Opinión

Sánchez le pone a Óscar un puente de plata

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el titular de Transportes, Óscar Puente (detrás). EFE/ Víctor Lerena
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el titular de Transportes, Óscar Puente (detrás). EFE/ Víctor Lerena
Actualizado: h

El martes por la noche, tras la dimisión de Puente, le leía en X a mi hijo Santi Gigliotti un ocurrente juego de palabras que me dio para reflexionar: Óscar Puente (de plata). Es curioso cómo el presidente del Gobierno es un tipo tan frío e inédito que es capaz de convertir a su escudo humano, al guardián de su muro, en un enemigo al que exprimirle una desesperada oportunidad. Porque por mucho empeño que le pongan al acting y al relato, la realidad es insoslayable: Óscar Puente no ha dimitido, a Óscar Puente lo ha dimitido el mismo señor que tuvo la temeraria idea de darle mando en plaza.

Hay varias cosas que sorprenden de este nuevo circo de la huida hacia adelante del ministro de Transportes. Tantas que se hace difícil enumerarlas y ordenarlas. Nada cuadra ya en los relatos que nos intentan endosar, los guionistas de la factoría Moncloa están totalmente groguis, sobrepasados por los acontecimientos. Están en esa fase del delirio en la que ni ellos mismos se creen sus mentiras, pero al mismo tiempo se han convencido de que los receptores no tienen capacidad de ver que el cielo es azul.

Nos vienen a contar que Óscar Puente, una semana después, tenía tomada la decisión de que debía dimitir desde el primer momento que se enteró del trágico accidente de Urda. Y nos lo explican como si no hubiésemos visto cómo ha estado siete días mareando la perdiz, llegando incluso a decir literalmente que no debía dejar su cargo, que eso no serviría para reparar el dolor de las víctimas. El propio Pedro Sánchez, en varias ocasiones en los últimos días, se había encargado de dejarle claro a los medios de comunicación que respaldaba por completo a su alumno aventajado en la polarización.

Unos medios de comunicación y unos periodistas sincronizados que hasta anteayer defendían fervientemente que Puente debía seguir en su cargo y que ahora, de la noche a la mañana, han vuelto a hacer una doble pirueta dialéctica para explicarnos a todos que la tardía dimisión del tipo que llevaba a sus espaldas más de 115 cadáveres bajo su gestión es poco más que una gesta democrática, un hito que merece alabanza y postración. No les molesta ni siquiera que hagan añicos su prestigio profesional, cambian con gusto lo que les habían estado vendiendo hasta antes de la comparecencia en el Congreso, se sintonizan y se ponen a defender la nueva ocurrencia táctica del Ejecutivo.

La disonancia muestra el surrealismo de la escena, y es la prueba perfecta de que este nuevo golpe de efecto, que era el único que les quedaba por hacer, no tiene nada que ver con la dignidad, sino que solo atiende a un cálculo electoral puro y duro. No hay coartada posible que sostenga la farsa, la única verdad es que las encuestas que ha realizado el PSOE preguntando sobre la continuidad de su cancerbero debían de ser terroríficas. Por eso el hooligan vallisoletano ha tenido que enfilar el camino al matadero.

Muestra el pulso de la vileza y la catadura moral en las que se mueve el sanchismo que las víctimas no hayan tenido que ver en esta decisión. Que el recuerdo a las familias de todas esas personas que perdieron la vida en la Alta Velocidad Española haya sido algo anecdótico, que el dolor real haya sido correspondido con una empatía de cartón piedra por parte de un Gobierno y un Partido Socialista que desde los primeros compases de este drama se han dedicado únicamente al control de daños propios, a tratar de salvar los muebles de una campaña esquizofrénica. Eso nos lleva a la siguiente pregunta, la que versa sobre lo que deben sentir los familiares de las víctimas de Adamuz. ¿Por qué no dimitió entonces? ¿No tenían entidad suficiente esos 46 fallecidos para que Puente hiciese lo que hizo ayer? ¿Hacía falta que murieran 70 personas más para que este señor decidiera marcharse a su casa y asumir que había fallado como máximo responsable del ferrocarril en España?

Lo más escabrosamente cómico de todo es comprobar cómo todo lo que vimos en el Congreso forma parte de un relato que ahora se esmeran en propagar los satélites mediáticos. Solo hay que ver cómo se han agarrado a ese nuevo lema que carece de sentido como a un clavo ardiendo: “No todos los políticos son iguales”. De verdad, que alguien me explique qué hay de dignidad en lo que ha hecho Puente después de que hayan muerto bajo su gestión 115 inocentes. ¿Dignidad? ¿Elegancia? ¿Ejemplo democrático? ¿Lección política? Dónde está todo eso. ¿En señalar a un trabajador desde el primer momento filtrando unos vergonzosos audios? ¿En hacer chistes días antes sobre el estado de las infraestructuras en un programa de televisión? ¿En bloquear e insultar en Twitter a más de la mitad del país? ¿En el lenguaje barriobajero que ha utilizado durante todo su desempeño en el cargo?

Dice mucho sobre el nivel en el que se encuentra la conversación en España que haya personas defendiendo algo que carece totalmente de cualquier sustento racional. El esperpento cristaliza aún más con la frivolidad de ciertos gurús que, obviando totalmente que los cuerpos están aún calientes, se atreven a pronosticar con un pasmo psicopático sandeces como que tras la dimisión de Puente se resetea la campaña, se reinicia el juego. Es bochornoso. Por ver cómo taconean sobre el drama y por cómo mienten descaradamente.

El PSOE está tocado y hundido. Únicamente hay que seguir la trayectoria de la loca e improvisada precampaña que está llevando a cabo una formación noqueada. En primer lugar, trataron de manosear el tema Maricarmen y los fondos buitres con un populismo dantesco que se cerró con la dimisión de Montse Mínguez, portavoz nacional, tras el escándalo acerca de la hipocresía de los 30 pisos de su marido. Luego vino el giro hacia el delirio frenopático de “La fuerza del amor”, con los morreos pentaimputados que fueron a dar con el infierno de Urda. Y ahora, tras la dimisión de Puente, estamos en la fase de “No todos somos iguales”. La única percha que han encontrado para seguir el camino hacia el precipicio, un claim con el que únicamente se dedicarán a lanzar heces sobre Mazón y Ayuso, con un ‘y tú más’ de patio de colegio que después de ocho años suena a choteo. Quedan tres semanas de agonía, pero el sanchismo ya repta moribundo por los segundos. Le crecen los enanos, sus pretorianos se convierten en enemigos a los que hay que ponerles un puente de plata. A la cuenta atrás más larga de la historia democrática de España le queda poco para llegar a su fin. Sánchez morirá con los votos puestos. Puente es un spoiler de lo sangrante que será su final.