No hace tanto, cuando Félix Rodríguez de la Fuente o Eduardo Punset nos soltaban unas chapas tan didácticas como morrocotudas, se hablaba de divulgación. Hace mucho que no oímos tal cosa; en nuestros digitales días lo llaman “creación de contenido” – se ve que antes no existía – y es la peste negra de este siglo: tanto en las redes como en la, hoy más que nunca, caja tonta, los auténticos maestros quedan relegados a una suerte de delicatessen mientras los licenciados en chorradas son elevados a los altares.
En la Confoederatio Helvetica, la belleza alpina hace las veces de aula magna de estos catedráticos de obviedades, que consiguen miles de seguidores y me gustas en Instagram explicando que la moneda de curso legal es el franco suizo, que la Renfe helvética tiene una app donde puedes consultar los horarios de los trenes, y que estas amables gentes se bañan en verano en los lagos y ríos de su geografía. Toda suerte de obviedades de las que cualquiera que levante la cabeza de la pantalla puede percatarse, pero ahí seguimos los tontos, reel que te reel, haciéndoles el agosto a los vendedores de crecepelo.
De estos catedráticos derivan los finohiladores, especie caracterizada por elevar cualquier nimiedad, inercia o azar del día a día a tesis doctoral. Las más recientes versan sobre la infamia de los hoteles adults only o el repliegue masivo del topless – en favor del culo, dicen los entendidos. Ambos fenómenos parecen ser fruto del hedonismo, la comodidad malsana y el capitalismo despiadado (esa dichosa manía de ganar dinero). Como padre de familia, estos sitios me parecen un win-win: los sinhijos se libran de los padres negligentes, y nosotros, de explicar a los críos que esa barriga andante color rojo vitrocerámica, a la que los socorristas acaban de sacar del agua cerveza en mano, está malita y va a su habitación para que el doctor la cure.
Las tetas de la playa funcionan por modas más que por filosofía y el culo sigue ganando adeptos como máxima expresión de los hierros del gimnasio. Tampoco parece que rehúyan a Manolo, cincuentón desgastado, o a adolescentes hormonados, entes occidentales civilizados a los que la visión fugaz de unos pechos puede procurarles una secreta décima de segundo de alegría y poco más. En cambio, merece la pena comentar que por estos lares centroeuropeos son cada vez más frecuentes las zonas de baño exclusivas para mujeres por motivos no tan occidentales. Quizás por ahí van los tiros, aunque como la tesis no recogía tales, tampoco los reproduciremos aquí. En todo caso, fíjense si no hay rastro del anunciado repliegue de las tetas que el otro día mi mujer se percató de que había seguido en redes a una profesora de alemán que también era prostituta en OnlyFans. Hay para todos los gustos en este Mercadona de la divulgación llamado Instagram.
Y en estas, ahí seguimos los tontos, esperando la tesis doctoral del fin de semana que convierte cualquier pequeño acto cotidiano en panfleto de propaganda para soliviantar a la masa y crear polémica. Algunos encuentran placer en estos tratados de filosofía al por mayor; otros, como Manolo, disfrutan del día en la playa. Y no es raro que el segundo salga ganando porque, en general, uno es más feliz sin inmiscuirse en los procesos mentales y sentimientos del prójimo. Cada cual se corre como puede, que diría Cela. Desde luego, vivimos en una época de pajas mentales.

