El verano apenas acaba de empezar y España vuelve a prepararse para otra semana de temperaturas extremas. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha activado un aviso especial por la segunda ola de calor de la temporada, un episodio que disparará los termómetros por encima de los 42 grados en varios puntos del país y que volverá a dejar registros excepcionalmente altos en zonas del norte peninsular donde, hasta hace pocos años, eran poco habituales.
Será la segunda ola de calor en apenas unas semanas, una repetición que empieza a dejar de ser una excepción para convertirse en una nueva realidad. Lo que preocupa a los meteorólogos ya no es únicamente la intensidad de estos episodios, sino su frecuencia. Olas de calor cada vez más tempranas, más largas y más intensas, acompañadas de noches en las que el mercurio apenas baja. Una sucesión de episodios que, lejos de ser una anomalía puntual, empieza a consolidar un nuevo patrón climático. “Estas sucesivas olas de calor que afectan no solo a España, sino a gran parte del continente europeo, se deben en parte a los cambios de la circulación general atmosférica. Eso es debido al calentamiento del planeta”, explica a Artículo14 el meteorólogo Lluís Obiols.
El Ártico cambia el tiempo en Europa
Aunque pueda parecer que el deshielo del Polo Norte es un fenómeno lejano, sus consecuencias se dejan sentir hasta en la Península Ibérica. Según explica Obiols, el Ártico se está calentando mucho más deprisa que las latitudes medias, reduciendo el contraste térmico entre el polo y el ecuador, un gradiente de temperatura esencial para el funcionamiento de la circulación atmosférica. Esa menor diferencia térmica hace que la corriente en chorro —el conocido jet stream, una potente corriente de aire situada a unos diez kilómetros de altura que dirige el desplazamiento de las borrascas y de las grandes masas de aire en el hemisferio norte— pierda velocidad y se vuelva más sinuosa.
Para ilustrarlo, Obiols recurre a una imagen muy gráfica: “Es como un río. Cuando entra en una zona muy llana pierde velocidad y aparecen los meandros”. Esas ondulaciones permiten que las masas de aire cálido asciendan con mayor facilidad hacia Europa y permanezcan durante más tiempo sobre el continente. “Eso implica que entren masas de aire más cálidas hacia nosotros y que lleguen mucho más al norte. Lo excepcional ya no es solo lo que ocurre en España; también lo son las temperaturas que están registrando países del norte de Europa”, agrega.
Cuando el calor queda atrapado
La llegada de aire muy cálido es solo una parte del problema. Para entender la intensidad de estas olas de calor hay que fijarse también en el llamado domo de calor, un potente bloqueo atmosférico asociado a un anticiclón que actúa como una especie de tapa e impide que el aire caliente ascienda y se renueve.
Cuando sobre la Península se instala este sistema, el aire desciende y se comprime, un proceso físico que eleva aún más su temperatura. A ello se suma el calor acumulado por el suelo tras varios días de intensa insolación, lo que alimenta un círculo vicioso. “Evidentemente esto retroalimenta las altas temperaturas”, resume Obiols. Por eso las olas de calor actuales no solo alcanzan valores más extremos, sino que además se prolongan durante más tiempo.

Un Mediterráneo que ya no refresca
Si hay un aspecto que preocupa especialmente a Obiols es el estado del Mediterráneo: “Es un fenómeno que me tiene muy preocupado porque el agua del mar está muy cálida” Durante décadas, el mar actuó como un regulador térmico que ayudaba a suavizar las temperaturas, especialmente durante la noche. Ese efecto amortiguador se está perdiendo.
“Ahora ya es difícil que en muchas ciudades mediterráneas se baje de los 25 grados porque el mar ya no enfría, ya no suaviza.”
Las consecuencias son evidentes en las noches tropicales y tórridas, cada vez más frecuentes, cuando el calor acumulado durante el día apenas encuentra alivio.
La tradicional brisa marina, que durante años alivió las tardes de verano, también ha perdido parte de su capacidad para refrescar. “Antes entraba la brisa y, si el mar estaba más fresco, refrescaba. Ahora esa brisa es más caliente y ya no consigue bajar tanto la temperatura.”
Para describir esa sensación, el meteorólogo recurre a una imagen muy visual: “Tenemos el mar muy cálido. Es como si estuviésemos al lado de una olla con agua muy caliente. Evidentemente no está hirviendo, pero si te colocas junto a ella notas mucho más calor.”
Ciudades diseñadas para acumular calor
A este escenario se suma otro factor del que se habla menos, pero que afecta directamente a millones de personas: el modelo urbanístico. El hormigón, el ladrillo y el asfalto absorben grandes cantidades de calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche, intensificando el conocido efecto de isla de calor urbana. “Tenemos mucha más urbanización. Ya no solo las grandes ciudades; prácticamente todo el entorno mediterráneo está urbanizado con materiales que absorben mucho calor”, indica Obiols. Para el meteorólogo, la adaptación al cambio climático pasa también por repensar cómo se construyen las ciudades: !Habría que plantearse cambiar esta manera de urbanizar. Con más vegetación, con suelos más naturales y con menos asfalto”.
La vegetación proporciona sombra y enfría el ambiente mediante la evapotranspiración. “Toda evapotranspiración implica una pérdida de calor”, recuerda. Su propuesta es clara: reverdecer calles, plazas y barrios para reducir la temperatura y hacer las ciudades más resilientes frente a un clima cada vez más extremo. Porque no hablamos de una previsión de futuro, sino de presente.

