Este miércoles muchos sufrimos un eclipse total de corazón. Nos dolía el alma, la memoria, los desamores y amores adolescentes, las hombreras que nos calzábamos en el sujetador para que las camisas volaran; el cardado imposible de nuestras melenas cuyos flequillos nos hacían crecer centímetros, aquellas a lo Europe que lucíamos mi hermana y yo –ella llegó hasta hacerse un esguince de cervicales bailando The Final Countdown–.

Se ha muerto Bonnie Tyler. ¿Acaso era mortal? Los días especiales nos alisábamos el pelo con la plancha de la ropa, como si fuera una camisa o los pantalones de mi padre. No conseguíamos esa melena de Bonnie en el vídeo de It´s a Heartache a lo Farrah Fawcett-Majors. Queríamos ser roqueras, ángeles de Charlie, vivir diferente, libres. Queríamos serlo todo cuando volábamos en una Vespino por los caminos insomnes de la sierra madrileña. Íbamos a enamorarnos de la noche, de la música tecno, del rock y del punk. Teníamos unos amigos que se hacían llamar los breakers y que bailaban como Kevin Bacon y su pandilla pueblerina de Footloose en la discoteca más cool, cuando no sabíamos que se llamaba así. No competíamos en justas de tractores bajo la voz quebrada de nuestra Bonnie. Hacíamos carreras de besos primerizos durante una canción entera. Y solo saltaban los cobardes antes de que sonara el último acorde. Su Holding Out for a Hero nos hacía sentir invencibles. Queríamos vestir las botas rojas de Lori Singer. Ser diosas y ser vulnerables. Nos dolía el corazón buscándonos. Éramos mujeres y éramos el futuro. Estrenábamos libertad sin saberlo y vimos que era buena, aunque solo pensábamos en el presente. Muchos años después, ni pagaríamos las cervezas en pesetas. Cómo íbamos a saberlo entonces. Veíamos los vídeos de Bonnie en la MTV, sus ojos azules, felinos de galesa. Escuchábamos esa voz que siempre era ella. Esa voz que procedía de la cicatriz que le dejó una operación de nódulos y su impaciencia por volver a hablar. Lo que parecía un accidente acabó convirtiéndose en su sello de identidad. Quizá por eso también nos gustaba tanto. No vivíamos empeñadas en corregirlo todo: los cuerpos, las voces, los textos, incluso las ideas. Bonnie era solo ella. Dicen que ha muerto en un hospital portugués, pero sus canciones siguen con nosotras, recordándonos más que nunca que lo inolvidable nunca fue perfecto. Que la imperfección se nutre de lo humano. Basta escuchar los primeros compases de Total Eclipse of the Heart o de aquella maravillosa Islands, de Mike Oldfield, para subirnos de nuevo a la Vespino y descubrir que seguimos siendo esas chicas que buscaban su lugar en el mundo. Aquellas que alumbramos otra generación que, a su modo, busca la libertad de estos tiempos.

