Crisis en Oriente Medio

Trump y la trampa de Ormuz

La interpretación del acuerdo sobre Ormuz desató una nueva escalada militar y alimenta la hipótesis de que Washington utilizó la negociación como una maniobra estratégica

Washington (USA), 20/02/2026.- US President Donald J. Trump, alongside Commerce Secretary Howard Lutnick (R), speaks about the Supreme Court's striking down of most of his tariffs during a press conference in the briefing room at the White House in Washington, DC, USA, 20 February 2026. Earlier today, the Supreme Court ruled against President Trump's tariff program. EFE/EPA/YURI GRIPAS / POOL

Mientras las hostilidades entre Estados Unidos e Irán se han reanudado desde hace una semana, algunos periódicos estadounidenses hablan del «pantano iraní» de Donald Trump. En el origen de este estancamiento se encuentra, sin duda, un gran malentendido sobre el estrecho de Ormuz.

Donald Trump quería conseguirlo a toda costa para el día de su cumpleaños, el 14 de junio. Y lo obtuvo: su memorando de entendimiento, que debía conducir al fin de la guerra entre Estados Unidos e Irán. Eso fue hace un mes. Y quizá fue, en realidad, un regalo envenenado para el presidente estadounidense. Uno de los puntos del texto es, en gran medida, el origen de esta nueva escalada en la región desde hace una semana. Ese punto es el relativo al estrecho de Ormuz. En él puede leerse: «El tráfico será restablecido por la República de Irán». ¿Debe entenderse que será «controlado» por Irán o simplemente que será «puesto nuevamente en funcionamiento» por Irán? Teherán, por supuesto, entendió «controlado».

Desde entonces, para Irán no hay posibilidad de dar marcha atrás. Cualquiera que se atreva a atravesar el estrecho sin autorización de Teherán lo hará bajo su propia responsabilidad. Eso es lo que ocurrió con dos buques alcanzados por disparos iraníes durante el fin de semana del 11 y 12 de julio. Los estadounidenses, que hoy consideran que son ellos quienes controlan el estrecho, respondieron de inmediato. Donald Trump llegó incluso a plantear la idea de imponer un peaje a los buques mercantes, antes de renunciar a ella ante la indignación de los países del Golfo.

Esta idea del peaje ilustra perfectamente la huida hacia adelante de ambos contendientes. Se trata de ver quién es más ambicioso, más maximalista en sus reivindicaciones, aunque ello implique aislarse y perder apoyos. Tomemos el caso de Irán. En la península arábiga solo le quedaba un verdadero aliado: Omán, con quien comparte geográficamente el estrecho corredor de Ormuz. El memorando firmado por Teherán preveía negociaciones con el sultanato sobre las rutas marítimas que debían utilizarse. Durante los últimos días se habían mantenido conversaciones, interrumpidas posteriormente por ataques iraníes sobre Omán. La conclusión es clara: los Guardianes de la Revolución no quieren compartir con nadie el control del estrecho de Ormuz.

Esta inflexibilidad, tanto iraní como estadounidense, conduce al bloqueo actual y a la escalada militar. Los ataques estadounidenses se intensifican día tras día. El jueves 16 de julio se acercaron a Teherán. E Irán responde. Esta misma noche, Kuwait y Catar fueron atacados. Entonces, ¿nos dirigimos hacia una guerra larga, una guerra sin fin? Probablemente sea la apuesta de Irán, que espera que Donald Trump termine cansándose. Porque esta guerra es impopular en Estados Unidos y las elecciones de mitad de mandato se acercan rápidamente. Pero…

¿Y si Donald Trump hubiera tendido una trampa a Irán con su acuerdo? ¿Y si se consideraran los factores favorables para Donald Trump, cada vez más decidido a continuar sus bombardeos y ampliar su alcance, teniendo en su punto de mira la destrucción de infraestructuras civiles como puentes o torres de control de puertos y aeropuertos? Esta teoría «invertida» plantea una pregunta: ¿y si Donald Trump y su Estado Mayor hubieran tendido una trampa a Irán mediante el memorando de entendimiento del 17 de junio, firmado en Versalles por el presidente estadounidense?

Es cierto que Irán ha demostrado, al atacar buques mercantes que no transitaban por «su» ruta marítima, su capacidad para controlar Ormuz. Es cierto también que el artículo 5 del Memorandum of Understanding, base de trabajo para las primeras negociaciones entre Estados Unidos e Irán a finales de junio, está mal redactado. En efecto, exige a Irán «adoptar todas las medidas necesarias y hacer todo lo posible para garantizar, durante un período limitado de 60 días, el paso seguro de los buques comerciales entre el golfo Pérsico y el mar de Omán, en ambos sentidos, sin exigir ningún derecho de paso».

Sin embargo, queda una realidad: esa ambigüedad desencadenó en Irán una forma de sentimiento de superioridad, multiplicado por las exequias nacionales del Líder Supremo Alí Jameneí, que concluyeron el 7 de julio. Teherán asumió el riesgo de disparar primero, proporcionando así a Trump un argumento de oro para reanudar las hostilidades y justificar sus ataques.

Otro argumento a favor de la hipótesis de una posible trampa tendida por Donald Trump es el calendario. Cuando firma el famoso memorando en el Palacio de Versalles el 17 de junio, el ocupante de la Casa Blanca necesita imperiosamente un respiro. Está a punto de celebrar el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de su país, el 4 de julio. Además, la FIFA, presidida por su gran amigo Gianni Infantino, lo presiona para que permita que la Copa del Mundo se desarrolle en las mejores condiciones posibles no solo en Estados Unidos, sino también en México y Canadá.

Hoy todo eso ha quedado atrás para Trump, que asistió a la final entre España y Argentina en Nueva York el 19 de julio. Puede volver a afrontar una guerra, bajo una condición que hasta ahora se ha respetado: que esta no produzca víctimas estadounidenses. Y así ha sido. Las pérdidas humanas de la primera potencia mundial desde el 28 de febrero ascienden a tan solo trece soldados muertos.

La tercera carta en manos de Trump es el petróleo y los mercados bursátiles. A 17 de julio, tras otra noche de bombardeos, el precio del Brent se sitúa en 86 dólares por barril: mucho más que hace un mes, pero muy lejos aún de los 150 dólares alcanzados en mayo.

Y a 86 dólares por barril, Trump se felicita. El gas de esquisto estadounidense es rentable. Estados Unidos se beneficia de la crisis energética, aunque el riesgo inflacionario sea real. Rusia, país exportador, también puede sacar provecho de ello. La crisis de Ormuz podría constituir, por tanto, un instrumento de poder para Estados Unidos en la región.

Por último, está China. En varias ocasiones, las autoridades chinas han expresado su preocupación por la reanudación de los ataques aéreos, lo que demuestra que estos les plantean problemas al alterar el comercio mundial.

En el fondo, la guerra que Trump ha decidido reanudar ya no es únicamente una guerra contra Irán, sino un conflicto destinado a consolidar, sin pérdidas humanas estadounidenses, la supremacía de Estados Unidos en una región esencial para la geopolítica mundial.