La izquierda tendría que pedir perdón a sus votantes y simpatizantes por los espectáculos bochornosos a los que estos se ven sometidos, una y otra vez. Quienes estuvimos implicados alguna vez en algún partido de izquierdas, claro, tendríamos que pedir perdón por no haber sido capaces de parar el bochorno a tiempo, por no haber hecho más. Quien me lea quizá no sepa o quizá ya no recuerde que abandoné Sumar hace algo más de un año, agradeciendo la confianza a quienes en mí habían confiado. Yo era, por aquel entonces, secretaria de Comunicación y una de las cuatro coordinadoras generales de aquel momento de coordinación colegiada transitoria: poco de lo que sucediera en aquella formación política podía resultarme ajeno.
A principios de esta semana dimitió como secretaria de Organización de Movimiento Sumar Laura Moreno, hasta hace no tanto tiempo persona de confianza y del círculo más estrecho de Lara Hernández, cocoordinadora general desde la última asamblea de Movimiento Sumar, en la que yo ya no participé. No culpo a quien me lea si estos nombres no les suenan de mucho. No es lo importante. Lo importante son lo graves que son los motivos que argumenta Laura Moreno en su carta de renuncia. Afirmaba que “el silencio ante lo que yo, humildemente, considero injusticias produce impunidad y acaba reproduciendo las injusticias”. Señalaba “la falta de respeto que [la dirección de la cual había formado parte] ha cometido contra su gente, sus militantes, su organización”.

Denunciaba que la coordinadora general de Sumar habría desatendido que, en los documentos surgidos de la asamblea que la ratificó, se exigía que la figura de coordinación estuviera dividida en dos personas. Denunciaba la presunta manipulación de unas elecciones primarias en el proceso autonómico valenciano, en las cuales, según su carta, se habría excluido a una candidatura alternativa que, de acuerdo con el acta informática posterior, habría sido en realidad la más votada, en favor de otra encabezada por un trabajador en el Congreso del diputado Txema Guijarro, afín a Hernández. Denunciaba el deterioro en su salud mental por un presunto mobbing laboral por parte de la propia coordinadora general y exponía “una investigación interna tras una denuncia interpuesta por seis altos cargos dirigentes institucionales y orgánicos que pudieron observar comportamientos preocupantes de Lara Hernández hacia algunos trabajadores”.
No tengo relación personal con Laura Moreno: mi relación con ella fue estrictamente profesional y, dentro de eso, cordial. Ya no me une ningún vínculo orgánico o político a Movimiento Sumar: me di de baja como militante poco tiempo después de dimitir de todos mis cargos, en marzo de 2025. Se supone que hoy, 11 de junio, se convocará una próxima Asamblea: no podré votar en ella, ni tengo intención de hacerlo, porque ya no tengo carnet de nada ni intención de recuperarlo. Lo que sí me importa, mucho más que la lealtad partidista: que las personas que dirigen los partidos políticos a los que se supone que tengo que votar sean personas decentes, honestas, dignas de los puestos que ocupan.

