Opinión

El juez Peinado y la mujer del César

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A todos los jueces españoles inanimados.

Las personas a quienes admiramos dicen a veces mucho más de nosotros y de nuestra vida que cualquier otro rasgo de nuestro carácter. Napoleón Bonaparte admiraba a Julio César, Koldo García a José Luis Ábalos. El genio corso lo sabía todo del genio romano y le imitaba en los campos de batalla, en los despachos del poder y en los tálamos. Idolatraba, también, las grandes frases (muchas de ellas apócrifas) que el rendido enamorado de Cleopatra regaló a la Historia.

Una de esas frases, “La mujer del César, además de honrada, debe parecerlo”, que, por supuesto, el comandante supremo de la legendaria XIII legión jamás pronunció, tiene un origen curioso. Corría el año 62 a.C. y el Senado eligió la casa de Julio César (en aquel momento pretor) para celebrar los festejos de la Bona Dea, una celebración exclusivamente femenina en la que la presencia de los hombres estaba absolutamente prohibida. Los ritos, todos ellos nocturnos, los dirigía la esposa del magistrado elegido, en esta ocasión Pompeya, la mujer de César. Aquel año un joven patricio, llamado Publio Clodio Pulcro, se coló disfrazado de mujer en la celebración y fue descubierto, produciéndose un enorme escándalo en Roma. Cuando César se enteró de lo sucedido mandó una notificación de divorcio a Pompeya, a pesar de que más allá de las habladurías previas, no tenía nada que reprocharle. El Pontifex Maximus (Julio César lo era también en aquel momento) respondió a las críticas por su radical decisión diciendo que su esposa debía de estar por encima de cualquier sospecha. Más tarde el gran Marco Tulio Cicerón le dio a la respuesta de César la célebre redacción con la que surcaría los siglos.

Ahora que se acercan las vacaciones de verano, el momento en que todos (incluido Santiago Abascal) llenamos la maleta de libros, quiero recomendar Los Idus de marzo, la gran novela histórica de Thornton Wilder sobre el magnicidio del héroe de Farsalia. En ella el escritor norteamericano relata los sucesos de la Bona Dea haciéndolos coetáneos a la conspiración de Bruto y Casio.

En estos días en que la vida de los españoles va de juzgado en juzgado, de escándalo judicial en escándalo judicial, de medida cautelar en medida cautelar; en estos días en que los españolitos de a pie necesitamos un Entrambasaguas o una Ketty Garat de bolsillo para no perdernos; en estos días en que los niños españoles ya solo sueñan con Alfonso Pérez Medina, es bueno recordar que Publio Clodio Pulcro fue procesado a instancia del Senado por aquel grave sacrilegio. Y es todavía mejor recordar que acabó absuelto gracias a los denarios con los que Craso sobornó al jurado.

El laberinto del Minotauro cretense es un pequeño jardín comparado con el de la justicia española actual, una maraña que ni la imaginación de Jorge Luis Borges podría haber hecho más difícil, fértil e intrincada. Pero un laberinto que para tranquilidad y orgullo de todos los ciudadanos tiene su Teseo y su hilo de Ariadna: los jueces y las leyes españolas. Quiero honrar a los jueces y también a los fiscales de España; a esos servidores públicos anónimos; silentes como el abate Sieyès durante el Terror revolucionario francés y mal pagados; a esos jueces y fiscales que sirven a diario a la justicia, domeñando las enormes dificultades que se les presentan, dignificando su oficio, Rompiendo las olas.

Y los quiero honrar con los versos del gran Constantino Cavafis (uno de los dioses literarios que habitan eternamente en el altar de mi alma lectora) en Ítaca y otros poemas, un cuidadísimo y hermosísimo libro de Reino de Cordelia traducido magistralmente por Luis Alberto de Cuenca, inmenso bardo sin silla en la Academia, pero con sillón en el Parnaso: “¡Honor y gloria a aquellos que en sus vidas/ siguen hoy defendiendo las Termópilas! / Actúan por sentido del deber, / obran con rectitud y con justicia, / son compasivos, generosos siempre.”

