinato en el kibutz Be’eri el 7 de octubre de 2023 fue un shock devastador.
Silver encarnaba la posibilidad de una convivencia basada en relaciones humanas, más allá de las identidades nacionales. Ella misma se reconocía como un rara avis. Ni su asesinato a manos de terroristas de Hamás logró enterrar su legado. Su hijo, Yonatan Zeigen, ha tomado las riendas de su visión, impulsando iniciativas en la frontera con Gaza y manteniendo vivo el discurso por la paz en el mundo.
De Finisterre a Jerusalén
Pese a los cazas, los misiles balísticos y los drones que surcan todo Oriente Medio, el movimiento no se detiene. Continúa organizando marchas, encuentros y campañas internacionales para visibilizar su mensaje. Una de las más ambiciosas es la Peace Walk 2026, una peregrinación por la paz que comenzó en Finisterre y que aspira a llegar a Jerusalén en un año y medio. También destacan iniciativas globales como la campaña The Mother’s Call, que busca recoger cuatro millones de firmas para presionar a líderes internacionales.
En paralelo, el reconocimiento internacional ha ido creciendo. Las organizaciones han sido nominadas en dos ocasiones al Premio Nobel de la Paz y han recibido el apoyo de figuras como Hillary Clinton o Jorge Cloney a través de sus fundaciones. También han viajado juntas a extender su mensaje por América Latina o Europa. Sin embargo, ese respaldo exterior contrasta con las dificultades internas. “La realidad es muy difícil”, admite Potel, consciente de que el contexto bélico limita el alcance de sus acciones dentro del territorio.

Pese a los tiempos convulsos, lo que emerge con más fuerza en su relato son las experiencias personales. Charlas entre mujeres que, pese a vivir en lados opuestos del conflicto, descubren rápidamente puntos en común. Hablan de sus hijos, sus miedos y sus esperanzas. “Nadie sale igual de estos encuentros”, afirma. En esos espacios de encuentro, como las asambleas que convocan a orillas del Mar Muerto, se construyen pequeñas grietas de esperanza.
El reto es complejo y no exento del desgaste. Potel lo resume con una frase: no se trata de ser pro-Israel o pro-Palestina, sino pro-paz. En un escenario polarizado, esa posición puede parecer utópica. Pero para quienes forman parte de estos movimientos, es la única alternativa viable. Para la activista, “la guerra no ofrece salidas duraderas. Solo perpetúa el dolor”. Y frente a esa lógica, ellas insisten en la vía del dialogo.
