Está claro que al Gobierno de España le interesa más hablar de la vivienda que de Ceuta. Y eso nos da perfectamente el pulso de cómo está la situación, porque de las dos dejaciones de funciones ninguna habla bien de un Ejecutivo que ya ha terminado de retratarse como inútil, impotente e irresponsable. El foco ha cambiado, pero de la Playa del Trampolín a la Puerta del Sol cabe una eternidad de incompetencia irrefutable que deja a Pedro Sánchez y a su partido sin capacidad siquiera de hilvanar un relato que posea un mínimo de coherencia.
La potente imagen de la octogenaria desahuciada hizo que explotara el clamor social que llevaba más de una década gestándose, y que lo hiciera a través de una casuística muy concreta que para nada es representativa del problema estructural que lleva tanto tiempo coronando, según cualquier encuestadora de nuestro país, la principal preocupación de los españoles. Con lo de Mari Carmen el guion fue el de siempre. Agarrar la nueva polémica para desviar la antigua y redirigir la culpa hacia las crueles comunidades autónomas gobernadas por el PP. Pero claro, esta vez el tiro salió por la culata.
Porque, aunque es cierto que el fenómeno tiene autores de uno y otro signo ideológico, a nadie se le escapó que Pedro Sánchez y su Gobierno progresista llevan ya más de siete años en la poltrona y no han sido capaces de mover ni un dedo para solucionar y cumplir con una de las principales promesas de regeneración que habían acordado. Se ha vuelto a ver al desnudo la gran farsa de julio de 2023, que no es otra que esa que decía que había una mayoría de investidura progresista. La inacción, el pasar los días esquivando las cosas del comer para andar ensimismado en el verso, en el relato y en la alimentación del frentismo, no salen gratis. Gobernar en el delirio de estar haciendo oposición a la oposición desde el Consejo de ministros acaba por tener consecuencias. Y cuando han llegado esas consecuencias a Sánchez se le ha terminado de caer la careta.
Después de ocho años de inacción, de repente, se ha querido solucionar todo con una semana de populismo de la peor estofa. Con la acampada de Sol de fondo y la reacción social del activismo de la izquierda a la izquierda, personificado en el Sindicato de Inquilinos, dirigiendo la conversación en las calles, el presidente habló de solucionar a contrarreloj un drama de años. A prisa y corriendo, de la noche a la mañana, el Gobierno ha decidido abrir un melón que llevaba mucho tiempo sobre la mesa. Entonces, en un nuevo aquelarre cosmético, planteó que la solución iba a ser un decreto, o dos, en materia de vivienda. Y se puso a performar una heroicidad ridícula que rompe en un nuevo chantaje de sus socios y en escenas tan dantescas como las de la ministra de Vivienda balbuceando sin saber del todo qué es lo que se estaba negociando o el de la vicepresidenta del Gobierno llamando a manifestarse contra el propio Gobierno.
Nunca sale bien lo de legislar en caliente, y menos con toda la demagogia que se está derrochando durante estas horas. El PSOE se encuentra en un auténtico callejón sin salida porque la mayoría de sus votantes son propietarios. El sindicato de inquilinos se ha situado en una postura de máximos en la que amenazan con la Huelga General y vienen a hablar de no pagar los alquileres. El hartazgo, canalizado por venazos utópicos, hace que nada de lo que vaya a salir del famoso decreto contente completamente a los que están alborotando las calles. Una minoría que posee el gran poder de las plazas, está haciendo que el PSOE y los partidos a su izquierda arrastren los pies y tengan que reconocer que no han hecho nada durante dos legislaturas.
El problema es que este momento histórico, que se está queriendo pintar como la apertura de una nueva etapa, en realidad tiene más que ver con la desesperación de tapar boquetes con tiritas que de afrontar el meollo de la cuestión. Solo hay que ver cómo nuestros legisladores en vez de orientar el debate hacia lo serio, están en lo anecdótico. Si de verdad van a cambiar las reglas del juego lo tendrán que explicar muy bien, pero no, hablan de expropiar en vez de construir. Infantilizan de nuevo un asunto capital para la vida de la gente, sabiendo perfectamente que sus propuestas cosméticas pueden incluso agravar lo que está ocurriendo en vez de solucionarlo. Que el remedio sea peor que la enfermedad. Porque la imprudencia de comprar los marcos de los extremos, esos que atacan a la propiedad privada y proponen descabellar a los señores feudales, sin distinción entre los grandes fondos con los pequeños tenedores, lo que está consiguiendo es que cunda una psicosis entre los propietarios, desincentivando que quieran alquilar sus propiedades.
Propiedades, por cierto, que se han ganado con su esfuerzo y su trabajo en la mayoría de los casos. Es muy peligroso el tratamiento ventajista de jugar a la demagogia en vez de poner sobre la mesa el principal problema: que no se construyen viviendas y que cada vez hay menos oferta. No tiene buena salida el PSOE, un partido asediado por la corrupción, preso de la gran farsa de una mayoría impotente, que tiene Ceuta en un estado de excepcionalidad sin visos de mejorar y que le ha explotado en la cara el problema de la vivienda. Por mucho que se instalen en la realidad paralela, no pueden borrar que llevan ocho años en el poder. Se les ha caído el techo de su vivienda y, aunque no lo cuente Tezanos, también está empezando a temblar el suelo. Cada vez las grietas serán más grandes.

