Opinión

El monte no arde por ideología

CENICIENTOS (MADRID), 24/07/2026.-Vista de la humareda causada por el incendio forestal en Cenicientos, Madrid, este viernes. Los fuegos originados en Almorox (Toledo) y San Martín de Valdeiglesias (Madrid) se han fusionado en un solo frente que ha obligado a desalojar otros tres municipios del suroeste madrileño y que avanza sin control con unas condiciones climáticas muy desfavorables.- EFE/ Daniel González
Vista de la humareda causada por el incendio forestal en Cenicientos, Madrid
EFE/ Daniel González
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No conozco a ningún vecino desalojado de su pueblo, a ningún ganadero que haya visto morir a sus animales entre las llamas, a ningún propietario que contemple cómo se calcina el trabajo de generaciones, que ande pidiendo un debate sobre si el responsable de que el monte arda es de derechas o de izquierdas. Esa discusión, tan del gusto de tertulianos y políticos, resulta ofensiva para quien de verdad sufre el fuego. Y sin embargo, cada verano, cuando España se convierte en un mapa de columnas de humo, la clase política vuelve a las andadas: unos gritan “cambio climático” como si pronunciar esas dos palabras eximiera de cualquier otra explicación, mientras aprovechan la tragedia para incendiar el ambiente político en lugar de apagar el fuego que arrasa nuestros montes.

Hemos llegado al absurdo de escuchar a Pedro Sánchez reclamar, año tras año, la urgencia de aprobar un pacto de Estado climático, como si ese documento fuera la fórmula mágica para que el monte deje de arder. Es una manera sutil, y no menos interesada, de responsabilizar al resto de los partidos: si el pacto no se firma, ellos serán corresponsables del desastre y, si se duda del catecismo climático oficial, se es cómplice de la tragedia. Si bastara con un pacto de Estado para frenar los incendios, no existirían los fuegos pavorosos que este mismo verano arrasan Francia, Canadá o Estados Unidos, países que no necesitan que nadie les explique cómo combatir incendios mucho más grandes y que, sin embargo, arden igual.

CENICIENTOS (MADRID), 24/07/2026.-Vista de la humareda causada por el incendio forestal en Cenicientos, Madrid, este viernes. Los fuegos originados en Almorox (Toledo) y San Martín de Valdeiglesias (Madrid) se han fusionado en un solo frente que ha obligado a desalojar otros tres municipios del suroeste madrileño y que avanza sin control con unas condiciones climáticas muy desfavorables.- EFE/ Daniel González
Humareda causada por el incendio forestal en Cenicientos, Madrid
EFE/ Daniel González

Que el clima está cambiando es un hecho que nadie serio discute; lleva haciéndolo desde hace más de 4500 millones de años. Pero de ahí a atribuir a ese fenómeno todo cuanto sucede en la naturaleza hay un trecho que solo la desidia intelectual, o la conveniencia política, se atreve a recorrer. Si de verdad creen que somos responsables de los cambios en el clima, la respuesta lógica sería intensificar la gestión del territorio para adaptarlo a esa nueva realidad, no reducirla. Sin embargo, desde Europa y por extensión en España se ha optado por lo contrario: menos desbroce, menos aprovechamiento ganadero, menos cortafuegos, menos brigadas permanentes. No se puede recoger leña muerta sin un permiso, y hasta recoger piñas del suelo para ponerlas en el belén te puede suponer una buena multa. Se ha sustituido el trabajo tradicional del monte por la retórica de urgencia climática, como si un discurso bastara para sustituir un desbrozador.

Los reyes de España atienden a los medios tras visitar a las personas de las localidades afectadas por los incendios de la sierra oeste de la Comunidad de Madrid.
Los reyes de España tras visitar a los afectados por los incendios.
EFE

Durante décadas se impuso una visión profundamente urbanita de la naturaleza, según la cual protegerla consistía en intervenir lo menos posible. El resultado ha sido perverso: al expulsar progresivamente a agricultores, ganaderos y propietarios forestales, dificultar la rentabilidad del campo y enredar en un océano burocrático cualquier labor tradicional de conservación, se ha permitido que el monte acumule una cantidad de combustible vegetal sin precedentes. Los paisajes que hoy admiramos, conviene recordarlo, no son fruto del abandono, sino de siglos de interacción entre el ser humano y el territorio. Cuando esa interacción desaparece, la naturaleza virgen se convierte en un polvorín esperando una chispa.

Imagen del incendio en Burgohondo (Ávila).
Imagen del incendio en Burgohondo (Ávila).
EFE

El cambio climático se ha convertido así en el chivo expiatorio perfecto para administraciones que llevan años desatendiendo la gestión forestal. Es más cómodo señalar al planeta que reconocer que se han recortado brigadas, que se ha dejado morir la actividad ganadera extensiva que antes limpiaba el sotobosque de forma natural, o que la normativa ambiental, pensada con buena intención, ha terminado por asfixiar las labores tradicionales de prevención. Nadie niega que el clima influya en la intensidad y frecuencia de los incendios. Pero de ahí a convertirlo en explicación exclusiva y suficiente hay una distancia que separa el análisis riguroso de la exculpación interesada.

Tampoco se trata de rechazar la innovación. Los satélites, los drones, la inteligencia artificial y los sistemas avanzados de detección deben incorporarse plenamente a la lucha contra el fuego, y bienvenidos sean. Pero ninguna tecnología sustituye el cuidado diario del monte, ese conocimiento acumulado durante generaciones que hoy se echa en falta en tantas laderas calcinadas.

Sánchez,saluda a Ayuso a su llegada al Puesto de Mando Avanzado (PMA)
Sánchez,saluda a Ayuso a su llegada al Puesto de Mando Avanzado (PMA)

Frente a este panorama, lo que necesitamos no es otro pacto de Estado de titular grandilocuente y contenido vacío, sino una política seria que trate a los ciudadanos como adultos: que reconozca errores, que recupere la gestión forestal como prioridad y que deje de usar el clima como coartada. Mientras tanto, quede claro a quién debemos nuestro respeto y agradecimiento en estos días: solo a quienes combaten el fuego sobre el terreno, no a quienes lo avivan desde los despachos o las redes sociales. Estos últimos, lo mejor que pueden hacer por el monte es, sencillamente, no estorbar y callarse.