Recuerdo los inicios de internet y la revolución que supuso en nuestras vidas. Se abría una ventana hacia un nuevo mundo hasta entonces inaccesible. De pronto podíamos superar barreras culturales, sociales y geográficas que parecían infranqueables. Descubríamos personas. Intercambiábamos opiniones e ideas. Aprendíamos de sus experiencias. Encontrábamos rápidamente respuestas a preguntas que hubieran supuesto decenas de visitas a bibliotecas.
Las redes sociales ampliaron luego aquel horizonte, convirtiendo a millones de usuarios en creadores (profesionalizados o no) de contenido. Nacía una nueva comunidad global, una nueva cultura participativa donde cualquiera podía encontrar su público, independientemente de su procedencia, edad o condición económica.
Pero algo cambió. Aquella conversación colectiva empezó a parecerse a una factoría incansable de publicaciones donde cada vez costaba más distinguir quién estaba detrás de cada vídeo o fotografía. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de expresarnos y, paradójicamente, nunca habíamos estado tan cerca del hartazgo ante la omnipresencia de las redes.
El día que las máquinas empezaron a publicar
La inteligencia artificial aceleró una transformación digital que ya estaba en marcha. Hoy cualquiera puede producir decenas de artículos, cientos de imágenes o reels aparentemente profesionales sin necesidad de pensar, escribir, fotografiar o grabar el instante.
Y es que los datos empiezan a resultar inquietantes. Una investigación de mayo de 2026 estima que cerca del 50% de una muestra de más de 55.400 artículos en inglés analizados habían sido generados principalmente mediante IA.
La cifra procede de herramientas de detección y no representa un censo exacto, ya que muchos contenidos pueden escapar al cribado, pero revela una tendencia inquietante. Hemos entrado en una era de producción de contenidos prácticamente ilimitada y al alcance de cualquiera, aunque esto no signifique obligatoriamente que se estén produciendo más contenidos de calidad.
Nos invadieron el ruido y la basura digital
Los anglosajones ya han bautizado este fenómeno como AI slop, una expresión que puede traducirse como basura de procedencia artificial. Imágenes sin pies ni cabeza, vídeos fabricados para conseguir un máximo de visualizaciones, noticias sin sentido que apenas pueden contrastarse. En LinkedIn, todas las noticias empiezan a sonar igual y sus autores parecen todos premios Nobel.
Cierto es que tanto el ruido como la basura digital existían mucho antes de que llegaran ChatGPT y sus comparsas. Las redes siempre han premiado, de una forma u otra, el contenido más morboso, llamativo, exagerado o las imágenes más provocadoras. Los algoritmos fueron recompensando a aquellos que conseguían retener nuestra atención, independientemente de su calidad. La IA no inventó esta cultura de la mediocridad. Simplemente permitió industrializarla a coste muy bajo y a gran escala.
Lo curioso de todo es que la mayoría de las plataformas que durante años nos habían llevado a publicar sin descanso empiezan a preocuparse por las consecuencias. Instagram lleva tiempo indicando el contenido creado con IA. TikTok y Pinterest también integran un sistema de etiquetado. YouTube ha aclarado sus políticas contra los vídeos repetitivos y producidos masivamente. LinkedIn, para mí una de las plataformas más perjudicadas, trata de limitar los daños. Las plataformas líderes del mercado están empezando a reaccionar ante la proliferación de un contenido de mercadillo. La propia compañía explicó recientemente que sus medidas habían conseguido reducir un 40% las visualizaciones de contenidos identificados como AI slop.
Resulta paradójico que los algoritmos de las grandes tecnológicas, diseñados para mantenernos enganchados, sean los mismos que ahora favorecen la proliferación de contenidos que amenazan con agotar nuestra paciencia.
¿Podría internet acabar fagocitándose a sí mismo? Esa amenaza, aunque invisible, empieza a resultar plausible. Durante décadas, su funcionamiento descansó sobre un intercambio relativamente sencillo. Alguien creaba conocimiento a través de sus contenidos; otro lo encontraba mediante buscadores y terminaba beneficiando al primero, de una forma u otra.

La IA alteró ese equilibrio
Según una investigación del Pew Research Center, los usuarios de Google hicieron clic en resultados tradicionales en el 15 % de las búsquedas sin resumen generado por IA, frente al 8 % cuando aparecía uno de esos resúmenes. El dato apunta a una transformación profunda. Los sistemas inteligentes pueden utilizar artículos, fotografías, investigaciones y experiencias humanas para construir respuestas más completas, pero al mismo tiempo van reduciendo las visitas a webs, blogs y plataformas de contenidos.