Que no cometan injusticias ni las reproduzcan, que no callen, que no se traicionen sólo por peleas de poder o bandos. Es la preocupación de una ciudadana, no la preocupación de una militante. Con sinceridad lo digo: quiero poder votar al espacio político que representa Sumar en las próximas elecciones y no me apetecería tener que hacerlo con vergüenza ante un espacio en el que he militado. Como no me apetece tener que hacerlo con vergüenza, hay varias cosas que considero inaceptables.
Doy crédito a lo que relata Laura Moreno, al menos en lo que toca al modo de proceder que yo misma conocí: ese modus operandi ya existía antes de la última Asamblea de Sumar, anterior por tanto a los hechos que ella sitúa. Por no complicar la situación de mi partido en un momento difícil, y por respeto y lealtad tanto a Yolanda Díaz como a otra mucha gente trabajadora y capaz que estaba y sigue dentro, callé mucho al abandonar la formación y traté de ser lo más escueta posible en mis declaraciones públicas. La realidad era otra. Desde poco tiempo después de mi nombramiento como una de las cuatro integrantes de la coordinadora interina, junto con Lara Hernández, tras la dimisión de Yolanda Díaz como coordinadora después de las elecciones europeas, Hernández se negó casi sistemáticamente a reunirse conmigo cuando yo se lo proponía. Pasó a tratarme como a una enemiga, pese a que yo intentara hacerle llegar, incluso por personas interpuestas, que no tenía ambición ni interés en competir con ella, ni por los puestos de salida de unas listas que no me interesaban.
El trato se desplazó entonces a personas de mi equipo: según me trasladaron quienes trabajaban conmigo, les gritó por teléfono o los sometió a silencios prolongados. No interpuse ninguna denuncia interna porque, en aquel momento, era su departamento, Organización, el que la habría tramitado. Cuando ese trato alcanzó a una trabajadora a mi cargo, consideré que se había cruzado una línea roja, y a partir de ahí prácticamente no hubo comunicación entre nosotras. Aquella trabajadora dejó el partido por otros motivos, aunque animada también por el trato de la futura coordinadora general. Cuando todo esto sucedió, trasladé que lo más probable era que la siguiente en marcharme fuera yo: por la tensión insostenible con mi departamento, y porque no estaba dispuesta, por principios, a votar una lista que mantuviera a Hernández al frente de la organización. Hubo intentos de mediación que nunca obtuvieron respuesta. Algunas personas me pidieron que me presentara a la coordinación, sola o junto a ella; respondí que no tenía sentido codirigir con quien no me dirigía la palabra y que no aspiraba a ese puesto. Sin alternativa a esa forma unilateral de decidirlo todo, cogí mis cosas y me marché.

La política no debería ser así. No había entre nosotras discrepancias ideológicas profundas: Hernández aplaudía a menudo mis intervenciones en la ejecutiva o recogía después mis argumentos; lo que parecía preocuparle era conservar su poder. Para conservarlo no parecía descartar ningún gesto: el silencio, la reprimenda, el corte por lo sano. Su comportamiento no explica por sí solo el declive de Sumar, pues eso tiene que ver con decisiones equivocadas acumuladas, con una hoja de ruta inexplicable y con la incapacidad de la formación para despegar. Pero una nave pilotada así difícilmente llega a buen puerto. Por eso pensé, tras el comunicado de Laura Moreno, que constataba la vigencia de esas prácticas, que alguien que dirige de ese modo no debería ser coordinadora, ni candidata, de un espacio político que se pretende abierto, progresista o emancipador. En este espacio de tiempo, hemos dimitido muchas personas, al menos dos de ellas, Laura Moreno y David Comas, nombradas dentro de la propia ejecutiva de Hernández. Resultaría difícil de creer que todas estuviésemos concertadas, ya desde fuera, sin responsabilidades dentro, sin que nuestras experiencias hayan sido al menos en algo parecidas.
No es tan difícil reclamar una izquierda que no dé vergüenza ajena. No estoy convencida de que la forma de reclamarla sea a través del silencio y callándose los abusos que una ha visto bajo el escudo de que las guerras internas no hacen bien a nadie. Escribo esta columna con la convicción, de hecho, de que esto ya no es una guerra interna: es una cuestión de decencia y dignidad, que es lo que debería primar en cualquier política que se suponga decente y digna. Ojalá quienes quedan dentro de esa formación sepan encauzar este incendio de la mejor manera posible: es decir, para que en las próximas generales quede una alternativa política decente, limpia, compuesta por personas decentes, limpias, a la cual podamos votar, quienes ya sólo aspiramos a eso, con decencia y sin vergüenza. Que no vuelva a tolerarse el maltrato laboral en ningún espacio político de izquierdas. Lo contrario, seguir la senda hasta ahora emprendida, sería seguir escribiendo el perfecto manual para enterrar un partido político.

