Muchos de mis amigos han resumido sus vacaciones publicando una galería de fotos de recuerdo en Instagram. Son imágenes de banquetes, del eclipse, de paseos por el mar o la montaña, de encuentros familiares, de prácticas deportivas y variopintos monumentos. Hay de todo en el escaparate y no me parece postureo. A algunos les gusta compartir su felicidad con los demás y si se lo han pasado fenomenal, lo cuentan.
Las redes se han plagado de luz y de momentos inolvidables bajo la coletilla de que la vida siempre debería ser así. Ojalá. Pero si no nos toca la lotería, hay que poner de nuevo la alarma y engancharse a la rutina laboral.
Ahora llega el síndrome postvacacional. Algunos de los síntomas, como fatiga o irritabilidad, ya nos los conocemos. También sabemos que suelen durar unas dos semanas. Pronto estaremos como siempre, sin parar.
El otro día leí que el 65% de los profesionales españoles afirma experimentar elevados niveles de estrés, aunque el 84% se siente realizado con su trabajo. Es la principal conclusión de un estudio de ManpowerGroup España y, la verdad, da que pensar. Estamos enfermos, en todos los sentidos.
Por si fuera poco, a la ansiedad se suma que el mes de septiembre no es fácil para el bolsillo. Ya no nos podemos dar todos los caprichos que queremos y encima la vuelta al cole. Un informe de la Organización de Consumidores y Usuarios dice que el gasto por alumno para este curso es un 4% más caro que en el anterior. En los últimos años se ha ido disparando con el pago del comedor, la compra de los libros de texto, el uniforme y el material escolar o informático.
Está claro que la operación retorno es difícil. Los datos ayudan a comprender la situación. Pero, por lo general, a la gente le dan pavor. Huye en cuanto ve números y porcentajes en un texto. A mí, sin embargo, me gusta que se cuantifique todo para saber bien a qué nos enfrentamos.
Por eso, en agosto me vi algo desbordada con lo que se nos iba contando de Ceuta. No me cuadraba ninguna cifra. El Gobierno daba una, el Ejecutivo de la ciudad autónoma la corregía con otra mayor y luego estaban las que manejaban la Policía y las ONG. Ese descontrol sólo aumenta la sensación de caos.
Lo que ocurre es que no estamos contando las piezas de un motor que salen de fábrica, sino que estamos hablando de personas. Algo que muchos olvidan. Además, el proceso de filiación es lento y hay que ver cada historia con detalle. Hay quien solicita asilo o protección internacional y también posibles situaciones de vulnerabilidad.
Yo entiendo el hartazgo y el malestar del pueblo ceutí. Se ha sentido desamparado en un panorama muy complicado. Pero también creo que a los migrantes no se les puede negar la sanidad y el alimento. Es una locura detener a la Cruz Roja. No se puede deshumanizar lo que está ocurriendo.
Además, creo que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tenía que haber interrumpido sus vacaciones por muy cansado que esté de protagonizar una serie de Netflix en la que a España le pasan mil y una desgracias. Eso habría sido mejor que mandar a un carrusel de ministros. No se puede tardar tanto en reaccionar y menos en nombrar a un mando único.
Tampoco me ha gustado la posición de la oposición. He visto a Alberto Núñez Feijóo completamente ‘abascalizado’. La cuestión es que el líder del PP ya no tiene otra cosa en la cabeza que la convocatoria de las generales. Todos sabemos que no acudirá a la concentración de esta tarde por solidaridad, sino para protestar contra la gestión del Ejecutivo.
Ayer se anunciaron 309 millones de euros para poner fin a la crisis, pero hace falta algo más para acabar con ella: la garantía de que esto no se va a repetir. Sin duda, el regreso está siendo muy duro.

