Le he oído a Cayetana Álvarez de Toledo que ella está por la reconstrucción y no por la venganza, que el Partido Popular no piensa sustituir a unos “comisarios políticos socialistas” por otros “comisarios políticos populares”. No he tardado en ver cómo varias cuentas citaban sus palabras, cuentas de la derechita valiente, para señalar sus palabras ya como una claudicación, una renuncia tímida pronunciada con voz pequeña: ellos sí, una parte de los votantes, del electorado, parece que están por la venganza. Cualquier cosa que no sea venganza, de hecho, no los satisfará. Es, por suerte, una parte pequeña, relativamente minoritaria; es la parte que también ha contagiado los ánimos del Community Manager del Partido Popular en redes sociales; la que tuiteaba desde la cuenta de Vox, cuando la derecha recuperó el Ayuntamiento de Madrid, que “ya habían pasao’”, recordando directamente directamente el chotis con el que Celia Gámez celebró en 1939 la entrada de las tropas franquistas en Madrid; la más fea, la más revanchista, la que da más miedo. Revancha, claro, de qué. Mira las encuestas dicha parte y se piensa que ya ha ganado.
La derecha, en realidad, está vendiendo la piel del lobo antes de cazarlo. No lo digo porque piense que no van a ganar las elecciones o que no obtendrán mayoría; los pronósticos me los reservo para mí misma y a la atención de la demoscopia y las bolas de cristal, como las de quienes, mientras escribo, especulan a partir de la participación en Estados Unidos si la ola demócrata será una ola azul o un tsunami. Detrás de su ánimo de victoria, sólo presente en Vox, nulamente en el Partido Popular (es difícil insuflarle a Feijóo ánimos de victoria), está una suerte de creencia, no poco reforzada por los cantos del lobo y la sirena de la izquierda, de que llegarán al poder, arrasarán con todo, permanecerán allí y el cambio cultural, pendulazo, será tan grande, que ya nada en el futuro la izquierda podrá hacer. Contemplan la debilidad actual del progresismo como una debilidad permanente, sus crisis internas de 2026 como las crisis que arrastrará por los tiempos de los tiempos, hasta el fin de los días, amén.
Esa piel no existe y es imposible que la vendan. Asumir tal cosa trae mucha serenidad política, que no inconsciencia o desconocimiento de los retrocesos posibles, regresiones, de sus consecuencias; la suerte de las democracias, incluso de las democracias defectuosas, fallidas, es que el tiempo es más fuerte que cualquier individuo y que cualquier grupo, la contingencia más grave. En Italia, Meloni ha aprobado una reforma electoral que podría volvérsele en contra y arrebatarle en las próximas elecciones su Gobierno. En Estados Unidos, Trump se asoma (y entrego sin que haya resultados, y me atrevo a especular, y adelantarme), con los Republicanos, a una bofetada a mano abierta que señalaría, con total certeza, una crisis profundísima del trumpismo y del movimiento MAGA, su agotamiento, solapado con el auge como nunca de la izquierda en Estados Unidos. En Hungría, cayó Orbán, a pesar de haber redactado una Constitución a su medida, como ya no gobierna la ultraderecha en Polonia; ninguna de sus conquistas ha sido tan permanente como para resistir la prueba del tiempo. Es una fortuna; me temo que no está preparada la derecha para asumir que, incluso si llegara, nunca sería eterna.

