Ave Begoña Petrísima, imputada concebida. León XIV ha obrado una especie de milagro durante su viaje apostólico a España: si Saulo de Tarso tuvo su cristofanía caminito de Damasco, presto a degollar o apedrear a cuantos cristianos pudiera, el Santo Padre ha conseguido que Pedro Sánchez, “ateo a secas, ateo, ateo”, asista a una eucaristía por vez primera desde que plancha la oreja en Moncloa, es decir, desde hace ocho años. A diferencia de las víctimas de la pandemia, de las de la dana o de las del accidente ferroviario de Adamuz, para el yerno de Sabiniano, la inauguración y la bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia sí que bien vale una misa.
Gloria a Dios en las alturas y en las bajuras: salvo los apóstoles del centrocentrismo, los monaguillos de Arcadi Espada, los savonarolas puigdemontoneros y tres o cuatro sectarios de la podemia voxera, todo cristo anda encantado por la visita papal. Incluido Sánchez, transformado en rémora, zoológicamente hablando, quiere decirse: la Remora remora es un pez teleósteo marino, del suborden de los acantopterigios, que se adhiere a animales mayores y se alimenta de sus parásitos y de las sobras de sus alimentos.
De la misma forma, el jefe del Ejecutivo se ha pegado a Prevost en pos de su beneficio: el lunes, encuentro en la Nunciatura Apostólica y discurso en el Parlamento; el miércoles, misa en la basílica de Gaudí; el jueves, acto en el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, con voluntarios, inmigrantes y personal de rescate. El acompañamiento gubernamental ha sido colegiado y exhaustivo: a la Sagrada Familia también acudieron su esposa y catorce ministros; a la vigilia de Madrid, la ministra de Igualdad, Ana Redondo; al acto cultural en el Movistar Arena, Carlos Cuerpo, Yolanda Díaz, Sara Aagesen y Milagros Tolón; al encuentro del Bernabéu, Isabel Rodríguez y Elma Saiz; a la misa del Corpus, la ya citada ministra de Educación. Nadie descarta que alguno vaya de polizón y le pida al Papa una habitación en el Palacio Apostólico. Moncloa justifica semejante desembarco capillita alabando el discurso “humanista” de León XIV –sobre la defensa de la vida del Pontífice o, lo que es lo mismo, sus críticas al aborto y a la eutanasia, ni mú– y, en el caso de la eucaristía en la Sagrada Familia, “signo de unidad y de concordia” según el Santo Padre, refugiándose en su “carácter cultural”, un arcón absurdo en el que lo mismo te meten la Torre de Jesús que Sidosa.
Todo ha salido bien en este viaje apostólico. León XIV nos demostró que, cuando arrinconamos a Caín, el Estado funciona. Y Sánchez, como Ayuso, Illa, Almeida y Collboni, puede sacar una magra tajada de ello. Amén de envolverse en una magnífica cortina de humo, ha proyectado su imagen institucional, ha reforzado los mensajes en los que supuestamente –el adverbio es importante– coincide con el Papa mientras le colocaba el traje de asustamonjas a Vox, ha remarcado su presencia en Cataluña, su granero electoral –recordemos que, en las generales de 2023, ganó en las cuatro provincias–, y hasta ha promocionado a Víctor Ángel Torres en Canarias.
Como el caimán p’a la Barranquilla, vuelve el Papa al Vaticano y deja a Sánchez, en efecto, sitiado por un ejército de jueces, fiscales, maderos y picoletos que investigan la presunta corrupción de su Gobierno, de su partido y de sus familiares; pero también con la cara lavada, un Mundial en marcha y un verano en ciernes. Hay partido. Vaya que si lo hay. Este se planta en un concierto de Hakuna y a la salida convoca elecciones.

