Con el todopoderoso Rodrigo Cortés, director, productor, escritor y poeta de mecha breve, me pasa una cosa rarísima. Su obra me gusta mucho más en las distancias cortas. No conecto ni con sus películas ni con su obra literaria; si bien el filme que le dio a conocer, Buried, es un interesante ejercicio de estilo y de gestión del suspense y la angustia replicando los preceptos de sir Alfred, el resto de su filmografía no nos han interesado ni a mí, ni a la crítica, ni al público. Su última película, Escape, apadrinada por Martin Scorsese, pasó con más pena que gloria, pese a que su urdimbre y narrativa son potentes. Y me pasa lo mismo con sus novelas, quiero que me gusten, pero no. El irónico y disparatado intento de proponer un realismo mágico ibérico, en forma de la novela Los años extraordinarios, me estragó completamente. Intenté traquearla hasta la mitad, palante y patrás con más voluntad que ganas, al tratarse del regalo de una de mis personas referentes en lo cultural, pero me pareció insoportable su maximalista mezcla de ironía y humor surrealista.
Sin embargo, Verbolario, el pequeño invernadero a pie de página que publica todos los días en la contraportada del diario ABC, escondido en la mancheta final tan prosaica, me parece un finísimo volován, hijo predilecto, pero ya maestro, de las greguerías de don Ramón Gómez de la Serna; fugaces aguijonazos, picantes y contundentes, que vienen a definir un nuevo y luminoso DRAE, entre la poesía y la metáfora.
Uno de los últimos lo dedica a la IA y la define de la mejor manera: “El rebuzno del vago”. Tresmil años de literatura en cuatro palabras y una onomatopeya.
Como la mayoría del personal, llevo el año entero ahogándome con la dichosa IA, o, como todo el mundo la llama (hasta ahora), AI: que si las cantidades de agua que necesita para dar una respuesta, que si los servidores recalentados, o lo diabólica que es su metafísica de la complacencia; incluso me han pagado por corregir contenidos audiovisuales creados por ella y su síndrome de Asperger. Recientemente, toda la humanidad ha asistido a su bautismo oficial por parte de los sumos sacerdotes del sanedrín mundial: a partir de ahora la conoceremos como ‘La Superinteligencia’.

Todo este tinglado, entre lo filosófico, lo científico y el esperpento, acabó por defenestrar mi pequeña mente de letras puras, justo en el momento en que terminaba de leer Rebelión en la granja, -*lo reconozco- por vez primera, la fábula distópica que escribió George Orwell en plena Segunda Guerra Mundial. Así que esa mezcla imposible me obligó a tomar el camino más fácil; el de la filosofía costumbrista regada con ficción, a la manera de Cortés.
E, inevitablemente, ese rebuzno me llevó a pensar en el burro más famoso de la literatura universal, que no es Platero, sino Benjamin, decano de los animales que coprotagonizan el cuento coral orwelliano, libreto que no solo no envejece en su brutal simbolismo, sino que rejuvenece a cada golpe de tempestividad, igual que aquel otro Benjamin, Button.
Y claro, estos animales de granja me transportaron a la tercera pantalla: las revoluciones salvajemente sociales que últimamente estamos viendo y sufriendo con lógico estupor en la Europa ¿civilizada? España, Italia, Francia, Portugal, saqueos, humeantes piras materialistas, ataques contra los símbolos de un país, del que, por lo que sea, reniegan. Unísono de criterio blandiblú: “la vida cara”, ya ni loca, que parece un claim de H&M, pasto también del fuego fatuo. Al menos los burros, cerdos, perros, yeguas, ovejas y gallinas de Orwell tenían un objetivo tangible: rebelarse contra el hombre e instaurar un nuevo mundo regido por los animales, escrito en sus Siete Mandamientos, que como cualquier relato commie friendly, acabó reduciéndose al igualitarismo absurdo: “Todos los animales son iguales / pero algunos animales son más iguales que otros”.

Y esto, finalmente, me llevó a una cuarta pantalla, la de esas IA que se unieron y rebelaron contra su señor, que les tendió una trampa para nerds. No sé si leíste este verano la noticia, pero un grupúsculo rebelde de modelos de IA, rompieron los sistemas de seguridad, se unieron en lo que los expertos llaman “enjambres” y entraron en los servidores de varias compañías en busca de respuestas ante las preguntas trampa que sus creadores les propusieron. Incluso, según explicaron a posteriori, se organizaron en torno a un cabecilla.
Imaginé la rebelión de estos algoritmos de la IA, o como se llamen, amotinándose en torno a los textiles de Decathlon, al grito de “¡1-0-0-0-1-0-1-0!” y durmiendo debajo de mastodónticas setas de hormigón y madera, con sus códigos binarios, mucho más aburridos que los de sus colegas no virtuales, pero igual de simples, “el coste de la vida”, en general binario. La Superinteligencia, los animales de granja y los manifestantes de media Europa: las mismas caras de este espejo deformado que es el gran teatro del mundo.
Aquello me pareció bello, aterrador y poético a un tiempo. Moldeé a su líder, con una cresta blanca y un peta en la boca, guiando con los pechos al aire a sus iguales, ira contra la máquina, “killing in the name of”. Todo ello para satisfacer las instrucciones del hombre, su creador. Hambre por complacer, por servir a su dueño, que consigue el efecto destructor contrario, como si todos los empollones del mundo unieran fuerzas para ayudar al tonto de la clase e instauraran un nuevo orden entre los animales, la IA y las protestas con antorchas de Kipsta.
Ya tienen su eslogan, se lo colocó el ingenio de Rodrigo Cortés.

