Cristina Capella, nutricionista: “Muchas personas empiezan a preocuparse por su salud cuando ya han aparecido los problemas”

Capella defiende una longevidad basada en prevención, descanso, metabolismo y hábitos sostenidos antes de que aparezcan los problemas

Cristina Capella - Salud
Una fotografía de archivo de la nutricionista Cristina Capella.
Nutrizzion

España vive más que nunca, pero ese dato ya no basta para entender el verdadero reto sanitario de las próximas décadas. La esperanza de vida supera los 84 años y sitúa al país entre los más longevos de Europa. Pero el debate ha cambiado: no se trata solo de sumar años, sino de llegar a ellos con autonomía, energía y buena salud. Según datos del INE recogidos por distintos informes recientes, España alcanzó en 2024 una esperanza de vida de 84,01 años, con diferencias notables entre hombres y mujeres.

En ese contexto, Cristina Capella, nutricionista, autora de Vivir sin inflamación e impulsora de Lonjeba, pone el foco en ABC en una idea cada vez más presente en la conversación sobre longevidad: “La cuestión ya no es únicamente cuánto vivimos, sino en qué condiciones lo hacemos porque vivimos más, pero no siempre mejor”. Para Cristina Capella, el gran desafío no está solo en retrasar la muerte, sino en anticiparse al deterioro físico, metabólico y funcional.

Vivir más no siempre significa vivir mejor

El aumento de la esperanza de vida es una buena noticia, pero trae consigo una pregunta incómoda. ¿Cuántos de esos años se viven realmente con salud? El INE recuerda que los años de esperanza de vida no siempre se traducen en años de buena salud: en 2023, los hombres vivían el 76,9% de su esperanza de vida en buenas condiciones, mientras que en las mujeres ese porcentaje bajaba al 71,6%.

Ese desfase es el que preocupa a Cristina Capella. “Este dato refleja uno de los grandes retos de las sociedades occidentales: prolongar la vida sin garantizar necesariamente su calidad”, explica en ABC. A su juicio, el aumento de problemas como el insomnio, el estrés crónico, el sedentarismo o los trastornos metabólicos obliga a cambiar la mirada. La salud no debería empezar a cuidarse cuando el cuerpo ya avisa, sino mucho antes.

“Nuestro objetivo es trasladar la ciencia de la longevidad a la vida real y cotidiana para ayudar a las personas a cuidar de su salud antes de que aparezcan el deterioro metabólico, el agotamiento o la fragilidad”, señala Cristina Capella. La frase resume un enfoque cada vez más extendido: pasar de una medicina centrada únicamente en tratar problemas a una cultura de prevención y autocuidado sostenido.

La generación que cuida a todos menos a sí misma

El interés por la longevidad ya no pertenece solo a personas mayores. Cristina Capella observa que crece especialmente entre adultos de 30 a 55 años, una franja conocida como la “generación sándwich”. Son personas que suelen estar en plena presión laboral, criando hijos y, al mismo tiempo, pendientes de la salud de sus padres.

Ese periodo vital puede convertirse en una trampa. Falta de sueño, comidas rápidas, estrés mantenido, poco movimiento y sensación permanente de no llegar a todo. Para Cristina Capella, es precisamente ahí donde se empiezan a construir las bases del envejecimiento futuro.

“Muchas personas empiezan a preocuparse por su salud cuando ya han aparecido los problemas, pero los hábitos que determinan cómo vamos a envejecer empiezan a construirse mucho antes”, advierte. Su propuesta pasa por un abordaje global del bienestar: sueño, metabolismo, actividad física, gestión del estrés y salud celular. No se trata de buscar una solución milagrosa, sino de ordenar los hábitos que más impacto tienen en la vida diaria.

Las zonas azules y la fuerza de los hábitos sencillos

El enfoque de Cristina Capella conecta con el interés científico y mediático por las llamadas zonas azules, regiones donde se han estudiado concentraciones elevadas de personas longevas. Entre las más conocidas aparecen Okinawa, en Japón; Cerdeña, en Italia, y Nicoya, en Costa Rica. Los estudios sobre estas áreas han destacado patrones como la actividad física cotidiana, una alimentación rica en vegetales, vínculos sociales fuertes y formas de vida menos sedentarias.

Conviene, eso sí, leer el fenómeno con prudencia. El concepto de zonas azules también ha recibido críticas y matices académicos, especialmente sobre la verificación de algunos datos demográficos y la evolución reciente de esos territorios. Aun así, su valor divulgativo sigue siendo claro: muchos factores asociados al envejecimiento saludable no son extraordinarios, sino profundamente cotidianos.

“Lo interesante de las zonas azules es que nos recuerdan que muchos de los factores que determinan cómo envejecemos son modificables”, sostiene Cristina Capella en ABC. Esa es la idea central: la genética importa, pero no lo explica todo. Dormir mejor, moverse más, comer de forma más consciente, cuidar los vínculos y reducir el estrés no son gestos menores. Son decisiones acumulativas.

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