La Puerta del Sol reúne estos días dos fenómenos distintos, aunque las imágenes los confundan. Hay una movilización social que reclama viviendas asequibles y condiciones de vida dignas. Y hay grupos militantes que aprovechan la concentración para desplegar sus banderas. A un lado, la hoz y el martillo; al otro, símbolos fascistas. La historia de Maricarmen Abascal encendió una protesta alimentada por años de malestar. Pero ni los símbolos revolucionarios identifican a todos los manifestantes ni los jóvenes que acuden a increparlos representan a una generación entera.

El 12 de octubre, grupos ultras se acercaron a la acampada con insignias falangistas, cánticos franquistas y amenazas. Los incidentes dejaron cinco detenidos y un policía herido. “En la manifestación o en la acampada provivienda hay colectivos de todo tipo, de izquierdas, otros que no tienen un anclaje político y también hay gente, evidentemente, que porta banderas antifascistas, etcétera”, explica Antonio Álvarez-Benavides, sociólogo de la UNED especializado en estudios de extrema derecha. “Pero el foco central, en este caso, de la movilización tiene que ver con la vivienda”, advierte.
La indignación no es una ideología
Una cosa es el descontento, otra el extremismo antidemocrático. Defender transformaciones no justifica la violencia o apelar a símbolos de las dictaduras. Álvarez-Benavides rechaza la idea de dos extremismos creciendo en paralelo: “Lo que sí que se ha producido es un deslizamiento del eje izquierda-derecha hacia la derecha. Es decir, que posiciones que antes eran abiertamente de extrema derecha cada vez se están normalizando más”. El experto constata en los últimos diez años un proceso de radicalización de muchas personas hacia posiciones de derecha, especialmente de hombres. Señala, entre otros indicadores, la aceptación creciente de determinados discursos contra la inmigración.
El informe Jóvenes españoles 2026, de la Fundación SM, proporciona algunas pistas: el 68% expresa poca o ninguna satisfacción con el funcionamiento de la democracia; el 55,8% considera que a veces hace falta mano dura, aunque se sacrifiquen libertades, y el 47,4% cree que una dictadura puede garantizar en ocasiones una convivencia más pacífica. Sin embargo, alrededor del 60% sigue respaldando la democracia. Un 23% afirma que perdería amistades por diferencias políticas. Hay señales de tentación autoritaria, pero no una juventud uniformemente intolerante.

Antes que a los grandes tratados ideológicos, muchos jóvenes se enfrentan a unas cuentas que no cuadra. Según el Consejo de la Juventud de España, solo el 14,5% ha conseguido emanciparse. Alquilar una vivienda en solitario consumiría, de media, el 98,7% de su salario. Estudiar y trabajar no garantiza independizarse. La frustración produce extremismo, pero también genera sindicalismo, abstención o agotamiento. El riesgo aparece cuando la expectativa de progresar choca con las oportunidades reales. Cuando falla la promesa de movilidad social, los relatos que ofrecen culpables claros y soluciones inmediatas encuentran más oyentes.
Una juventud políticamente fragmentada
El estudio Junges Europa 2025, de la Fundación TUI, entrevistó a 6.703 personas de entre 16 y 26 años en siete países europeos. Solo el 57% prefiere la democracia sin reservas y el 21% aceptaría una forma de gobierno autoritaria en determinadas circunstancias. Quienes se sitúan a la derecha del centro pasaron del 14% en 2021 al 19% en 2025. El 32% se considera de izquierdas y otro 33%, de centro. La extrema derecha conquista espacios, pero los veinteañeros no piensan todos igual. Tampoco el voto a una coalición de izquierda demuestra adhesión al comunismo revolucionario.
Las urnas europeas muestran una juventud políticamente fragmentada, más inclinada a cuestionar a los partidos tradicionales que a abrazar una misma ideología. En Alemania, las elecciones legislativas de febrero de 2025 revelaron que, entre los menores de 25 años, Die Linke obtuvo el 27,3% de los votos, frente al 19% de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). La división también es visible en Francia. Un sondeo de Odoxa publicado en octubre de 2026 sitúa las intenciones de voto de los jóvenes de 18 a 24 años en el 45% para Jean-Luc Mélenchon y el 24% para Marine Le Pen.

