El verano que nunca disfrutan: cuando las vacaciones de los niños se convierten en once semanas de ansiedad para las madres

Las vacaciones escolares acaban de empezar y miles de madres llevan semanas intentando responder a una pregunta aparentemente sencilla, pero endiabladamente complicada: ¿quién cuida de los niños?

El verano aún no ha empezado oficialmente, pero en casa de Eva Ortuño hace semanas que empezó la cuenta atrás. Sobre la mesa del salón no hay guías de viajes. Hay un Excel con columnas de colores, fechas, horarios, recogidas y nombres. Un puzle imposible.

“Oye, ¿tú podrías recogerlos el lunes 22?”, pregunta por teléfono mientras revisa la única casilla vacía. Al otro lado, una respuesta que no termina de resolver nada.

Las vacaciones escolares acaban de empezar y Eva, como miles de madres en España, lleva semanas intentando responder a una pregunta aparentemente sencilla, pero endiabladamente complicada para muchas familias: ¿quién cuida de los niños durante las once semanas en las que no hay colegio?

La respuesta es compleja. Porque las vacaciones de los niños no son las vacaciones de los padres. Y porque, aunque cada vez más familias intentan repartirse las tareas, siguen siendo mayoritariamente las madres quienes organizan el complicado engranaje de los cuidados.

Eva lo sabe bien. Su móvil vive rodeado de alarmas. Una le recuerda la apertura de las inscripciones para los campus de verano. Otra le avisa de que debe llamar a sus padres. Alexa también participa en la operación. “Mi vida sin alarmas no se contempla”, dice entre risas.

Pero la sonrisa dura poco. Porque detrás de la organización está la ansiedad. “La ansiedad de ver que no encaja. De pensar cómo lo ajusto. De mirar el reloj constantemente. De sentir que no llego”, confiesa.

Mientras otras familias cuentan los días para las vacaciones, ella calcula semanas. La primera la cubrirán los abuelos. Después llegará un campus de verano. Luego algunos días con una hermana. Más adelante teletrabajo. Y otra vez los abuelos.

“Empezamos a hacer el tetris. Qué semanas van al campus, qué semanas pueden estar con los abuelos, quién puede recogerlos, quién puede teletrabajar. Todo gira alrededor de eso”.

La palabra aparece una y otra vez. Tetris. Porque eso es exactamente lo que parece. Piezas que nunca terminan de encajar.

A cientos de kilómetros, Virginia Doncel también mira el calendario. Lo hace sabiendo exactamente lo que viene. Lleva más de una década haciéndolo.

Sus hijos terminan las clases el 19 de junio. La semana siguiente estarán solos algunas horas por la mañana. “Desde que se levanten estarán con la consola, la televisión o las redes sociales hasta que yo pueda controlar un poco la situación por la tarde mientras teletrabajo”.

No es la solución que le gustaría, pero es la única posible. Después, como cada verano, llegará el relevo de los abuelos. “Así lleva ocurriendo prácticamente desde que nació mi hijo mayor. Tenía once meses cuando empezamos a depender de ellos”.

Virginia hace una pausa. Y baja la voz. Porque es su caso la parte más difícil no es organizarse, es asumir lo que han perdido por el camino.

“Nos podemos pasar dos meses y medio sin ver a nuestros hijos durante el verano”.

La frase queda suspendida unos segundos. No habla de kilómetros. Ni de problemas familiares. Habla de conciliación. De horarios laborales. De unas vacaciones escolares que duran mucho más que las vacaciones de cualquier trabajador.

Y entonces aparece una emoción distinta. La tristeza. “Para nosotros supone haber tenido hijos y no poder disfrutar de ellos. Nos hemos perdido mucha parte de su infancia”.

Sus ojos se humedecen. No porque sus hijos estén lejos. Sino porque sabe que esos veranos ya no volverán.

“Cuando son pequeños es cuando más los disfrutas. Durante el curso estás pendiente de deberes, rutinas, horarios. El verano debería ser el momento de estar juntos. Y nosotros no hemos podido vivir muchas de esas experiencias”.

Hay algo especialmente doloroso en esa renuncia. Porque no es una decisión libre, es una consecuencia directa de la falta de medidas de conciliación.

Los campamentos suelen presentarse como la gran solución. “Pero no lo son, muchos terminan a las dos de la tarde”, explica Eva. “Y casi todos tienen un coste difícil de asumir”, coinciden.

“Entre un niño y otro, fácilmente te vas a más de 500 euros la semana. Y eso siendo barato. Si añades comedor, todavía más”, cuenta Virginia.

Hay familias para las que un mes de campamento supone prácticamente un salario entero. O incluso más. “Te compensa dejar de trabajar”, reconoce Virginia.

Las vacaciones nacieron para descansar, pero para muchas madres representan el periodo de mayor estrés del año. “El peso de la organización recae sobre nosotras”, reconocen.

Son ellas quienes buscan campamentos. Quienes llaman a los abuelos. Quienes cuadran horarios. Quienes revisan calendarios. Quienes activan recordatorios. Quienes intentan que nada falle. Y quienes cargan con la culpa cuando algo no encaja.

Mientras los niños cuentan los días para dejar atrás los exámenes, muchas madres cuentan los días para sobrevivir al verano.

Eva volverá esta noche a casa y abrirá otra vez el Excel. Virginia seguirá calculando cuántas semanas pasarán sus hijos con los abuelos.

Y dentro de unos meses, cuando septiembre devuelva la normalidad a las familias, ambas habrán conseguido resolver el puzle.

Como cada año.

Aunque nadie les dé una medalla. Aunque nadie contabilice las horas invertidas. Aunque nadie repare en esa ansiedad silenciosa que aparece cada junio.

Porque el verdadero tetris del verano consiste en intentar que los niños tengan vacaciones mientras las madres siguen trabajando. Y hacerlo sin romperse por el camino.