Había una vez dos mujeres fuertes y todopoderosas que decidieron lanzarse a la conquista de territorios… Así podría empezar este cuento que no acaba bien para los socialistas.
Una de ellas es Pilar Alegría, que dejó de ser portavoz del Gobierno y ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes para convertirse en la candidata del PSOE en Aragón. Allá se fue y perdió cinco escaños.
La otra es María Jesús Montero, que abandonó sus cargos como vicepresidenta primera del Ejecutivo y ministra de Hacienda para representar a su formación en Andalucía. Ella misma presumió del paso que daba, pero no sirvió de mucho. El domingo pasado obtuvo dos parlamentarios menos que Juan Espadas en 2022 y se apuntó el peor resultado de la historia de su partido en esa comunidad.
La vida política de ambas ha cambiado por completo. Hace nada sus nombres sonaban como posibles sucesoras de Pedro Sánchez. Siempre estaban en las quinielas. Pero ahora, tras sendos batacazos, han quedado desactivadas por completo en ese sentido.
Están tocadas. No sabemos si hundidas. Eso lo dirá el tiempo y el destino. Una vuelta a la escena nacional depende de múltiples factores que, de momento, no se otean en el horizonte. Su futuro más cercano es el de mantenerse como jefas de la oposición y preparar los comicios municipales y autonómicos.

A Sánchez puede que le venga bien que nadie le haga sombra, pero creo que ha llegado la hora de afrontar que tiene un problema. Sus alfiles van cayendo y es necesario hacer una reflexión autocrítica. En sus filas hay quien se lo ha pedido. La cuestión es si escucha. ¿Qué destino aguarda a los siguientes? ¿A Óscar López o a Diana Morant les ocurrirá lo mismo en Madrid y en la Comunidad Valenciana?
Suelen decir que es importante que el cabeza de lista sea una persona de sobra conocida. Eso facilita el trabajo en campaña y hace que los mensajes lleguen más lejos. Pero está visto que desembarcar directamente de La Moncloa pasa factura. No sé qué pesa más: si la gestión realizada o el estar asociado a Sánchez.
Lo que se ha visto que sí funciona es lo de Carlos Martínez en Castilla y León. Sólo con él se ha logrado que el PSOE gane representantes en una cámara autonómica durante este ciclo electoral. Como alcalde de Soria llevaba años siendo una figura cercana para sus votantes, bien pegado a su tierra. Conclusión: el “efecto ministro” no sirve de nada y el arraigo no se logra en 15 días.
Todo indica que el socialismo se desinfla. Hay un desgaste lógico e inevitable. A lo que se suman las sospechas de corrupción y los escándalos con Ábalos, Koldo, Aldama y compañía. Encima acaban de imputar a José Luis Rodríguez Zapatero por el caso Plus Ultra. Además, hay que darle una vuelta a los discursos. Ya no basta con la crítica por la crítica y alentar el miedo a la extrema derecha no cala. Para las generales queda tiempo (o eso dice el presidente), pero llegará el día y se verá si Sánchez hace los honores a su manual de resistencia. Para eso, sin duda, hace falta que resuelva la desconexión social y dé con una nueva estrategia que genere ilusión.

En lo que se refiere al Partido Popular, Juan Manuel Moreno puede celebrar una victoria, pero no un triunfo. No fue su noche soñada. No pudo retener la mayoría absoluta y, de ese modo, pierde su autonomía. En campaña dijo que no quería “lío” y ahora va a tener uno fino. Pretende gobernar en solitario, pero tiene que negociar con Vox y no se lo van a poner fácil. Ya se vio durante la rueda de prensa de Manuel Gavira en la que los militantes coreaban con recochineo: “¿Dónde está la mayoría?, ¿La mayoría dónde está?”. Eso ya augura que los populares andaluces tendrán que tragar como poco con lo de la “prioridad nacional” o algo similar.
Que tome nota Alberto Núñez Feijóo. Todo apunta a que la Presidencia sólo la podrá alcanzar de la mano de Santiago Abascal. En la calle Génova se ha desplegado una lona azul que anuncia que “el cambio” en España “está más cerca”. Puede que sea verdad y que la gente desee una transformación. Pero no sé si quiere que haya ministros de ultraderecha.