En Polonia, las presidenciales de 2025 ofrecieron otra imagen de esa polarización. El ultraderechista Sławomir Mentzen consiguió el 34,8% del voto juvenil, mientras que el izquierdista Adrian Zandberg alcanzó el 18,7%. Italia introduce un matiz diferente: en el referéndum constitucional de marzo de 2026, el 61,1% de los votantes de entre 18 y 34 años rechazó la reforma judicial impulsada por el Gobierno de Giorgia Meloni.
El atractivo psicológico
¿Por qué reaparecen ideologías vinculadas a episodios históricos que sus nuevos simpatizantes no han vivido? La psicología social puede aclararnos algo. Michael Hogg desarrolló la teoría de la incertidumbre-identidad: cuando una persona no sabe bien quién es ni dónde encaja, puede sentirse atraída por grupos de fronteras nítidas, discursos tajantes y dirigentes seguros de sí mismos. El psicólogo Arie Kruglanski y la investigadora Molly Ellenberg opinan que la radicalización puede surgir del encuentro entre una necesidad de sentirse importante, un relato que da sentido al agravio y una red de personas que lo confirma y recompensa. Importa el grupo que proporciona reconocimiento y una misión.
Esto puedo explicar, en parte, el atractivo de las banderas heredadas. El imaginario fascista ofrece a sus seguidores una fantasía de orden, fuerza y pertenencia nacional; el comunismo revolucionario, la promesa de igualdad, ruptura y justicia social. Sin embargo, lucir una hoz y un martillo o compartir un vídeo nostálgico no permite saber cuánto conoce alguien de las represiones históricas ni qué régimen político defendería realmente. A veces el símbolo precede al pensamiento.

La guerra íntima de los sexos
Hay un malestar particularmente intenso entre algunos hombres jóvenes. Álvarez-Benavides observa que las frustraciones laborales, afectivas o residenciales pueden reinterpretarse como consecuencia de las conquistas femeninas. “Es algo muy complejo. Muchos autores están estudiando el tema de la manosfera, es decir, cómo en las redes sociales se producen estos discursos de odio”.
El Barómetro Juventud y Género 2025 de Fad Juventud revela que el porcentaje de jóvenes que se identifican como feministas descendió del 49,9% en 2021 al 38,4% en 2025. Pero también registra que el 77,4% defiende la igualdad de derechos y responsabilidades dentro de la pareja. Rechazar una etiqueta no implica rechazar la igualdad. “Es un proceso global, es decir, que no solo afecta, en este caso, a España, sino que lo vemos en otros países occidentales, cómo se empiezan a cuestionar ciertos derechos que las mujeres habían obtenido y van conquistando”, añade el sociólogo. En algunos espacios digitales, la sensación de pérdida de estatus masculino encuentra una explicación sencilla. Otros (las mujeres, los inmigrantes, las élites…) serían los responsables.
La llamada del móvil
“Las redes sociales tienen un papel determinante porque es el mecanismo fundamental a través del cual los jóvenes acceden a la información”, señala Álvarez-Benavides. La Fundación SM recoge que el 50,5% sigue activamente a creadores de contenido y que, entre ellos, el 32% reconoce haber cambiado alguna vez de opinión tras escucharlos. Telegram, vídeos cortos y comunidades cerradas permiten convertir agravios dispersos en una identidad compartida.
La Comisión Europea advirtió en 2025 de que algunos grupos extremistas utilizan estrategias digitales, códigos de videojuegos y mensajes aparentemente inofensivos para atraer a menores. Pero no está demostrado que las plataformas provoquen por sí solas el giro autoritario. Una investigación de Javier Lorente e Irene Jiménez-Bravo, publicada en Frontiers in Political Science, encontró una asociación entre la confianza en las redes y un menor respaldo democrático entre varones jóvenes, aunque no confirmó un efecto general estadísticamente significativo para toda la juventud. También detectó desafección entre jóvenes centristas.
Álvarez-Benavides admite la dificultad de responder: “Lamentablemente, es muy difícil controlar estos contenidos y es muy difícil contrarrestarlos. La educación sería el vehículo fundamental para prevenir este tipo de actitudes, pero también las políticas públicas”.
La responsabilidad de los propios dirigentes políticos
Cuando un representante público convierte sus redes sociales en un escenario de descalificaciones, presenta al adversario como un enemigo y sustituye los argumentos por insultos, degrada el debate y modifica los límites de lo que sus seguidores consideran aceptable. Entre los más jóvenes, que construyen buena parte de su identidad política en el entorno digital, ese lenguaje puede convertirse en un modelo de comportamiento.

Un estudio de la Universidad de Yale, publicado en Science Advances, demostró que la indignación expresada en las redes se refuerza mediante las recompensas sociales y la imitación de las normas del grupo. A ello se suma que los mensajes más agresivos pueden adquirir una visibilidad desproporcionada, alimentando la percepción de que la sociedad está mucho más enfrentada de lo que realmente está. La radicalización no es una consecuencia automática de ese clima, pero la normalización de la hostilidad facilita que el desacuerdo deje de entenderse como una condición de la democracia y empiece a vivirse como una guerra entre identidades irreconciliables.
En opinión de Álvarez-Benavides, enseñar historia, contrastar información y discutir sin deshumanizar al adversario resulta imprescindible. También lo es ofrecer perspectivas de trabajo, vivienda y autonomía. Ninguna lección de civismo sustituye un futuro digno. La amenaza no está en una generación que protesta, sino en la posibilidad de que algunos jóvenes, cansados de esperar respuestas, confundan la contundencia de una consigna con la solución a su vida.

