Opinión

Abrázame hasta que la izquierda vuelva a poder criticar al PSOE

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Si atendemos a la opinión publicada en X, el grupo Carolina Durante (que montó hace no tanto un concierto solidario por Palestina en La Riviera o triunfó entre el mainstream despellejando a los cayetanos, pijos que en 2019 “votaban a Ciudadanos”, letra adaptada después a “ahora votan a Vox, antes a Ciudadanos”) ha cometido un pecado mortal, traspiés terrible, al criticar al ministro Óscar Puente por la comparación que este ha hecho entre los grupos invitados a las fiestas de Valladolid de 2022 (cuando él era alcalde) y los de la edición de 2026 (cuando la alcaldía es del PP). Poco importa que la comparación del ministro sea desde el principio desafortunada, porque en nada se parece la selección de 2026 a la ranciedad de los conciertos, por ejemplo, del PP de Madrid; si algo se pareciera, tendríamos que estar llamando a Judeline cantante facha, y no tiene pinta, la verdad. ¿Tan incomprensible es que unos artistas, programados en la edición de 2026, se sientan menospreciados (ellos y los otros veinte) cuando un ministro sale, sin motivo y sin razón, a denigrarlos?

Hay una desconexión brutal entre lo que pasa entre redes sociales y lo que pasa ahí fuera, en la vida. Es casi tan grande como la desconexión entre lo que se emite en las tertulias televisivas (medio siempre moribundo que nunca acaba de morir, en forma ridícula de lo gramsciano) y lo que la gente opina sobre las tertulias televisivas a las cuales se supone que atiende. Si prestásemos atención a X, saldríamos con la impresión (esto me lo han dicho directamente) de que lanzar la crítica más chiquitita o dulce al PSOE sería equivalente a desear que el señor Figaredo ocupe tras las próximas elecciones el ministerio de Economía. La crítica a cualquier cosa que haga el Gobierno, de hecho, se confunde con la instigación directa del fascismo, el camino hasta el cual estaría pavimentado de buenas intenciones, pero sobre todo de autocríticas. Hubo un tiempo en que el mal endémico de la izquierda se resumía en esa apelación pesadísima: “hay que hacer autocrítica”. Ahora, pues, ni crítica, ni autocrítica, ni crítica de la razón práctica, ni prolegómenos: está la cosa tan mal que cualquier debate es sospechoso de complicidad.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Los motivos son abundantes y sospechoso que también explican cómo la izquierda, a pesar de tener, en principio, altavoces mediático-televisivos más estruendosos que nunca, va perdiendo votos cada vez que se abren las urnas. En Del matrimonio como una de las bellas artes, Julia Kristeva y Phillipe Sollers escriben que la verdadera infidelidad no está en la infidelidad como tal, sino en el endurecimiento de la relación de pareja, el espíritu y gesto serio que todo lo invade. Algo así quizá nos pase en la izquierda: estamos tan insoportables que no nos soportamos ni nosotros mismos. Hace no tanto tiempo, lo normal era que los agentes culturales pudieran darle las collejas que les diera la gana a los partidos del Gobierno: lo razonable, porque una cosa era el Gobierno y otra los agentes culturales. Ahora a la falta de pleitesía se le llama darle alas a la ultraderecha. Por parafrasear un eslogan, famosa pintada: abrázame hasta que la izquierda vuelva a poder criticar al PSOE.

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