A los 15 años, ellas leen mejor. Son también curiosas ante la ciencia y muestran buenas disposiciones hacia el aprendizaje. Sin embargo, cuando llegan las matemáticas, los chicos vuelven a tomar la delantera. El informe PISA 2025 no solo ha dejado una mala fotografía del sistema educativo español. Detrás de los 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias aparece una brecha entre chicos y chicas que se resiste a desaparecer.
Los datos publicados este martes por la OCDE permiten ir más allá del desplome general. España pierde respecto a 2022 nada menos que 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y siete en ciencias. La caída forma parte de un deterioro internacional. La OCDE registra sus resultados medios más bajos de la historia en lectura y matemáticas, aunque en España resulta especialmente acusada.
PISA 2025 es la mayor edición realizada hasta ahora. Han participado unos 760.000 estudiantes de 15 años de 91 países. Ciencias ha sido esta vez la competencia principal, acompañada por matemáticas y lectura, y el informe incorpora además una primera aproximación al uso de inteligencia artificial y herramientas digitales.
La excelencia es mayor en los chicos
En el conjunto de la OCDE, las chicas aventajan a los chicos ampliamente en comprensión lectora. La distancia se ha agrandado desde 2022. En matemáticas ellos continúan obteniendo mejores resultados. En ciencias, en cambio, las diferencias entre sexos son mucho menores.
La brecha se hace todavía más interesante cuando se mira a los alumnos excelentes. Entre los estudiantes de la OCDE que alcanzan los niveles más elevados de matemáticas hay aproximadamente un 10% de chicos frente a un 6% de chicas. En lectura ocurre lo contrario: un 7% de las chicas alcanza los niveles superiores frente a un 5% de los chicos.

En ninguno de los países y economías participantes la proporción de alumnas excelentes en matemáticas supera a la de alumnos. Sucede lo contrario con la lectura. En ningún país hay una proporción mayor de chicos que de chicas entre los mejores lectores. PISA vuelve así a encontrarse con una división que parecía que desaparecería con la igualdad educativa. El informe muestra que las diferencias varían entre países, dependiendo del contexto educativo, cultural y social.
Interés por la ciencia
Además, las alumnas españolas muestran una elevada curiosidad hacia el aprendizaje científico. La vieja explicación de que a las niñas simplemente “no les gustan las ciencias” resulta cada vez menos creíble. Es importante porque las decisiones tomadas pocos años después determinarán quién estudia ingeniería, informática, física o determinadas ramas tecnológicas.
El suspenso masculino en comprensión lectora es también inquietante. Entender un texto no es simplemente una habilidad de la asignatura de Lengua. PISA mide si un adolescente puede localizar información, relacionar diferentes partes de un escrito, distinguir lo importante de lo accesorio, valorar la fiabilidad de una fuente y extraer una conclusión que no aparece formulada literalmente. Un adolescente que falla ahí tendrá dificultades para comprender después documentos básicos de la vida.
Uno de cada cinco falla en todo
Y existe un grupo todavía más preocupante que cualquier diferencia entre sexos. Uno de cada cinco adolescentes obtiene resultados bajos en ciencias, matemáticas y lectura. En 2022 eran el 16%. Es decir, crece el número de jóvenes que no presentan una debilidad concreta en una materia, sino dificultades básicas en las tres. La OCDE calcula que desde 2015 el rendimiento medio en lectura ha caído 28 puntos, aproximadamente el equivalente a un año y medio de aprendizaje, y el de matemáticas, 22 puntos, algo más de un curso.
La segunda gran brecha de PISA tiene que ver con la familia en la que nace el alumno. En ciencias, los estudiantes socioeconómicamente favorecidos de la OCDE obtienen 85 puntos más que los desfavorecidos. Es una distancia gigantesca. España presenta aquí una de las pocas noticias relativamente positivas. Nuestro sistema muestra mayor equidad que el promedio de la OCDE, de manera que el origen socioeconómico explica menos diferencias de rendimiento que en otros países.
Donde PISA 2025 ha encontrado una nueva frontera de desigualdad es en la tecnología. La inteligencia artificial ha entrado en las aulas y aparece una relación compleja entre su utilización y el aprendizaje. Los estudiantes que declaran no utilizar IA para redactar sus trabajos obtienen mejores resultados que quienes sí recurren a ella. Pero aparece una excepción muy significativa. Entre los usuarios frecuentes, aquellos que emplean la IA para aprender y han recibido formación para comprobar la calidad de las respuestas generadas tienden a rendir mejor que quienes utilizan estas herramientas sin esa orientación.

La conclusión de la OCDE no es prohibir la tecnología, sino aprender a utilizarla. Sucede algo parecido con las pantallas. Más de uno de cada cuatro alumnos de la OCDE asegura que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de ciencias. Los estudiantes rodeados de compañeros distraídos obtienen peores resultados, participan menos en el aprendizaje y sienten menor vinculación con el colegio.
Los españoles se esfuerzan, pero aprenden menos
España presenta otra contradicción. Nuestros estudiantes declaran niveles de perseverancia ante el aprendizaje superiores al promedio de la OCDE. También presentan un elevado sentimiento de pertenencia a sus centros educativos. ¿Qué falla entonces? Cabe señalar que los jóvenes evaluados en 2025 pertenecen a la primera generación educada bajo el currículo derivado de la LOMLOE, la última gran reforma educativa española.
La ley apostó por sustituir el viejo predominio de los contenidos y la memorización por un aprendizaje competencial. Importa menos acumular conocimientos que saber utilizarlos. Entre otras medidas, introdujo los llamados saberes básicos. PISA acaba de demostrar que muchos alumnos españoles tampoco dominan esas competencias.

