Opinión

Llama cuando llegues

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Hace poco caí en la cuenta de que de niña, de adolescente, apenas recibí consejos destinados a protegerme por ser mujer. Supongo que se superponían a la situación de riesgo que vivíamos en Euskadi en los años 80, y que la ola de miedo que generó el asesinato de las niñas de Alcasser me alcanzó ya en las orillas de la universidad. No necesité que nadie me recordara a diario que la vida era frágil y la oscuridad y la soledad malas compañeras porque las verdades elementales raras veces precisan ser nombradas.

Elizabeth Moselakgomo no era una niña, tenía treinta y ocho años, ni buscaba problemas; salió a correr el 9 de septiembre, esa disciplina diaria en la que obligaba al cuerpo a centrarse mientras la cabeza, por fin desatendida, pensaba en lo que quería. No regresó. Tres días después encontraron su cadáver. Desde julio, otras ocho mujeres han aparecido asesinadas en Ekurhuleni, al este de Johannesburgo, algunas desnudas o semidesnudas, con signos de violencia sexual, sin que la policía haya podido establecer aún si existe relación entre los crímenes.

De manera que esos consejos que ya conocemos, que no caminemos ni corramos solas, que evitemos lugares aislados, que permanezcamos vigilantes, ese goteo aburrido, insistente, limitante, ha manado de nuevo de las alturas institucionales. Ya lo sabemos: nadie nos tiene que recordar que no crucemos por ahí, que mandemos un mensaje con la matrícula del taxi, que no perdamos de vista la copa, que no llevemos los dos auriculares, que busquemos las llaves antes de llegar al portal, que cambiemos de acera, que llamemos a alguien, que finjamos que llamamos a alguien si no tenemos a quién llamar, que compartamos nuestra ubicación, que avisemos cuando lleguemos.

Llama cuando llegues, hija. Despiértame. No dormiré hasta que no llames.

Eso sabemos aunque nadie nos lo haya dicho, aunque lo hayamos aprendido de aquí y de allá, aunque no tengamos miedo (¿qué miedo va a tener la juventud?), ese es el manual de instrucciones aprendido de memoria, los límites de una libertad que nadie cuestiona pero que se limita a los horarios correctos, a las zonas indicadas y, aún así, con el rabillo del ojo pronto y el oído sobresaltado por los pasos inesperados.

Ah, bueno, pero ha sido en Sudáfrica. Elizabeth, por quien las mujeres no han salido a llorar sino a correr vestidas de negro, vivía en un país cuya tasa de asesinatos de mujeres multiplica varias veces la media mundial. Mataron hace nada a Claudia Tacoronte, pero fue en México, en México ya se sabe. Siempre aparece una excusa, mil, todas las excusas, salvo que no hay nada ni remotamente similar en extensión y prolijidad destinado a que los hombres no controlen, no asedien, no vigilen, no reincidan, no intimiden.

Y eso pese a que sabemos que no hay vigilancia posible que evite el peligro, nada nos asegura el sacrificio de renunciar al coche, ni a un paseo, ni a ese viaje o esa beca, ni a un romance de una noche, porque también nos matan encerradas en casa. No hay llaveros, ni aplicaciones, ni alarmas, ni códigos entre amigas, ni geolocalizaciones, ni taxis compartidos ni el invisible y silencioso sistema de inteligencia que organizamos las mujeres para protegernos entre nosotras que nos libre de un hombre decidido a matarnos. Solo el alivio, el suspiro cuando llega el mensaje: He llegado bien.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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