Decía antes que la España actual vive en una continua e interminable espiral judicial, en una continua batalla entre la justicia y la política, una batalla que deja las disputas entre árbitros, futbolistas y entrenadores en un juego de niños. De todos los procesos abiertos el que genera más pasiones y emociones es la causa que el juez Juan Carlos Peinado lleva contra Begoña Gómez, la mujer del presidente Pedro Sánchez. La instrucción del juez abulense tiene a las derechas patrias en un estado de excitación y paroxismo permanente. Los heraldos derechistas rememoran la lucha de David contra Goliat: un humilde juez en lucha heroica contra toda la maquinaria del Estado, pero olvidan las enseñanzas de Napoleón, que yo como bonapartista convicto y confeso siempre tengo presentes. Cada vez que visito París, ese otro Betanzos, acudo emocionado a su tumba en Los Inválidos ¡solo Francia sabe honrar así a su Historia! El pequeño gran corso decía que los jueces de instrucción eran los hombres más poderosos de Francia, porque eran los únicos que podían encarcelar a un semejante o incautar sus bienes. Doscientos años después el juez Peinado nos ha demostrado que, en esto, como en tantas otras cosas, el apasionado enamorado de Josefina de Beauharnais acertaba.

Las derechas patrias (las extremas y las más moderadas) llevadas por su entusiasmo quieren convertir al juez Peinado en el nuevo Thurgood Marshall, el legendario juez de la Corte Suprema norteamericana. Olvidan las peculiaridades de sus instrucciones, continuamente corregidas por las instancias superiores, lo que podríamos llamar con todo el respeto: las Peinadadas. Y olvidan también que son muchos los jueces que sufrieron y sufren las críticas que sufre Peinado, la estrella luminosa del tercer turno. Me acuerdo del juez Marino Barbero y el calvario que sufrió por atreverse a investigar las miserias del PSOE, pero no del de Sánchez; las miserias del PSOE de Felipe González. Siento dar este disgusto a las derechas políticas y mediáticas que hoy ensalzan a Felipe sin mesura, tras demonizarlo durante lustros, para denigrar, implícitamente, aún más a Pedro.

Montesquieu, que de justicia sabía mucho más que yo y casi tanto como Cayetana Álvarez de Toledo, decía: “El juez es la boca que pronuncia las palabras de la ley, un ser inanimado que no puede moderar su fuerza ni su rigor.”  Creo que esta reflexión del inmenso ilustrado francés debería abrir todas las clases de la Escuela Judicial, donde se forman los futuros jueces españoles. Creo también que el autor de El espíritu de las leyes dividió acertadísimamente a los jueces en dos categorías: los inanimados y los vivaces. Al primer grupo pertenece la casi totalidad de la carrera judicial española, decenas de admirables Llarenas, Marchenas y Lucianos Varela; decenas de jueces inanimados que hablan a través de sus autos y sentencias. En el segundo grupo se integran algunos inefables Peinados y De Pradas; unos cuantos jueces vivaces, que son un auténtico torrente de creatividad, imaginación y vitalidad. El juez Peinado entusiasmado con la tauromaquia, los caballos y Fernando VII; el juez De Prada entusiasmado con las morcillas, las burgalesas y las otras. Y los dos apasionados y fervientes admiradores de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Es esta vitalidad desatada del juez Juan Carlos Peinado la que hace tan peculiares muchas de sus decisiones; y las hace tan peculiares en Madrid y en Ankara. Decisiones que enfervorizan a las derechas patrias, pero que sus inanimados superiores jerárquicos no cesan de corregir y anular. Los seguidores de Peinado tienen sin embargo razón en que el de El Tiemblo es el juez más valiente, capaz e independiente de los juzgados de plaza de Castilla, el magistrado más imparcial de nuestra historia. Millones de españoles pensamos, por eso, que Peinado no tiene ningún problema con la mujer de Pedro Sánchez, porque es el juez más imparcial de la carrera judicial. El problema, el tremendo problema, Juan Carlos Peinado lo tiene con la mujer del César, porque es el juez más imparcial de España … pero no lo parece.

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