Como viene siendo habitual, España entera –incluidos País Vasco y Cataluña- le hace compañía al betún y siempre por debajo de la media europea. Esta vez, según las crónicas, los datos son todavía más alarmantes, especialmente en comprensión lectora, que es eso de leer una cosa, no acabar de interiorizarla bien, y volver a tener que hacerlo una, dos, tres veces, las que hagan falta, sin escrolear. Enseguida los opinadores de la rive droite salieron de la caverna para poner a caer de un burro al gobierno de turno, a la ley de turno, a los padres de turno y a los educadores de turno. Ni una palabra sobre los cenutrios protagonistas de semejante academicidio. Comprensión paternal.
No tengo mucho que opinar al respecto; por una vez, no pergeño una idea formada de quiénes son los responsables ulteriores. Bueno si lo sé, los responsables son siempre los que están en la línea recta, es decir, los sujetos que no dan una ni en matemáticas, ni en las asignaturas de ciencias ni en comprensión lectora: los ceporros de los estudiantes, los “merlus”, como los llamamos en la intimidad. Lo que no tengo tan claro, entre los sospechosos habituales, es quiénes son los colaboradores necesarios, los cabecillas e ideólogos de este desastre. Como suele pasar casi siempre en la vida, la culpa se repartirá salomónicamente en porciones y de una manera u otra, tú, querido lector, serás uno de ellos: los propios aludidos y sus cerebros multipantalla vacía, las instituciones, la educación pública, privada y concertada, los profesores y los padres. Así que, guarda el saco de piedras, no vaya a ser que la primera te caiga a ti y te quedes sin plan, a decir de Mike Tyson. Yo, por mi parte y aunque no interese a nadie y por propia experiencia, nunca he creído que el colegio, ni sus recursos, ni sus contenidos absurdos formaran a los alumnos. A lo peor ni tan siquiera se lo exigía. Consideraba y considero ahora con más fuerza, mucho más importante la disposición del fulano de turno, su hambre de conocimiento, y de lectura, en este caso de comprensión, donde por lo visto somos unos zoquetes. Y esta no se alimenta en unas aulas con olor a serrín, con unos docentes hastiados de su área de conocimiento en la mayoría de los casos, sino por lo que ven en casa, en su esfera íntima; y si, claro, sus padres no leen nada, ni periódicos, ni libros y se pasan el día viendo series o cascando del vecino, pues luego no pretendas que ninguna ley u organismo del estado obre el milagro.
Pero a mí solo me importa el cine. Así que…

La lectura en diagonal de este informe me llevó a pensar en la opción fundamental de los chavales que eligen estudios superiores o medios fuera de la norma capitalista, como es estudiar cine. Oye, yo no puedo exigir a quien estudia económicas, empresariales, o todo junto, que tenga una vocación más allá de la pecuniaria, y que la cultura, las artes así en general, no las toquen ni con un palo. Pero, llámame ingenuo, mirándome de nuevo a mí mismo, asumo que quien estudia, por ejemplo, Cinematografía, tenga un interés caníbal por su objeto de estudio. Y aquí, para más escarnio, no vas a poder mirar con ojos torvos a los docentes: las dos escuelas del sector más importantes de España, ECAM y ESCAC, figuran entre los 15 mejores centros del mundo en formación audiovisual, según el último estudio de The Hollywood Reporter, el BOE del séptimo arte.
Pues chico, ni aun así. Y te lo digo por el vértice de la observación, de la práctica y de la docencia de este oficio de peliculero, que es el más maravilloso del mundo.
Hace unos meses me invitaron a presentar una película dirigida por un buen amigo y, después del evento, en el vestíbulo del cine empecé a charlar con el hijo de la actriz protagonista, una de las mejores de nuestro país, y que había empezado a estudiar la Diplomatura en Dirección en una de estas prestigiosas (y caras) escuelas.
Hablamos un poco de historia del cine (130 años solamente, ojo), de David Griffith, Serguéi Eisenstein y demás pioneros. Me dijo que no sabía quiénes eran, que es algo así como que un estudiante de Grado en Física no hubiera oído hablar de Isaac Newton o de Albert Einstein.
A Tarkovski, Bergman o Dreyer ni se me ocurrió sacarlos de la estantería.
Ante mi estupefacción, pensé que quizás no habrían ido para atrás y estaban en los más contemporáneos: ¿Paolo Sorrentino? ¿Justine Triet? ¿Wong Kar-wai? Ni idea.
Le pregunté a la desesperada por otro director fundamental para entender la narrativa actual del cine y cuya obra es perfecta, por canónica y comercial a un tiempo, para ser estudiada por los futuros aspirantes a directores. Ni más ni menos que David Fincher.
Me dijo que tampoco sabía quién era, pero que le sonaba.

Y en ese momento recordé unas palabras de Juan Antonio Bayona, que supongo que tampoco sabrá quién es, muy sabias, en las que decía que él, cuando imparte alguna masterclass, empieza diciendo a los alumnos que si alguno no sabe quién es David Fincher, que mejor se vaya de la charla.
En lugar de invitarle a irse del sagrado templo de los Renoir, me marché yo, vencido de espíritu, desarmado de películas y cabizbajo de ilusión.
Tengo ya más años por detrás que por delante, pero aún hoy en día no soy capaz de entender cómo la humanidad no se ha dado cuenta de que lo más importante de la vida es el cine, que me inoculó su santo veneno viendo a un orondo señor con corbata negra hablando por la tele. Comprensión lectora, mala. Comprensión cinematográfica, peor. Comprensión vital, nula.

