Tras las criticas, el equipo de Bad Bunny «rectificó» (lo entrecomillo) y empezó a subir a La Casita a cuerpos y personas «diversas», o sea, que no eran mujeres blancas, rubias, canónicas, conformes a un estereotipo de deseabilidad heterosexual. Bromeando afirmé por X que yo no me iba a quedar tranquila hasta que Bad Bunny no subiera a la Casita a una mujer trans racializada disca musulmana; lo dije en broma, pero alguna gente se pensó que aquello iba en serio, lo cual me lleva a preguntarme si habrá alguien en el mundo preocupado por la ausencia de hombres chinos albinos obesos (aportación de Santiago Gerchunoff) en la Casita de Bad Bunny.
Una vez no se puede hacer nada desde los sitios en los que estamos, lo único que queda es estar en esos sitios. El elogio de la figuración es, en el fondo, suspiro último, resignado, de impotencia política: concede mucha más importancia al estar que al hacer e iguala directamente el estar al ser porque ya no se cree tanto en lo que, por poderse, se puede hacer como tal. La más defectuosa interpretación de lo feminista sucede cuando se piensa que con colocar mujeres en algún sitio ya está todo hecho, como si la presencia de mujeres fuera lo feminista y no existieran precisamente prácticas de lo feminista.
Fue importante, desde luego, lo que hizo Bad Bunny en la Superbowl, y que él estuviera allí, y emitiera los mensajes que emitió, particularmente en unos Estados Unidos que persiguen, estigmatizan, deportan y matan a población migrante era importante; importantes son las proclamas anticoloniales en su disco, la apelación a la resistencia; el concierto, en cambio, es un concierto, un momento de disfrute, no un escaparate político. Él ha optado porque el espectáculo sea eso.
No es una decisión reprochable, sí una a la que conviene responder con la suficiente honestidad: es deseable estar ahí sólo para disfrutar, y nadie quiere estar en ese concierto para reivindicar algo, o para ser más feminista, o para representar a un colectivo. Representar, de hecho, tiende a ser algo muy cansado y muy contrario al disfrute, que debería ser primordial en cualquier cosa que se publicite como una oda al perreo.
Dice Olufemi O Taiwo en El saqueo de las élites –publicado por Siglo XXI y cuya edición española tuve el gusto de prologar– que un síntoma de cómo la política de la identidad se convierte en algo cooptado, saqueado, emerge cuando las conversaciones empiezan a girar mucho más en torno al quién que en torno al qué; más concretamente, en torno a quién está en una habitación, y no a propósito de qué dice, en qué afecta su presencia, qué estructura cambia. He aquí un ejemplo a añadir: una conversación posible sobre por qué Bad Bunny escogía un modelo concreto de mujer y sexualización sustituida por una conversación sobre la inclusión de modelos más diversos, una Casita de Bad Bunny por cuotas.

