El cuerpo tiene fenómenos que la medicina todavía no sabe explicar. Uno de las más desconcertantes aparece en un momento tan simple como salir de la ducha, secarse con una toalla o ponerse un sujetador. Basta que la tela roce el pezón para que algunas personas experimenten una oleada de tristeza, angustia o nostalgia. Durante unos segundos el ánimo parece venirse abajo sin una causa que lo justifique.
En internet lo han bautizado como síndrome del pezón triste (sad nipple syndrome). Puede ocurrir con el contacto sexual o por el roce de una camiseta. Suele desaparecer espontáneamente en uno o dos minutos. Los síntomas van desde vacío en el estómago, inquietud y ganas de llorar a la sensación de pérdida o de estar lejos de casa. No es necesario haber sido madre, estar dando el pecho ni siquiera ser mujer. También existen testimonios de hombres. Lo que se desconoce es cuántas personas lo experimentan, porque ni siquiera hay estudios específicos.
El síndrome del pezón triste no figura como diagnóstico médico reconocido, pero la ausencia de una etiqueta clínica no invalida lo que cuentan los pacientes. Las redes sociales sirven de improvisado confesionario.
Qué se investiga
Hay, sin embargo, un fenómeno mejor estudiado que podría ayudar a comprenderlo. Es el reflejo disfórico de eyección de leche, conocido por sus siglas inglesas D-MER. Ocurre durante la lactancia, justo antes o en el momento en que comienza a salir la leche. La madre puede sentirse súbitamente triste, ansiosa, irritada o desbordada. En ocasiones se repite con cada toma.

En España, seis matronas de los hospitales Miguel Servet y Clínico Lozano Blesa de Zaragoza publicaron en 2024 un trabajo sobre este reflejo en la Revista Sanitaria de Investigación. Explicaron que se trata de una reacción relacionada con la fisiología de la lactancia y que no debe confundirse automáticamente con una depresión posparto.
Otro estudio publicado en 2025 en el European Journal of Obstetrics & Gynecology and Reproductive Biology, basado en las respuestas de 1.469 participantes, encontró síntomas compatibles con D-MER en el 14,2%. Entre quienes lo presentaron y respondieron a la pregunta sobre el destete, casi el 17% aseguró haber dejado la lactancia por ese motivo. No son cifras extrapolables al síndrome del pezón triste.
Su relevancia crece en un país donde cada vez se amamanta más. Según el informe difundido por el Ministerio de Sanidad el 15 de octubre de 2026, el 66,3% de los bebés españoles recibía lactancia materna exclusiva o mixta a los seis meses. La lactancia exclusivamente materna, el 47%.
Un misterio hormonal sin resolver
La principal hipótesis apunta a las hormonas. La estimulación del pezón puede activar la liberación de oxitocina, si bien en la lactancia intervienen también la prolactina, encargada de la producción de leche, y la dopamina, relacionada con la motivación y el sistema de recompensa. Los investigadores sospechan que determinadas fluctuaciones de estos mensajeros químicos podrían desencadenar una respuesta emocional negativa. Pero explicar así el síndrome del pezón triste sigue siendo una aventurado.
El doctor Vladimír Kraus, investigador de la Universidad Pavol Jozef Šafárik, en Eslovaquia, plantea que una alteración en la respuesta a la oxitocina podría explicar esa repentina oleada de tristeza o angustia. No es una teoría demostrada, pero encuentra cierto paralelismo con el reflejo disfórico de eyección láctea, estudiado en mujeres que amamantan. Lo llamativo es que una zona del cuerpo habitualmente asociada al placer y la intimidad pueda ocasionar, en determinadas personas, emociones desagradables que aparecen de forma involuntaria y desaparecen en cuestión de minutos.
Algo parecido ocurre con la disforia poscoital, esa tristeza que algunas personas experimentan después de una relación sexual incluso cuando ha sido satisfactoria. Los síntomas pueden recordar a los del pezón triste, pero esto no significa que exista un mismo mecanismo biológico.
La falta de explicaciones médicas ha dejado espacio a interpretaciones de todo tipo, como supuestos traumas olvidados, conflictos de pareja o rechazo de la sexualidad. ¿Qué hacer entonces? La recomendación más sensata es observar cuándo aparece, cuánto dura y qué la desencadena. Una prenda más suave o evitar ciertas caricias puede reducir el malestar, pero conviene hablar con la matrona o con un médico, sobre todo si es intenso, persistente o interfiere en la vida cotidiana. Lo que no existe es un tratamiento específico científicamente validado para el síndrome.

