Ada Colau muda la piel tantas veces como causas encuentra en el camino. Activista antidesahucios, alcaldesa, mujer decepcionada de la política institucional, tertuliana, inquilina a la que ya no le salen las cuentas y candidata potencial a la Presidencia del Gobierno. La actualidad cambia y ella, de una manera u otra, termina encontrando acomodo en ella. En una flotilla rumbo a Gaza o en el barco del Frente Amplio con destino a La Moncloa.
Es una suerte de síndrome de Zelig, el personaje de Woody Allen que adquiere los rasgos de quienes tiene alrededor hasta confundirse con el paisaje. En el caso de Colau no se trata tanto de mimetizarse ideológicamente como de una extraordinaria habilidad para hacer coincidir su biografía personal con las causas políticas que defiende.
Ahora la izquierda vuelve a necesitarla. Más Madrid ha propuesto que la exalcaldesa de Barcelona sea la candidata a la Presidencia del Gobierno del Frente Amplio y encabece la lista por Barcelona en las elecciones del 29 de noviembre. El movimiento ha provocado recelos en otras organizaciones, que reclaman que los nombres formen parte de una negociación conjunta. Llega en un momento perfecto para ella, con la vivienda como uno de los grandes problemas políticos del país y con la izquierda situada a la izquierda del PSOE buscando desesperadamente una fórmula para recomponerse.
Sin reverencia hacia las instituciones
Procedente de una familia trabajadora, estudió Filosofía sin terminar la carrera y pasó por empleos diversos. Como activista, participó en movimientos antiglobalización, contra la guerra de Irak y por el derecho a la vivienda. Fue una de las fundadoras de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. En 2013, durante una comparecencia en el Congreso sobre desahucios y dación en pago, Colau se mostró tal y como sigue siendo ahora, indignada, con un lenguaje directo y sin ninguna reverencia hacia las instituciones.

Este es uno de sus grandes activos para sus simpatizantes. Entiende la política como un conflicto moral que simplifica en inquilinos y propietarios, pobres y élites. No es la mejor fórmula para gestionar un Gobierno, pero resulta eficaz para movilizar y dividir entre víctimas y culpables. Ella siempre se coloca con las primeras.
En 2014 impulsó Guanyem Barcelona, embrión de Barcelona en Comú, y un año después protagonizó uno de los grandes vuelcos políticos surgidos del 15-M al ganar las elecciones municipales. Fue la primera mujer alcaldesa de Barcelona. Llegaba entonces con una ventaja que hoy ya no posee. Venía de la calle sin gestión que defender ni cuentas políticas que rendir. Gobernó ocho años, entre 2015 y 2023, cinco y medio de ellos con el PSC como socio.
Barcelona se convirtió en el laboratorio de aquella nueva izquierda municipal, dejando una Barcelona intervencionista, enfrentada a los sectores económicos y sometida a un urbanismo concebido desde su ideología. La vivienda fue el mejor ejemplo. Llegó prometiendo incorporar 8.000 pisos al parque público y terminó sus dos mandatos con la mitad de su promesa.
Abusada, cansada, abandonada…
Una y otra vez, aparece la mujer camaleón con esa rara habilidad para llevar los grandes debates políticos a su experiencia personal. Ha hablado del acoso que sufrió, de episodios de abuso sexual, de dificultades emocionales, del cansancio provocado por la política y de la liberación que sintió al abandonar el Ayuntamiento. Y ahora también de sus problemas como inquilina.
Hace unas semanas contó que había tenido que dejar el piso donde llevaba quince años porque, tras separarse y quedarse con un solo sueldo, no podía asumirlo. Se marchó a compartir vivienda con un familiar. “Con un sueldo no podía”, explicó. Poco antes había regresado además físicamente a sus orígenes. Participó en Barcelona en el intento de impedir el desahucio de una mujer vulnerable. Los Mossos terminaron desalojando a los activistas y apartando también a la antigua alcaldesa.
Con el desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid, elevó el tono. Planteó que Sumar debería abandonar el Gobierno si no conseguía un punto de inflexión en materia de vivienda. La declaración molestó en sectores de los comunes y de Sumar, pero devolvió a Colau el perfil de activista que exige desde fuera lo que antes tuvo que hacer desde dentro.
Necesita adversarios
Combativa, perseverante, emocional y lábil, Colau posee una mezcla de indignación y fragilidad que entusiasma a los suyos y exaspera a sus adversarios. Necesita causas y temperatura de combate. Cuando abandonó el Ayuntamiento en octubre de 2024 volvió a demostrarlo. Se marchó sin autocrítica y convencida de que buena parte del problema estaba enfrente. Se definió como “una anomalía del sistema” y cargó contra unas élites barcelonesas “provincianas, mediocres y avariciosas”, los poderes económicos y la “guerra sucia” que, según ella, habían combatido su gestión mediante noticias falsas.

En 2023 Xavier Trias ganó las elecciones municipales y Colau terminó tercera, por detrás también del socialista Jaume Collboni. ¿Por qué recurrir entonces otra vez a ella? La izquierda necesita personaje y no es posible fabricarlo de aquí al 29 de noviembre. Colau tiene capacidad de movilización urbana y una relación con Podemos que puede resultar útil para un espacio tan fragmentado. Tampoco ha formado parte del Gobierno central, lo que le permite tomar distancia de su desgaste.
No cambia de ideas según sopla el viento, porque en sus obsesiones políticas ha mostrado continuidad, pero sí tiene capacidad para reaparecer en cada momento como una representación humana del problema del día. Cuando España hablaba de desahucios, era activista antidesahucios. Cuando el 15-M quiso conquistar las instituciones, fue alcaldesa. Cuando la vivienda volvió a incendiar las calles, se plantó en un portal y contó que tampoco ella podía pagar sola su alquiler. Y ahora que la izquierda busca contrarreloj una figura, Ada está disponible.

