David Gross lleva décadas mirando hacia las preguntas más profundas de la física. Qué mantiene unida la materia. Cómo se comportan los quarks dentro de protones y neutrones. Si algún día será posible construir una teoría capaz de unir todas las fuerzas fundamentales de la naturaleza. Pero, al hablar del futuro, el premio Nobel de Física no se detiene solo en los límites de la ciencia. Su preocupación principal es mucho más inmediata: que la humanidad no tenga tiempo suficiente para responder esas preguntas.
En una entrevista con Live Science, David Gross lanzó una advertencia tan incómoda como directa: “Las opciones de que vivas 50 años son cada vez más pequeñas”. La frase no era una provocación gratuita. El físico la vinculaba al riesgo de una guerra nuclear y al deterioro de los mecanismos internacionales que durante décadas intentaron contener esa amenaza.
Gross recibió el Nobel de Física en 2004 junto a Frank Wilczek y H. David Politzer por sus trabajos sobre la libertad asintótica, una pieza esencial para comprender la interacción fuerte y el comportamiento de los quarks. Ahora, además, ha sido reconocido con el Premio Especial Breakthrough en Física Fundamental, dotado con tres millones de dólares, por una trayectoria decisiva en la física teórica contemporánea.
Una advertencia desde la física, no desde la política
La reflexión de David Gross no parte de un cargo diplomático ni de una institución militar, sino de una mente acostumbrada a pensar en probabilidades, escalas de tiempo y sistemas complejos. Según explicó, durante la Guerra Fría ya se manejaban estimaciones que situaban el riesgo anual de una guerra nuclear en torno al 1%. Para Gross, ese cálculo hoy se queda corto.
El físico sostiene que la situación internacional se ha deteriorado de forma notable en las últimas décadas. A su juicio, el riesgo anual podría acercarse ahora al 2%. Una cifra que, tomada de forma aislada, puede parecer pequeña. Pero repetida año tras año cambia por completo la lectura. Si cada ejercicio trae consigo una posibilidad de desastre, la acumulación estadística convierte el futuro en un terreno mucho más frágil.
Gross lo plantea con una comparación tomada de la física. Como ocurre con la vida media de un material radiactivo, una probabilidad constante de deterioro acaba reduciendo de forma drástica el horizonte esperado. Con un riesgo anual del 2%, calcula que la esperanza de vida de la civilización ante un conflicto nuclear rondaría los 35 años. No significa que exista una fecha exacta para el desastre, sino que la permanencia del riesgo hace cada vez más difícil esquivarlo durante medio siglo.
El final de los equilibrios de la Guerra Fría

Para David Gross, uno de los grandes problemas actuales es la desaparición de buena parte de la arquitectura de control nuclear creada tras la Guerra Fría. Durante décadas, los tratados de limitación de armas y los canales de comunicación entre grandes potencias no eliminaron el peligro, pero sí ayudaron a contenerlo. Hoy ese sistema se ha debilitado.
El tablero internacional ya no responde a una lógica sencilla de dos bloques. Hay varias potencias nucleares, tensiones regionales, conflictos abiertos y una carrera tecnológica que permite desarrollar armas cada vez más rápidas, precisas y difíciles de controlar. Gross subraya que el mundo se ha vuelto más inestable y que la falta de diálogo entre países aumenta el riesgo de error, escalada o mala interpretación.
El peligro, por tanto, no reside solo en una decisión deliberada de iniciar una guerra nuclear. También está en la cadena de accidentes, cálculos equivocados, respuestas precipitadas y sistemas de alerta que pueden fallar bajo presión. En un escenario así, incluso un porcentaje aparentemente bajo puede convertirse en una amenaza existencial.
La inteligencia artificial y el riesgo de automatizar la guerra

Otra inquietud central de David Gross es la posible integración de la inteligencia artificial en los sistemas de defensa. El problema no es abstracto. En caso de alerta nuclear, los líderes políticos pueden tener apenas unos minutos para interpretar la información disponible y decidir si responden. Esa presión abre la puerta a delegar parte del proceso en sistemas automáticos.
Gross teme precisamente ese salto. La inteligencia artificial puede procesar datos a gran velocidad, pero también puede cometer errores, generar respuestas equivocadas o interpretar patrones de forma defectuosa. En un contexto civil, una alucinación de la IA puede producir una mala recomendación. En un contexto nuclear, el margen de error se estrecha hasta volverse intolerable.
Por eso su advertencia va más allá de la física. Es una llamada a no entregar decisiones irreversibles a sistemas que todavía no comprendemos del todo. La combinación de armas nucleares, tensión geopolítica y automatización militar forma, para Gross, uno de los escenarios más peligrosos del presente.