De hecho, el 12 de octubre de 2026, más de 40 organizaciones editoriales de distintos países, entre ellas The New York Times, AFP y The Economist, anunciaron una coalición destinada a impulsar normas para controlar y remunerar la utilización de sus contenidos por sistemas de IA.
Brotan ya las quejas de los medios informativos digitales, de sus periodistas, de los divulgadores y de los creadores de contenido. Observan cómo caen las visitas y, por lo tanto, su audiencia e ingresos potenciales. La inteligencia artificial, alimentada por un internet cada vez menos humano, podría ir dejando a mucha gente sin trabajo y sin salida. El Reuters Institute de la Universidad de Oxford publicó este mes de octubre un análisis que señalaba que las visitas de Google Search hacia cientos de medios cayeron un 40% entre julio de 2025 y julio de 2026.
La autenticidad, un nuevo lujo digital
Como suele pasar, toda tendencia tiene su contratendencia. En una era en la que cualquiera puede generar una fotografía casi perfecta, quizás recuperemos el interés por aquellas cosas que transmitan una trayectoria profesional, una huella real, una firma auténtica. Cuando la mayoría pueda publicar artículos estéticamente impecables, puede que empecemos a valorar más las opiniones fundamentadas y la voz de la experiencia.
En paralelo, resulta interesante observar el protagonismo que están adquiriendo determinados perfiles de divulgadores, profesionales y especialistas que comparten sus conocimientos personales. Cuentas de Instagram de médicos, científicos, economistas, expertos financieros que no estaban preparados para comunicar masivamente van construyendo comunidades impresionantes gracias a su credibilidad y a lo que realmente aportan, más allá de una imagen cuidadosamente diseñada.
Frente a la aparente superficialidad que domina determinadas parcelas de las redes sociales, parece recuperar protagonismo una figura que conocíamos mucho antes de la llegada de internet: el líder de opinión. Asistimos constantemente a la evolución de las redes sociales y podríamos estar llegando a un punto en el que el conocimiento y la autenticidad recuperen parte de su protagonismo.
El problema surge cuando la IA es tan avanzada que puede imitar cada vez mejor los atributos que asociamos a la autenticidad. De ahí que muchos recurramos a cometer pequeños errores voluntarios como una forma de parecer más humanos.
Volver a poner a las personas en el centro
En esta columna hemos abordado en varias ocasiones la disyuntiva entre afrontar los efectos negativos del uso de la inteligencia artificial y limitar su desarrollo con el riesgo de perder sus oportunidades. La principal dificultad reside en establecer unos límites y conseguir que todo el mundo los respete. Y eso es prácticamente imposible. Siempre existirán oportunistas que encontrarán, en cada nueva tecnología, una forma de lucrarse, aunque sea a base de engaño o trampas, pero esa no puede ser una razón para apartarla.
En el caso de la creación de contenidos, las plataformas deberían encontrar una forma de premiar a quienes realmente aportan conocimientos, creatividad y experiencias propias, independientemente de las herramientas utilizadas, y relegar a un segundo plano las publicaciones masivas, repetitivas o engañosas, cuyo burdo objetivo es alimentar los algoritmos. La IA no ha hecho nada más que llevar al extremo un modelo de internet que nosotros mismos hemos construido.
El futuro de internet podría depender precisamente de recuperar algo tan genuino como necesario de sus primeros años. Recuperar el espíritu de esas comunidades formadas por personas que no lo hacían todo por dinero o fama, sino que compartían para ayudar y disfrutaban de ello. Las máquinas pueden generar y contar millones de historias, pero vivirlas realmente sigue siendo algo profundamente nuestro.
Otra cosa que deberíamos cuidar es nuestra obsesión generalizada por publicar a todas horas. Existe una carrera por contar cosas constantemente, en gran parte para conseguir más seguidores y audiencia. Durante mucho tiempo hemos confundido popularidad con influencia y visibilidad con relevancia. Es tiempo de que las reglas del juego cambien. El problema no es que las máquinas estén aprendiendo a comportarse como humanos, sino que llevemos demasiado tiempo comportándonos como máquinas.

