Opinión

Tres peluches en la cama de una vagabunda

José Luis Martínez Almeida y Begoña Villacís
Actualizado: h
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Arrastra el indigente una maldición como de Caín: “Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra”. Jehová le tatuó al primer fratricida bíblico una señal “para que no le matase cualquiera que le hallara”. Los miserables, los extremadamente pobres, también suelen ser reconocibles por sus diferentes marcas, copulativas o disyuntivas, según su especie: el olor a bodega, el filtro cetrino, una dentadura no apta para anunciar dentífricos, un vestuario desaliñado, una letanía inaudible, la mirada herida, siempre herida, supurando un miedo esquivo, asustadizo y justificadamente animal. El bochacay es un Sísifo que carga con un pesado pedrolo, su vida astillada, que puede aplastarle en cualquier momento en forma de hipotermia, cirrosis hepática, violación, paliza mortal, etcétera. Repertorio de iniquidades no falta.

El INE publicó una “Encuesta a las personas sin hogar” en octubre de 2022. Entonces, 28.552 mendigos habían utilizado los centros asistenciales de alojamiento y/o restauración. La paridad no ha calado en esta facción del lumpemproletariado: el 76,7% de los vagabundos son tíos, pero el organismo público destaca que la proporción de mujeres ha aumentado hasta el 23,3% respecto al 19,7% del año 2012. El 50,1% tiene la nacionalidad española. Por edades, el 51,1% no llega a los 45 años, y el 43,3% ronda entre los 45 y los 64. Estos fantasmas duermen en soportales y cajeros, convirtiéndolos “en un hotel de mil estrellas” (Los Rodríguez), sobre todo, por empezar de cero tras llegar desde otro país (28,8%), por perder el laburo (26,8%), por un desahucio (16,1%), por una ruptura sentimental (14,1%) o, lo más escalofriante, por una hospitalización (11,1%).

Jorge Bustos ha publicado una estupenda crónica del desamparo de estas gentes: Casi (Libros del Asteroide, 2024). La idea del libro surgió del asco, “de esa reacción amoral, instintiva y frecuente” que, salvo a la tropa que, cuando la diñe, se ahorrará el paso por el Purgatorio y accederá directamente al palco VIP del Cielo con san Pedro, brota del subconsciente del común de los mortales en cuanto se topa con un pordiosero. El subdirector de El Mundo se sumerge en el madrileño Centro de Acogida San Isidro (CASI), sito entre la Rosaleda del Parque del Oeste y la ermita de San Antonio de la Florida, “el centro de acogida de personas sin hogar más antiguo y grande de España”. Maribel Cebrecos, su directora: “Tenemos un setenta por ciento de hombres y un treinta de mujeres”. La vagabunda es la víctima perfecta, el sujeto con el que más se ensañan los demonios del infierno callejero. Escribe Bustos: “Toda mujer que haya dormido un tiempo a la intemperie ha sido agredida o violada o ambas cosas. Si te ganas la confianza de una de ellas es posible que acabe confesándote su mejor decisión: entregarse al chulo más peligroso. ‘Prefiero que me pegue uno a que me peguen todos’, es su conclusión. Una mujer sometida a la ley de la calle comienza a observar una lógica puramente selvática: cuanto más feroz sea su propietario, más disuasorio resultará a los ojos de otros pretendientes”.

Casi es un ejercicio de rigor y de humanidad exento de condescendencia y populismo que se lee como un trago del mejor aguardiente periodístico. Su autor ha puesto el foco en los invisibles, en los apestados, en los vencidos. Se ha asomado al cuarto de una mujer y ha visto los peluches de un mono, un perro y un pulpo, con la certeza de “que su dueña no habrá conocido la ternura en todos los días de su vida, de que quizá ha sido víctima de violencia sexual desde la infancia, confiere a la visión de esos peluches un efecto perturbador, a medio camino entre el horror y el consuelo”. Al final, Bustos ha mirado, ha visto y lo ha contado –muy bien, insisto–. Nuestra profesión, manque no lo parezca, no consiste más que en eso.