Cuando el centro deja de ser la solución en Europa

El problema no es que haya perdido elecciones. El problema es que ha dejado de ofrecer una visión convincente del futuro. Y cuando una corriente política deja de producir esperanza, comienza inevitablemente a producir resignación

Macron
El presidente de Francia, Emmanuel Macron
Efe

La mayor amenaza para la democracia europea no procede hoy de los extremos. Procede del agotamiento de un centro político que ya no consigue explicar el mundo que ayudó a construir. Durante tres décadas, el centrismo gobernó Europa convencido de que la prosperidad económica, la integración europea y la globalización bastarían para garantizar la estabilidad política. Hoy, mientras crecen la desafección democrática y el voto antisistema, esa convicción se revela no sólo insuficiente, sino profundamente equivocada. Algo más profundo que una alternancia electoral está ocurriendo en Europa.

No asistimos simplemente al auge de la extrema derecha en Francia, Alemania o los Países Bajos. Tampoco a una radicalización puntual provocada por la inflación o la crisis migratoria. Lo que está entrando en crisis es el modelo político que dominó el continente desde 1989 y que se basaba en una premisa aparentemente indiscutible: la idea de que la buena gobernanza acabaría sustituyendo a la política.

Durante años, populares, socialdemócratas y liberales gobernaron bajo la convicción de que los grandes conflictos ideológicos habían quedado atrás. El objetivo ya no era transformar la sociedad, sino administrarla eficazmente. La política dejó de concebirse como una confrontación de proyectos para convertirse en una cuestión de gestión, regulación y optimización. Fue un error histórico.

Las sociedades pueden aceptar ajustes presupuestarios, reformas difíciles o periodos de incertidumbre. Lo que difícilmente aceptan es que se les diga que no existe alternativa posible. Porque cuando la política renuncia a imaginar el futuro, otros se encargan de hacerlo. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Paris (France), 17/10/2026.- Protesters clash with police guarding access to Place de la Madeleine during a demonstration against rising living costs and cuts to public services in Paris, France, 17 October 2026. The nationwide mobilization brought together Yellow Vest (Gilets Jaunes) activists, high school and university students, trade unions and other groups protesting rising living costs, fuel prices and deteriorating public services, while demanding improvements in education and school conditions. (Protestas, Francia) EFE/EPA/MOHAMMED BADRA
Manifestantes se enfrentan a la policía en París, Francia, el 17 de octubre de 2026.
EFE/EPA/MOHAMMED BADRA

Mientras las élites centristas hablaban de competitividad, gobernanza multinivel y estabilidad macroeconómica, amplios sectores de la población empezaban a experimentar una realidad muy distinta: empleos más precarios, acceso más difícil a la vivienda, deterioro de servicios públicos, inseguridad cultural e incertidumbre respecto al futuro de sus hijos.

La paradoja central del proyecto europeo contemporáneo es tan evidente como incómoda. Europa ha acumulado más riqueza, más integración y más capacidad institucional que nunca. Sin embargo, una parte creciente de sus ciudadanos percibe que dispone de menos control sobre su destino. Y la política comienza a quebrarse precisamente cuando desaparece la sensación de control.

Durante demasiado tiempo, las élites europeas confundieron estabilidad con legitimidad. Supusieron que mientras la economía creciera y las instituciones funcionaran, el apoyo ciudadano estaba garantizado. No advirtieron que la legitimidad democrática no depende únicamente de los resultados económicos, sino también de la percepción de pertenencia, reconocimiento y representación. En otras palabras: no basta con gobernar razonablemente bien. También hay que convencer a la sociedad de que existe un horizonte compartido.

Hoy ese horizonte ha desaparecido. La consecuencia más visible es el ascenso de fuerzas consideradas populistas. Pero centrar el debate en los populismos conduce a un diagnóstico superficial. Marine Le Pen, Alternativa para Alemania o Giorgia Meloni no son la enfermedad. Son el síntoma.

Rome (Italy), 20/09/2026.- Italian Prime Minister Giorgia Meloni speaks during the annual national youth festival 'Fenix, il tempo del coraggio,' organized by Gioventu Nazionale, the youth movement of the political party Fratelli d'Italia, in Rome, Italy, 20 September 2026. (Italia, Roma) EFE/EPA/MASSIMO PERCOSSI
Giorgia Meloni habla durante el festival juvenil nacional anual “Fenix, il tempo del coraggio”.
EFE

La enfermedad es la progresiva desvinculación entre gobernantes y gobernados. Durante años, una parte significativa de las élites políticas respondió al malestar social con una combinación de superioridad tecnocrática y paternalismo moral. Quienes expresaban preocupación por la inmigración eran tachados de xenófobos. Quienes cuestionaban determinados efectos de la globalización eran considerados reaccionarios. Quienes denunciaban el deterioro de la cohesión social eran acusados de nostalgia. No se combatieron las causas del descontento. Se desacreditó a quienes lo expresaban.

La factura política de ese error empieza a llegar ahora. Y quizá la mayor paradoja sea que el centro político está siendo víctima de su propio éxito. Tras décadas ocupando el espacio institucional, terminó asumiendo que su visión del mundo coincidía con la realidad misma. Dejó de percibirse como una opción política entre otras para presentarse como la única opción racional posible.

Pero cuando una fuerza política se identifica a sí misma con la racionalidad y reserva a sus adversarios el monopolio de las emociones acaba perdiendo contacto con la dimensión fundamental de la política: la capacidad de interpretar las inquietudes colectivas.

La historia europea demuestra que las sociedades no se movilizan únicamente por intereses materiales. También lo hacen por identidades, aspiraciones y expectativas. El centro europeo parece haber olvidado esta lección. Por eso la pregunta verdaderamente incómoda para los próximos años no es si los populistas seguirán creciendo. Tampoco si la extrema derecha llegará al poder en más países.

Alemania
Un mitin de campaña de Ulrich Siegmund, candidato de la ultraderecha AfD en Sajonia-Anhalt, en Naumburgo, Alemania
Efe

La cuestión decisiva es si el centro político conserva todavía la capacidad intelectual y moral para reinventarse. Porque el problema no es que haya perdido elecciones. El problema es que ha dejado de ofrecer una visión convincente del futuro. Y cuando una corriente política deja de producir esperanza, comienza inevitablemente a producir resignación.

Europa necesita reformas económicas, industriales y estratégicas. Necesita responder al desafío demográfico, a la competencia china, a la revolución de la inteligencia artificial y a la fragmentación geopolítica. Pero, sobre todo, necesita reconstruir una narrativa política capaz de reconciliar libertad y protección, apertura y pertenencia, integración y soberanía democrática.

Si el centro es incapaz de asumir esa tarea, su declive continuará. No porque los extremos sean necesariamente más competentes. Sino porque una sociedad que deja de creer en quienes la gobiernan termina buscando respuestas en quienes prometen cambiar las reglas del juego.

La verdadera crisis europea no es el avance de los populismos. Es que millones de ciudadanos empiezan a sospechar que quienes han gobernado Europa durante los últimos treinta años ya no comprenden el mundo que tienen delante. Y una democracia puede sobrevivir a gobiernos impopulares. Lo que difícilmente sobrevive es a unas élites que han dejado de entender a la sociedad que pretenden representar.