Opinión

Ceuta, veinte días después

FOTODELDIA CEUTA, 19/08/2026.- Miles de migrantes siguen viviendo en la playa del Trampolín y en otros lugares de Ceuta al aire libre mientras continúan los trabajos para instalar y acondicionar las carpas que en principio van a acoger a 1.500 personas. EFE/Reduan
Miles de migrantes siguen viviendo en la playa del Trampolín y en otros lugares de Ceuta.
EFE/Reduan
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Veinte días después, la historia en Ceuta sigue siendo la misma. Descontrol, caos, preocupación. El ambiente se crispa porque se intentó cerrar en falso, la paciencia se agota porque todas las soluciones suenan a filfa, a cachondeo. Es imposible olvidar todo lo que ha sucedido, la sensación de abandono por parte del gobierno central es completa. Las palabras de algunos de los ministros durante los primeros compases de la crisis toman aún más cuerpo, el cuerpo de la vergüenza y de la ignominia. Las bochornosas declaraciones de Óscar Puente, por ejemplo, haciendo chanza con que su amado líder había resuelto el sindiós sin despeinarse, resuenan como un gran insulto a la inteligencia, como una gran afrenta con la que están dispuestos a cargar solo los más fanáticos.

Veinte días después, todo está como al principio, o peor. Nos quisieron vender como un éxito la vuelta ‘inmediata’ de aquella masa de personas que jamás debería haber entrado en territorio nacional. Pero la realidad es que ese drama que pregonan, y que jamás debería haber sucedido, sigue latente en esos campamentos hechos chabolas que son la imagen de la incompetencia. Veinte días después lo único que tenemos por parte de nuestro Ejecutivo nacional es un baile atropellado y desordenado de integrantes del Consejo de ministros por el propio territorio, paseos que no han servido de nada, teatrillos tardíos a modo de safari que solo revelan la improvisación. Lo único bueno es que los que han ido hacia allí, se han topado de frente con la realidad sin adulterar, con la purita verdad, esa que no cabe en un argumentario zafio ni en un titular populista.

Los ceutís, nuestros compatriotas, lo están pasando mal, y lo que es peor, se sienten desprotegidos, desamparados, no solo en el presente, también en el futuro más próximo. Pero de estos paracaidistas, también están los que quieren seguir adelante con su delirio, los que, como Mónica García, en vez de aceptar que no han estado a la altura, prefieren cargar las tintas contra el gobierno local. Veinte días después, Juan José Vivas, que se ha mantenido a la altura de las circunstancias, intentando hacer uso de la diplomacia y el temple de la política de los adultos, esa que sabe que frente a circunstancias como éstas hay que dejar a un lado cualquier diferencia, ahora empieza a endurecer el tono viendo que desde Madrid echan mano de ese modus operandi de la deslealtad por el que a través de la propaganda y la comunicación más rastrera están intentando cargarle el muerto.

Veinte días después, no solo no hay una maldita solución encima de la mesa, sino que tampoco hay una solo explicación de por qué se permitió esto. Moncloa, Semillas, y toda la tropa de inmorales se han puesto de acuerdo para no cumplir con su obligación constitucional de rendir cuentas. Es muy grave que estén rehusando dirigirse a una nación, su nación, la que ellos gobiernan, para explicarnos por qué se permitió que un país vecino violara con una táctica bélica, como la de la guerra híbrida, nuestro territorio nacional. No nos han contado quién lo sabía, si, como todos sabemos, tenían conocimiento de que esto iba a suceder. Por qué no se hizo nada, por qué se lavaron las manos. Justo por eso no salen a cumplir con su obligación, porque no saben qué decir, porque no pueden decir nada. Como en otras crisis, marean la perdiz para escurrir el bulto. Ya pasó con el Apagón, ya pasó con Adamuz. Es una majadería que nos hayamos acostumbrado a este sistema de resolución en el que los problemas no tienen culpables, en el que la responsabilidad se diluye con un par de gestos de cara a la galería, sin llegar a las verdaderas instancias que tenían mando en plaza.

Veinte días después, Marruecos, el principal causante de todo esto, continúa riéndose de nosotros. Demostrando, como demostró el pasado día quince, que tiene la sartén por el mango. Porque, no se equivoquen, lo del otro día no debe verse como un acto de buena fe, sino como una exhibición de que ellos son capaces de controlar la frontera si les da la gana. Lo del pasado día quince no fue colaboración, fue una amenaza, la manera de decirnos que cuando les plazca volverán a mirar hacia otro lado y a orquestar una nueva invasión soterrada. Veinte días después, nuestro Gobierno sigue empeñado en vendernos la asquerosa pantomima de que Marruecos es un socio fiable, de que hay que confiar en quien nos agrede y nos humilla, en quien pone en riesgo nuestra seguridad y los extorsiona con Dios sabe qué. Harían bien si se dejaran de tanto rodeo y pusieran encima de la mesa qué es lo que realmente les atormenta que puedan hacer Mohamed y los suyos. Ganarían en credibilidad si fuesen sinceros y empezasen a defender su país por encima de sus intereses.

Veinte días después, ahora es el Poder Judicial el que levanta la voz y dice lo que todos sabemos: que la situación es insostenible. Y mientras, en el universo paralelo, tenemos al ministro de Justicia haciendo rutas en bici y compartiéndolas en redes, como si con el no fuera la cosa. Es un agravio constante a todos los españoles que ven preocupados como opera su Gobierno cuando todo se tambalea. Y sí, veinte días después, con Ceuta y los ceutís envueltos en la desesperación más absoluta, tenemos al presidente del Gobierno de vacaciones, con los pies en el agua. Lo de Pedro Sánchez, por mucho que se empeñen sus lamebotas y serviles súbditos, no tiene nombre. Bueno, sí lo tiene, podríamos estar más de veinte días recitando adjetivos. Pero ninguno como el que empieza por ‘sin’ y acaba en ‘enza’. Veinte días, eh. Veintiuno hoy. Y todo sigue igual.

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